viernes, 18 de septiembre de 2015

129. LOS HILOS DE ARIADNA

Esta tarde salí a recortar un poco el Hibisco Rosa de Siria, que en estas fechas se pone siempre repleto de flores. Cada flor dura solo un día, por lo que el pie del árbol, y el camino de entrada, están siempre cubiertos de flores marchitas. Mientras barría los restos, pasó una vecina y se paró un momento a saludarme. Ella piensa que las plantas ensucian mucho, además de que dan demasiado trabajo. Me preguntó porqué yo hacía esto, por qué yo perdía tanto tiempo barriendo, sabiendo que al día siguiente todo volvería a estar sucio. ¿No era mejor arrancar simplemente la Rosa de Siria?  No supe qué contestarle en ese momento. Objetivamente ella tenía razón, pero no podía dársela sin parecer estúpido. En lugar de eso le enseñé los rosales junto a la puerta y al pie del limonero, explicándole que suelen rebrotar cada otoño, con mucho menos vigor que en primavera, antes de caer definitivamente en el sopor invernal. Cuando mi vecina se marchó me quedé un rato pensativo, y entonces me acordé de unas palabras que me dijo el Sr. G, que me habrían servido perfectamente como respuesta al comentario de mi vecina, de haberlas recordado a tiempo. El Sr. G dice que cualquier objeto, como por ejemplo mi Rosa de Siria, o cualquier gesto sencillo, como por ejemplo el de barrer, puede convertirse en un cabo del hilo de Ariadna que permite salir del Laberinto.