domingo, 21 de diciembre de 2014

107. LEVES VARIACIONES


¡Todo es Eternidad! ¡Todo fue antes!
¡Y todo lo que es hoy será después,
en el Instante que abre los instantes,
y el hoyo de la muerte a nuestros pies!

[Valle Inclán; Rosa gnóstica]


"El hecho es que parece que todo lo que podemos aspirar 
es a ser un poco menos, al final, de lo que éramos al principio”. 
[Samuel Beckett: Molloy]



Lo que hago como jardinero: analizar las variaciones en cada acto repetido, para intentar comprender por qué es preciso que todo recomience.

jueves, 11 de diciembre de 2014

105. CLADODIOS


Bayas de esparraguera africana (Asparagus sprengeri)
en distintas fases de maduración
El domingo pasado, el Sr. G vino a visitar mi jardín con su nieta. Nada más entrar, la niña se sintió atraída por la esparraguera africana, que está cargada de bayas rojas. La oí preguntar en voz baja a su abuelo si podría pedirme una rama para llevársela como decoración de navidad. ¿Quizá creyó que se trataba de una planta de muérdago? Le corté una rama, explicándole que debía manipularla con mucho cuidado para no clavarse las pequeñas púas.


Las púas son las verdaderas hojas, de tal manera que lo que parecen hojas son en realidad tallos aplastados. En botánica, estos tallos con apariencia de hojas se llaman cladodios. Así, mientras las hojas se ocupan de defender la planta, los tallos las reemplazan en la tarea de la fotosíntesis.

Al Sr. G le impresionó mucho descubrir esta faceta mentirosa de las plantas. Dijo: “Las apariencias bastan para construir todo un mundo, incluso entre las plantas”.


A la izquierda detalle de hoja (en forma de púa) de esparraguera africana;
a la derecha, tallos (cladodios) con apariencia de hoja





















Baya de esparraguera africana, con detalle de jugo y semilla

jueves, 4 de diciembre de 2014

104. AZUL COMO UNA NARANJA


Esta tarde, con los últimos rayos del sol otoñal, he visto, desde la ventana de la cocina, que algunos frutos de mi naranjo ya están maduros. Como un niño atraído por los colores intensos he salido al jardín a tocar las naranjas y a olerlas. He recogido unas cuantas y se las he llevado al Sr. G, que sé que le encantan.

En las fiestas de invierno, antes de la sociedad de consumo y de la aparición de los grandes almacenes, los regalos eran sobre todo alimentarios. En vísperas de la navidad, era costumbre regalar manzanas y naranjas. En los países del norte, las naranjas eran entonces tan raras que constituían un artículo de lujo, reservado a los aristócratas y a los ricos comerciantes.

El Sr. G se puso muy contento al recibirlas, pero no me hizo pasar más allá del vestíbulo de su casa. Sólo me apretó la mano muy efusivamente con sus dos manos, después de ausentarse un instante para guardar las naranjas en una cesta en su cocina. Todavía sin soltarme las manos, exclamó: “¡La tierra es azul como una naranja!”. No entendí qué quería decir. Luego, por fin, liberó mis manos. Mientras me alejaba, añadió en voz alta: ¡Paul Éluard! 
Y luego, al entrar en mi jardín, le oí gritar: ¡El amor la poesía!”.