domingo, 23 de agosto de 2015

128. PLANTAS EN LA TERRAZA

« La vida es lenta y la esperanza violenta »
[Hervé Prudon]



Hice hace unos meses este jardín portátil
en bandeja para el apartamento de mi hijo,
a partir de esquejes de mis plantas crasas

Me encontré con un amigo que se ha mudado recientemente a este barrio. Quiere ajardinar su terraza, y me ha pedido que lo aconseje. Yo no suelo dar consejos a nadie porque temo que los sigan.
Como jardinero no tengo una técnica concreta, sino más bien una actitud atenta a los deseos de mis plantas: ellas son criaturas enérgicas que saben lo que necesitan y cómo pedirlo. Con todo, hay algunos trucos elementales a la hora de iniciarse en la práctica de la jardinería en terraza.
Un jardín no se puede empezar por el final, es decir, no podemos pretender que este luzca maravilloso desde el primer día. Una planta plenamente desarrollada y llena de flores recién comprada en el vivero  difícilmente sobrevivirá a las duras condiciones de vida en el mundo real de nuestra terraza. Por eso, es mejor comenzar escogiendo en el vivero esos ejemplares más discretos, que están empezando a desarrollarse con signos de buena salud y de vigor. 
Es buena idea también hacerse con esquejes de plantas de amigos y vecinos.
La terraza al principio parecerá poco vistosa, pero la cuidaremos tranquilamente con la certeza de que se convertirá en el jardín que deseamos. “Todo lo que es exquisito madura lentamente”, dijo Schopenhauer. Esto es una de las cosas más difíciles de asumir por el jardinero principiante: la lentitud del biorritmo del jardín, comparado con el frenesí de nuestra vida cotidiana.
Ya expliqué que la forma, el color y el tamaño de las hojas nos hablan de las preferencias de las plantas en cuanto a sol y agua.
Recuerdo aquí, resumidamente, que las plantas de hojas pequeñas, coloreadas, grises o verdes azuladas, cerosas o vellosas, crasas o espinosas, requieren por lo general sol directo.
Al contrario a las plantas de hojas grandes y verdes les gustan los espacios luminosos donde no llegan los rayos del sol.
Las plantas cuyas hojas tienen nervaduras alineadas en paralelo requieren suelos menos profundos que aquellas cuyas hojas tienen nervaduras ramificadas a partir de un nervio principal central.
Estos datos son importantes a la hora de elegir el tiesto y el lugar donde colocarlo, sabiendo no obstante que las plantas en maceta son más vulnerables que las que tienen sus pies en tierra: hay que evitar que las raíces se cuezan en un tiesto demasiado pequeño expuesto al sol, que se sequen por culpa del viento y que se pudran debido a un mal drenaje.

“Lo que importa en un jardín de balcón o terraza es el continente, no el contenido; el tiesto, no la planta”, le dije a mi amigo, mientras le entregaba un esqueje de eonio. Y él me miró estupefacto, seguramente porque esperaba otra clase de consejos. Me temo que estoy empezando a parecerme un poco a mi extraño vecino el Sr. G.


He puesto en un plato con agua esquejes de callisia (izquierda) que me ha dado una amiga, para que produzcan raíces
antes de plantarlos en una maceta. No es necesario poner en agua los esquejes de plantas crasas (derecha)
pues éstos desarrollan fácilmente raíces cuando se los deja reposar en un lugar tranquilo,
encima de una mesa o en cualquier recipiente.

detalle de mi terraza



viernes, 7 de agosto de 2015

127. LLUVIA DE BARRO

"Are we all dust? What a beautiful thing dust is though"
[G.K. Chesterton, Notebook]






Después de la tormenta de anoche, las hojas de las plantas, las personas, los coches, toda la ciudad ha aparecido cubierta de polvo. Dicen que este polvo venido del Sáhara con las lluvias del verano aporta minerales y nutrimentos a los bosques y jardines del Sur de Europa, llegando incluso, mucho más lejos, a alimentar los bosques amazónicos. Estaba explicando esto al Sr. G esta mañana cuando pasó cerca de mi jardín, de camino a la panadería. Él se detuvo un momento para exclamar: "¡Cuánta esperanza en el polvo!"



domingo, 2 de agosto de 2015

126. PORTAVOZ DE LOS ÁRBOLES

Pienso que, a pesar de todo, la condición humana es admirable [Jean Giono]




“Yo estoy aquí como portavoz de los árboles, les pongo voz porque ellos no pueden quejarse. Son seres vivos", decía Paula, una joven que se encaramó a uno de los fresnos de la Avenida José León de Carranza en Jerez, para impedir su tala…






Esta escena, tan rica en simbolismo, me trajo a la memoria  una novela de Jean Giono que leí hace mucho tiempo, titulada “el hombre que plantaba árboles”.
Esta novela se inicia con el relato de una caminata a través de una región árida situada en los Alpes del sudoeste. Tras la primera acampada, el narrador se encuentra  fortuitamente con un pastor llamado Eleazar, quien le ofrece agua y le propone pasar la noche en su modesta casa de piedra. Antes de irse a la cama, el narrador observa al pastor limpiar y seleccionar un total de cien bellotas. Al día siguiente, el narrador, intrigado, le preguntó al pastor si podía quedarse en su compañía un día más. El pastor acepta y luego sale al camino con su rebaño. El narrador decide caminar a cierta distancia del pastor para observar lo que éste va a hacer con sus bellotas. Pronto descubre que, con una vara de hierro, el pastor va realizando agujeros en distintos puntos del terreno, en cada uno de los cuales introduce una bellota. De esta manera, el pastor planta ese día cien robles. El narrador se entera de que Eleazar lleva tres años haciendo esto mismo. Hasta entonces había plantado cien mil árboles, de los cuales diez mil habían conseguido germinar y crecer. No todos eran robles: el pastor había plantado también abedules, hayas y fresnos. Después de este feliz encuentro, el narrador termina su caminata y al año siguiente es reclutado en el frente de la Primera Guerra Mundial. Se olvida momentáneamente del pastor y de su increíble pasión, pero cuando un cierto tiempo después realiza nuevamente un alto en la zona, vuelve a visitar al pastor, quien había vendido su rebaño para evitar que las ovejas se comiesen los brotes de los árboles recién plantados y se había hecho apicultor. El bosque de Eleazar se extiende en ese momento por un terreno de once kilómetros de largo y tres kilómetros en su parte más ancha. A partir de 1920, el narrador visita regularmente a Eleazar, que no ha cesado de plantar árboles, entre ellos muchos arces. En 1935, el narrador llega a la casa del pastor acompañado por un técnico forestal, a quien revelan el misterio de ese "bosque natural", bajo el juramento de mantener el secreto. En 1939, se pone en marcha un proyecto de comercialización de la madera del bosque de Eleazar; sin embargo, el proyecto aborta por suerte tempranamente, debido a problemas logísticos. El narrador visita por última vez al pastor en junio de 1945. A su alrededor, la región ha vuelto a la vida. El paisaje se ha transformado tan lentamente que casi ninguno de los pobladores nativos se ha dado cuenta. El bosque crece espontáneamente. El narrador tiene un pensamiento final para el pastor, muerto en 1947 en un hospicio de la región: “je trouve que, malgré tout, la condition humaine est admirable”.