lunes, 13 de octubre de 2014

101. LA MACETA DE ALBAHACA


Las albahacas necesitan luz y calor para crecer, por eso la costumbre es sembrarlas en primavera y recolectarlas en verano. Pero este calendario depende del clima de las distintas regiones, naturalmente. Como en mi tierra el otoño es cálido y muy soleado, no dudé en volver a sembrar un puñado de semillas de albahaca a finales de agosto. Enseguida germinaron y ahora, a mediados de octubre,  las matas están llenas de hojas frescas muy perfumadas.

Cogí un ramillete ayer por la mañana y se lo llevé al Sr. G, que no había podido venir a visitarme, como suele hacer los domingos, debido a que está un poco resfriado. La hermana del Sr. G me abrió la puerta, me acompañó al salón, e inmediatamente se retiró con la nieta a otra parte de la casa. El Sr. G me pidió que me sentase en un sillón frente a él. Después de agradecerme mucho el ramito de albahacas, se quedó unos minutos pensativo y luego, de pronto, levantó un brazo, exclamando: “¿Quién es el mortal inhumano que me ha robado de mi ventana la albahaca salernitana?”

Al ver mi cara de sorpresa, el Sr. G me contó el cuento del que había sacado esa frase que acababa de recitar en voz alta. Se trataba de una novela del Decamerón de Boccaccio, titulada “Isabella o la maceta de albahaca”.

Hubo una vez en Messina tres hermanos comerciantes que heredaron una gran fortuna cuando su padre murió. Tenían una hermana a la que no querían casar, por evitar perder una buena parte de sus riquezas con la entrega de la dote. Esta muchacha estaba secretamente enamorada de uno de los ayudantes de sus hermanos, un joven llamado Lorenzo. La mala suerte hizo que el mayor de los tres hermanos descubriera una noche a Lorenzo en la habitación de su hermana, sin que éstos se diesen cuenta. A pesar del enfado, el hermano se contuvo y a la mañana siguiente informó a sus otros dos hermanos. Los tres idearon un plan para llevarse a Lorenzo lejos de la ciudad, a un lugar extremadamente solitario, donde lo mataron y enterraron. Una vez de regreso, justificaron la ausencia de Lorenzo con el argumento de que lo habían dejado a cargo de varios negocios lejos de su ciudad. Todo el mundo se lo creyó sin sospechar nada, pues Lorenzo había tenido que ausentarse por tales motivos en muchas ocasiones anteriormente. 
Isabel esperó impacientemente a Lorenzo, preguntando a menudo por él a sus hermanos. Un día en el que ella les preguntó muy insistentemente, uno de sus hermanos le respondió con duras amenazas. Intimidada, la joven no volvió a quejarse, pero siguió pensando en Lorenzo día tras día, lamentando su larga ausencia. Una noche, mientras lo invocaba en sueños para que volviese cuanto antes, el joven se le apareció y le dijo: ¡Ay, mi querida Isabel, en vano me llamas y me reprochas mi larga ausencia. Debes saber, mi querida amiga, que nunca podré volver, pues tus hermanos me mataron el último día que me viste”. Después le explicó con detalles precisos el lugar donde lo habían enterrado y a continuación despareció. 
A la mañana siguiente, Isabel pidió permiso para salir con su criada y ambas se dirigieron al lugar que Lorenzo le había indicado en el sueño. Allí donde encontró un montículo de tierra removida se puso a cavar y no tardó en encontrar el cadáver de su amado. Ante la imposibilidad de desenterrarlo completamente, le cortó la cabeza, la envolvió en el delantal de su criada y regresó rápidamente a casa. Una vez allí lo besó muchas veces y lo limpió con sus lágrimas. Luego, para evitar ser descubierta, envolvió la cabeza en un paño de seda, la enterró en una maceta, y plantó en ella semillas de albahaca, con la intención de regarla exclusivamente con agua de rosas y de azahar o con sus lágrimas. Había elegido esta planta porque el perfume de sus hojas le recordaba el olor de los cabellos de su amado. 
De tanto que Isabel lloró inclinada sobre la maceta y gracias a los nutrientes que la cabeza de Lorenzo aportaba a la tierra, las albahacas crecieron mucho y rápidamente. El aspecto de Isabel, al contrario, empeoraba día tras día. A la vista de los cambios físicos de Isabel, los hermanos indagaron y pronto supieron por las vecinas que la joven pasaba la mayor parte de su tiempo gimiendo y llorando junto a la maceta de albahacas. Ellos le hicieron muchos reproches y encontraron la manera de quitarle la maceta. Esto hizo que Isabel cayera gravemente enferma. 
Viendo que, pese a su enfermedad, la joven no dejaba de insistir para recuperar la maceta, los hermanos descubrieron lo que ella había escondido dentro. Arrancaron las albahacas, quitaron la tierra y encontraron debajo la cabeza de Lorenzo muy deteriorada, pero no tanto como para no poder reconocer a su víctima. Se llevaron los restos rápidamente de allí, los enterraron muy lejos y se mudaron a Nápoles, abandonando a su hermana, que al poco tiempo murió. Su muerte, la desaparición de los hermanos y algunas informaciones desveladas por la criada de Isabel hicieron que la noticia se divulgara y que surgiese una leyenda que perduró hasta nuestros días.

Cuando el Sr. G terminó su relato, me acompañó a la puerta, volviendo a agradecerme el remito de albahaca. Luego, cuando me alejé unos pasos, me dijo: "Isabel es uno de los nombres de mi nieta". Yo le dije adiós con un gesto, mientras atravesaba la puerta de su patio hacia la calle.




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