martes, 28 de abril de 2015

121. ¡TUVE MI INSTANTE!



Ella iba a menudo a su jardín para encontrar en sus flores 
una paz que ningún hombre ni mujer podía darle [Virginia Woolf: Mrs Dalloway]


Una lectora me ha reprochado mis textos cada vez más cortos y mi avaricia a la hora de mostrar imágenes de mi jardín. Dice que vive en una tierra muy al norte, donde la primavera tarda demasiado en llegar, y que mi blog le hace más llevadera la espera. 

No es cuestión de avaricia, le he respondido, sino de apuesta consciente por la brevedad, para resaltar más la eternidad de la naturaleza, como diría Alphonse de Lamartine. ¡Triunfa, inmortal Naturaleza, pero yo tengo mi instante! Admiro tu eternidad pero no estoy envidioso.

Dedico especialmente a esta lectora estos → detalles de abril en mi jardín.


jueves, 23 de abril de 2015

120. LOS FRUTOS CAÍDOS

Ésta es mi sangre, ¿o es la primavera?
Ambas son de color verde,
¿Estoy sonriendo de felicidad o de tristeza?
[Abdel Rahman al-Abnoudi]



Después de dos jornadas de fuerte viento, la muerte y la corrupción se han extendido por todas partes en el jardín. He visto frutos caídos cuando apenas estaban empezando a formarse; he visto tallos rotos llenos de savia fresca, flores marchitas recién abiertas y ramas tristemente despojadas de sus hojas verdes...
Esta vez me he negado a buscar signos en el jardín que apunten a la posibilidad de restaurar la esperanza. Para el jardinero es más eficaz la resistencia que el optimismo. 



Ciruelas caídas prematuramente a causa del viento


miércoles, 15 de abril de 2015

119. LA ROSA PRIMERA


Después de toda la jornada de trabajo, por la tarde, al atravesar el jardín para entrar en casa, he descubierto la primera rosa abierta de esta temporada. Aún estaba un poco húmeda por la lluvia reciente. Me he acercado a olerla, pensando en un verso de Gerardo Diego que dice: “Era ella, y nadie lo sabía”.

domingo, 5 de abril de 2015

118. VERDE Y ROBUSTO, Y ORGULLOSO Y PRÓSPERO

yema de fatsia
He pasado la mañana recolocando en la terraza los muebles que habían permanecido apilados y guardados durante el invierno. Cuando el Sr. G llegó, yo estaba concentrado en la tarea de dar una capa de aceite a las sillas y la mesa de madera. Él esperó pacientemente a que acabase mi trabajo. Pero al cabo de un rato empecé a sentirme incómodo. Su manera de observar los movimientos de mis manos me hacía tomar consciencia de estos gestos que normalmente realizo mecánicamente. Y sin automatismo, mis manos ya no resultaban eficaces.
Decidí entonces aplazar el trabajo para otro momento y me senté junto al Sr. G para intercambiar con él las novedades de la semana. Le conté que las plantas de pimiento, que podé al terminar el otoño, ya habían vuelto a rebrotar. Y que he plantado semillas de albahaca y de yerbabuena en un cajón. Y que el rosal trepador y el jazmín que crecen a la entrada de la casa ya estaban preparando sus flores.

Luego llevé al Sr. G junto a la fatsia para mostrarle las curiosas yemas, que parecen manos entrelazadas levantadas hacia el cielo. Al verlas el Sr. G dijo: “Yo quería desarrollarme como un árbol, sin miedo del hacha. Con mis manos levantadas hacia el cielo claro, quería rezar por el sol, la tierra, el agua y el aire. Y quería que los gorriones cantasen sobre mis hombros”. Al ver mi expresión de extrañamiento, aclaró que se trataba de un poema iraní, y después concluyó su recitación: “Verde y robusto, y orgulloso y próspero. Yo quería devolver el orgullo y el verdor a este campo triste”.