domingo, 2 de agosto de 2015

126. PORTAVOZ DE LOS ÁRBOLES

Pienso que, a pesar de todo, la condición humana es admirable [Jean Giono]




“Yo estoy aquí como portavoz de los árboles, les pongo voz porque ellos no pueden quejarse. Son seres vivos", decía Paula, una joven que se encaramó a uno de los fresnos de la Avenida José León de Carranza en Jerez, para impedir su tala…






Esta escena, tan rica en simbolismo, me trajo a la memoria  una novela de Jean Giono que leí hace mucho tiempo, titulada “el hombre que plantaba árboles”.
Esta novela se inicia con el relato de una caminata a través de una región árida situada en los Alpes del sudoeste. Tras la primera acampada, el narrador se encuentra  fortuitamente con un pastor llamado Eleazar, quien le ofrece agua y le propone pasar la noche en su modesta casa de piedra. Antes de irse a la cama, el narrador observa al pastor limpiar y seleccionar un total de cien bellotas. Al día siguiente, el narrador, intrigado, le preguntó al pastor si podía quedarse en su compañía un día más. El pastor acepta y luego sale al camino con su rebaño. El narrador decide caminar a cierta distancia del pastor para observar lo que éste va a hacer con sus bellotas. Pronto descubre que, con una vara de hierro, el pastor va realizando agujeros en distintos puntos del terreno, en cada uno de los cuales introduce una bellota. De esta manera, el pastor planta ese día cien robles. El narrador se entera de que Eleazar lleva tres años haciendo esto mismo. Hasta entonces había plantado cien mil árboles, de los cuales diez mil habían conseguido germinar y crecer. No todos eran robles: el pastor había plantado también abedules, hayas y fresnos. Después de este feliz encuentro, el narrador termina su caminata y al año siguiente es reclutado en el frente de la Primera Guerra Mundial. Se olvida momentáneamente del pastor y de su increíble pasión, pero cuando un cierto tiempo después realiza nuevamente un alto en la zona, vuelve a visitar al pastor, quien había vendido su rebaño para evitar que las ovejas se comiesen los brotes de los árboles recién plantados y se había hecho apicultor. El bosque de Eleazar se extiende en ese momento por un terreno de once kilómetros de largo y tres kilómetros en su parte más ancha. A partir de 1920, el narrador visita regularmente a Eleazar, que no ha cesado de plantar árboles, entre ellos muchos arces. En 1935, el narrador llega a la casa del pastor acompañado por un técnico forestal, a quien revelan el misterio de ese "bosque natural", bajo el juramento de mantener el secreto. En 1939, se pone en marcha un proyecto de comercialización de la madera del bosque de Eleazar; sin embargo, el proyecto aborta por suerte tempranamente, debido a problemas logísticos. El narrador visita por última vez al pastor en junio de 1945. A su alrededor, la región ha vuelto a la vida. El paisaje se ha transformado tan lentamente que casi ninguno de los pobladores nativos se ha dado cuenta. El bosque crece espontáneamente. El narrador tiene un pensamiento final para el pastor, muerto en 1947 en un hospicio de la región: “je trouve que, malgré tout, la condition humaine est admirable”.


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