sábado, 10 de diciembre de 2016

167. MUSGO INVICTUS



En esta época del año, poco antes de la Navidad, es común ver a gente caminando por los numerosos solares abandonados de nuestra ciudad, transitando por vías por las que hace tiempo que ya nadie anda, entre los escombros de las viejas estructuras industriales y atravesando parques públicos desatendidos en busca musgo para decorar los belenes.
Los musgos son los antepasados vivos de todas las plantas terrestres. Su capacidad de resistencia a las adversidades les ha hecho sobrevivir victoriosos hasta nuestros días.
Sin verdaderos tallos, ni hojas, ni raíces, ni semillas, los musgos son organismos pioneros en la colonización de la tierra, cumpliendo un papel muy importante en los procesos de resiliencia ecológica.
El término resiliencia designa originalmente la capacidad de un metal para resistir y recuperar su forma después de un golpe. Teniendo en cuenta esto, es fácil imaginar porqué este término se ha puesto tan de moda actualmente.
Hoy se usa en los ámbitos de la psicología, de la sociología y de la ecología para invocar, respectivamente, una estrategia para alcanzar la paz interior, una virtud social ligada al éxito y, en fin, la capacidad de un organismo, una población o un ecosistema para recuperar el desarrollo normal después haber sufrido una grave perturbación.
Ayer, mientras observaba  a una señora arrancando musgo entre las ruinas de una nave industrial desmantelada en la carretera Madrid-Cádiz, recordé aquellos versos del poema Invictus de William Ernest Henley que cantan: “Estoy de pié, aunque herido. En este lugar de cólera y de llantos se perfila la sombra de la muerte. No sé qué me reserva la suerte, pero no tengo miedo ni lo tendré…”.

sábado, 3 de diciembre de 2016

166. EL NOMBRE DE LAS PLANTAS

“Mal nommer les choses, c'est ajouter au malheur du monde” [Albert Camus]

foto de ©MiguelParra 2016

En el ámbito de la ciencia, todo ser vivo se reconoce por dos nombres: uno que permite identificar al individuo como especie y otro que lo clasifica dentro de un determinado conjunto de especies o “género”. Se trata de un método de bautismo científico en uso desde hace más de 200 años, formalizado por primera vez por el naturalista sueco Carlos Linneo en el siglo XVIII. Ambos nombres se dan en latín.
Así, por ejemplo, Linneo bautizó al tomate con el nombre de Solanum lycopersicum en 1753, para distinguirlo como la especie lycopersicum del género solanum que incluye a otras plantas como la patata (Solanum tuberosum) y la berenjena (Solanum melongena). Con esta nomenclatura, los científicos pretenden evitar toda confusión que pueda generar la diversidad de nombres comunes dados en cada lengua a cada especie vegetal o animal.
Pero esto no siempre lo consiguen, pues el discurso científico, a pesar de sus pretensiones de exactitud, tampoco es ajeno al problema de la sinonimia y del error ortográfico. En el centro de la foto que figura encima de este texto, la placa de la planta del tomate indica lycopersicum sculentum, que no es sino una alteración ortográfica del sinónimo Lycopersicon esculentum creado por el botánico escocés Philip Miller en 1768.
Los seres humanos también tenemos nuestro nombre científico: nos hacemos llamar Homo sapiens, para identificarnos como la especie sabia y juiciosa del género homo. No quiero hoy discutir este exagerado apelativo, sino señalar la dificultad (por no decir la imposibilidad) de que uno se nombre a sí mismo. Pues todo bautizado necesita, en principio, a alguien exterior a él mismo para que lo bautice. Al nombrarnos, seguramente ya no somos la misma cosa que éramos antes. Pero seguramente fue necesario hacerlo para reconocernos como parte de la vida terrestre y, sobre todo, para darnos una memoria.
Fuente:
http://www.lavozdelsur.es/nombres