viernes, 30 de enero de 2015

109. PODEMOS AHORA

Escaramujos de rosal sevillano

Podemos ahora los rosales, cuando los signos de su letargo son claramente visibles y los días se anticipan cada vez más luminosos. 
Mi rosal trepador ha perdido ya todas sus hojas, y los escaramujos de los rosales arbustivos están totalmente maduros. 
Para podar, primero elimino las ramas muertas o casi secas, y luego recorto las ramas verdes, procurando que el corte sea limpio y oblicuo, un centímetro más o menos por encima de una yema fuerte.

Cuando el jardín da signos de envejecimiento, una poda tranquila a tiempo favorece la regeneración…

martes, 13 de enero de 2015

108. CAFÉ VERDE




La creación poética se inicia como violencia sobre el lenguaje. 
El primer acto de esta operación consiste en el desarraigo de las palabras.
El poeta las arranca de sus conexiones y menesteres habituales: 
 separados del mundo informe del habla, 
los vocablos se vuelven únicos, como si acabasen de nacer 
[Octavio Paz]




El domingo pasado el Sr. G llegó con un paquete de café traído directamente de Etiopía. Por lo visto había pasado unos días cerca de la frontera con Yibuti. No me dijo exactamente dónde ni con qué motivo, aunque se lo pregunté. Los granos de café estaban verdes. Pasamos enseguida a la cocina para tostarlos en la sartén. Luego salimos de nuevo al jardín para poner a enfriar el café tostado. Entre tanto, como la mañana estaba soleada, nos sentamos un rato junto al limonero. El Sr. G me contó entonces un cuento etíope, que decía más o menos así: 
“Hace mucho tiempo, una cuerda unía el cielo a la tierra. En ese tiempo, todas las criaturas que habitaban la Tierra, humanos y animales, hablaban la misma lengua y bailaban al son de la misma música. Pero no había tambores en la Tierra; el único tambor estaba en lo alto, en el cielo. Un día, un joven que no pensaba más que en bailar, subió por la cuerda al cielo, donde se estaba celebrando una gran fiesta. Una vez allí, esperó el momento propicio, cuando todo el mundo se había ido, para coger el tambor. Lo amarró a su cola y se dispuso a bajar por la cuerda. Durante el descenso, la cola del joven golpeaba el tambor, haciéndolo resonar, lo que puso en alerta a Dios. Al ver éste que el tambor no estaba en su sitio, entró en cólera. Miró hacia abajo y vio  al joven escapando con el tambor.  Atemorizado, el muchacho no sabía qué hacer. Entonces cortó con un cuchillo la  cuerda. Desde ese día, hay tambores en la tierra para bailar”. 
Después de este relato, el Sr. G, me miró expectante, esperando una reacción por mi parte. Yo me limité a darle las gracias por el cuento. Me gustan mucho las historias que tratan de explicar el origen de los objetos. Pero el Sr. G no pareció quedarse satisfecho, e insistió: “¿Te das cuenta? Desde ese mismo día ya ninguna cuerda une el cielo a la tierra”.  

Me sorprende mucho la manera en que el Sr. G considera los cuentos. Él asegura que las leyendas cuentan mundos posibles, y que éstos sólo son posibles porque ya han ocurrido alguna vez, o porque ocurrirán algún día.