domingo, 3 de mayo de 2015

122. APOMIXIS


Esta mañana salí a recortar un poco el limonero y también el césped que bordea el camino de entrada. Al poco tiempo llegó el Sr. G y nos quedamos un buen rato al pie del arco de entrada, oliendo los jazmines y admirando el rosal trepador que está ahora cuajado de ramilletes de flores. Luego nos sentamos a la sombra, en la terraza. Parecía un día de verano.
De pronto, un detalle en la reja de la ventana atrajo la atención del Sr. G. Se trataba de una tela de araña, en cuyo centro había quedado atrapada alguna cosa que brillaba de un modo especial con la luz del sol. Nos acercamos a ver, muy extrañados, y pudimos comprobar que el objeto luminoso no era sino la semilla voladora de un diente de león, o de una especie semejante.
Expliqué al Sr. G que de las semillas de los dientes de león germinan plantas que son genéticamente idénticas a sus madres. Hijas y madres son en estos casos tan idénticas entre sí como cuando multiplicamos una planta mediante división de mata o mediante esquejes
Los dientes de león producen sus semillas sin mediar polinización ni fecundación, gracias a un mecanismo de clonación que los botánicos llaman “apomixis”. De esta manera los dientes de león escapan a los beneficios pero también a las servidumbres de la sexualidad, a cambio de la repetición infinita de un mismo individuo perfectamente adaptado al entorno.

El Sr. G se quedó observando pensativo, y al final saltó: “De esta semilla nacerá entonces una planta en cierto modo muerta, una criatura acabada desde el inicio, a la vez sin pasado y sin futuro, solo firmemente presente”. 


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