sábado, 25 de febrero de 2017

176. ROJO BLANCO




Después de la tormenta de esta semana, los árboles, las personas, las aceras, los coches, toda la ciudad ha aparecido cubierta de polvo rojizo.
Se trata de polvo procedente del desierto del Sáhara, que sobrevuela y cae cada año en forma de lluvia, o a veces adherido a copos de nieve, en el sur y centro de Europa, aportando minerales y nutrimentos a nuestros campos, bosques y jardines, en cantidades que varían entre una y doce toneladas por kilómetro cuadrado, según calculan algunos estudios.
Este fenómeno no es nuevo. Lluvias de polvo como las de estos días se conocen en Europa desde la Antigüedad, y fueron mencionadas por Homero (Ilíada, cantos 11 y 16) y Virgilio (Eneida, Libro 4).
El color de este “sanguinoso rocío” se debe principalmente a compuestos de hierro hidratado derivados de la erosión de minerales ferro-magnesianos. Parece ser que la frecuencia de estas nubes de polvo aumenta en los años en los que el Sáhara está más seco.
Y así, a cambio de este fertilizante gratis depositado en las tierras de Europa, las dunas del Sáhara se quedan libres de polvo.
Mientras el Sáhara se emblanquece, Europa se enrojece.

sábado, 18 de febrero de 2017

175. EN EL ESPEJO DE UN CHARCO





Los charcos urbanos son indicadores socio-económicos. Su número, tamaño y duración son inversamente proporcionales a la renta media del lugar. Por eso, difícilmente los veremos en los barrios más ricos; mientras que abundan, son grandes y persistentes, durante los meses de lluvia, en los barrios rurales y en los distritos más humildes de cada ciudad. 
Los charcos generan micro-ecosistemas efímeros llenos de vida, pero también son foco de insalubridad. Y guardan tenazmente la memoria de injusticias sociales y de viejas prácticas urbanísticas. En el espejo de los charcos se reflejan las carencias, los sueños frustrados y los deseos reprimidos de los lugareños.
Recuerdo que en el barrio donde me crié se formaban grandes charcos y lodazales que tardaban mucho tiempo en desaparecer. Entonces los niños jugábamos a pisotearlos y a clavar objetos punzantes en los bordes fangosos, por mero placer, sin pensar que en aquellos gestos infantiles pudiera haber algo de inconformismo o, tal vez, de subversión. 
Actualmente hay mucho menos charcos en mi ciudad que en aquellos tiempos, es cierto, pero todavía los hay y su función sigue siendo exactamente la misma. 
Vale la pena pararse junto a un charco y sentarse a observar. La realidad se ofrecerá libremente a ti para que la desenmascares, sin opción, como diría Kafka.

Fuente: El Jardinero Tranquilo en La Voz del Sur

sábado, 11 de febrero de 2017

174. DESCAMPADOS EVOLUCIONADOS


Descampado "original"

Descampado "evolucionado"

La mayor parte de los descampados que abundaban en nuestra ciudad se ha ido transformando con el paso del tiempo. Muchos han sido ocupados por edificaciones de distinto tipo, sobre todo casas adosadas y supermercados en las dos últimas décadas.
Otros dieron paso a parques urbanos, diseñados con ese estilo fundamentado en teorías de desarrollo sostenible y de ecología urbana, caracterizados por una simplicidad que permite a la vez acoger micro-ecosistemas naturales y asegurar el control de los mismos con poco esfuerzo y dinero.
Tales parques pueden considerarse, en cierto modo, “descampados evolucionados”, en el sentido en que son descampados tal como los define hoy la RAE, es decir, “terrenos descubiertos, libres y limpios de tropiezos, malezas y espesuras”, a los que se les ha añadido accesos, senderos y un poco de mobiliario urbano. Nada que ver con los antiguos y costosos jardines floridos.
Pero aún quedan en nuestra ciudad descampados “originales”, apenas transitables, cubiertos de desechos de la sociedad de consumo, de escombros y, por encima de todo, de malezas.
Ayer por la tarde quise adentrarme en uno de éstos. Mi primera impresión fue de admiración por la pujanza de la vida espontánea.
Pero a medida que avanzaba en el descampado, mis sentimientos se volvieron confusos. Por un lado, sentía las delicias que procura el caminar en soledad a través de una terra incognita. Por otro lado, experimentaba la turbación de ser el objeto de las miradas de la gente asomada en los balcones de los bloques vecinos y de los transeúntes, desconcertados por comportamientos infantiles que ya habían olvidado.

sábado, 4 de febrero de 2017

173. ALMENDROS Y ALMENDRAS




Lectores y lectoras, mientras paseaba ayer por Zahara de la Sierra admirando los almendros que florecen en esta época del año al pie del castillo árabe, escuchaba a un amigo lamentarse por la costumbre actual de decir presidenta, clienta o parienta, en contra de la norma gramatical aprendida.
Él considera estos usos, que hoy se encuentran en el diccionario, como capitulaciones de la RAE, motivadas por la presión de poderes mediáticos y por la ignorancia de los hablantes. Él teme que, tras estos cambios, pueda llegar un día en que tengamos que decir “adolescenta”, “inteligenta” o incluso “suficienta”. 
A modo de respuesta, le expliqué a este amigo que ese almendro bajo el que nos encontrábamos, no era un árbol tiempo atrás, sino “una” árbol. Pues en latín arbor era un sustantivo femenino, como eran femeninos la mayoría de los nombres de los árboles y arbustos: el olmo era una olmo; el fresno, una fresno y el pino, una pino.
Hoy ya no nos choca que los nombres de los árboles sean masculinos, a pesar de tratarse de seres vivos capaces de engendrar frutos. Pero seguro que muchos lamentaron tal cambio de género en el pasado, como hoy hace mi amigo.
La lengua no describe la realidad, sino que la interpreta.