domingo, 19 de octubre de 2014

102. 'ALAS DE ÁNGEL'


frutos de begonia 'alas de ángel'
Como todavía hace calor, a pesar de la llegada del otoño, las lluvias de las últimas semanas han revigorizado mis plantas. Mis balsaminas, mis salvias, mis hibiscos producen constantemente nuevas ramas y flores, como si no quisiesen admitir que el verano ha terminado.
Los frutos de mi granado están gordos y colorados;  la copa conserva por el momento todas sus hojas. Mi naranjo y mi limonero han producido este año muchísimos frutos: aún están verdes, pero se ve cómo van tiñéndose rápidamente de naranja y de amarillo.
Mi begonia ‘alas de ángel’, que ha florecido durante toda la primavera y el verano, tiene ya algunos frutos maduros. Son alados, con textura semejante al papel, casi translúcidos. Cada fruto contiene cientos de semillas diminutas como motas de polvo, del color del pimentón.
Estaba recolectando esta mañana los frutos de la begonia cuando ha llegado el Sr. G. Enseguida se ha acercado a mirar con su curiosidad habitual. Después de abrir delante de él un fruto para mostrarle la disposición de las semillas, le he hecho observar también las hojas de la planta, con los característicos lunares plateados. Cada uno de ellos actúa como una especie de espejo, reflejando y multiplicando la fuente de luz de hoja a hoja. Se trata de una estrategia muy eficaz para una planta que crece en entornos tropicales, donde la competencia por la luz es feroz.
Le he explicado al Sr. G que esta variedad de begonia se llama ‘alas de ángel’ por la forma alargada de sus hojas. Él me ha mirado con expresión escéptica y me ha dicho: “Me extraña mucho, porque los ángeles no tienen alas”. Entonces me contó el origen de la palabra “ángel”, procedente del griego “angaros”. Según el Sr. G, esta palabra significaba originariamente "mensajero", en concreto un mensajero de largas distancias, que requería algún medio de locomoción para llegar a su destinatario. “Pero no alas, claro está”, insistió el Sr. G., y luego añadió: “Aquellos que hoy llamamos ángeles debieron recorrer en verdad una distancia inconmensurable según los cálculos tradicionales, pues esa distancia no estaba hecha de espacio sino de tiempo”. Por lo visto, el medio de transporte que utilizaron los ángeles para llevar el mensaje a sus destinatarios se averió o se rompió (al final no me quedó del todo claro), y los restos fueron escondidos bajo hielo, bajo agua y bajo tierra, de manera que los ángeles no pudieron regresar nunca más al tiempo del que procedían.
Después de estas extrañas explicaciones, el Sr. G retornó a la conversación sobre los frutos de la begonia con toda naturalidad. Le pedí que me ayudase a anotar el nombre de la planta en los sobrecitos a medida que yo iba guardando en ellos puñados de semillas. Con el rabillo del ojo vi que cada vez que anotaba el término de ‘alas de ángel’ se sonreía.


A la izquierda: detalle de los característicos lunares plateados de las hojas de la begonia 'alas de ángel'.
A la derecha: detalle de las semillas.



lunes, 13 de octubre de 2014

101. LA MACETA DE ALBAHACA


Las albahacas necesitan luz y calor para crecer, por eso la costumbre es sembrarlas en primavera y recolectarlas en verano. Pero este calendario depende del clima de las distintas regiones, naturalmente. Como en mi tierra el otoño es cálido y muy soleado, no dudé en volver a sembrar un puñado de semillas de albahaca a finales de agosto. Enseguida germinaron y ahora, a mediados de octubre,  las matas están llenas de hojas frescas muy perfumadas.

Cogí un ramillete ayer por la mañana y se lo llevé al Sr. G, que no había podido venir a visitarme, como suele hacer los domingos, debido a que está un poco resfriado. La hermana del Sr. G me abrió la puerta, me acompañó al salón, e inmediatamente se retiró con la nieta a otra parte de la casa. El Sr. G me pidió que me sentase en un sillón frente a él. Después de agradecerme mucho el ramito de albahacas, se quedó unos minutos pensativo y luego, de pronto, levantó un brazo, exclamando: “¿Quién es el mortal inhumano que me ha robado de mi ventana la albahaca salernitana?”

Al ver mi cara de sorpresa, el Sr. G me contó el cuento del que había sacado esa frase que acababa de recitar en voz alta. Se trataba de una novela del Decamerón de Boccaccio, titulada “Isabella o la maceta de albahaca”.

Hubo una vez en Messina tres hermanos comerciantes que heredaron una gran fortuna cuando su padre murió. Tenían una hermana a la que no querían casar, por evitar perder una buena parte de sus riquezas con la entrega de la dote. Esta muchacha estaba secretamente enamorada de uno de los ayudantes de sus hermanos, un joven llamado Lorenzo. La mala suerte hizo que el mayor de los tres hermanos descubriera una noche a Lorenzo en la habitación de su hermana, sin que éstos se diesen cuenta. A pesar del enfado, el hermano se contuvo y a la mañana siguiente informó a sus otros dos hermanos. Los tres idearon un plan para llevarse a Lorenzo lejos de la ciudad, a un lugar extremadamente solitario, donde lo mataron y enterraron. Una vez de regreso, justificaron la ausencia de Lorenzo con el argumento de que lo habían dejado a cargo de varios negocios lejos de su ciudad. Todo el mundo se lo creyó sin sospechar nada, pues Lorenzo había tenido que ausentarse por tales motivos en muchas ocasiones anteriormente. 
Isabel esperó impacientemente a Lorenzo, preguntando a menudo por él a sus hermanos. Un día en el que ella les preguntó muy insistentemente, uno de sus hermanos le respondió con duras amenazas. Intimidada, la joven no volvió a quejarse, pero siguió pensando en Lorenzo día tras día, lamentando su larga ausencia. Una noche, mientras lo invocaba en sueños para que volviese cuanto antes, el joven se le apareció y le dijo: ¡Ay, mi querida Isabel, en vano me llamas y me reprochas mi larga ausencia. Debes saber, mi querida amiga, que nunca podré volver, pues tus hermanos me mataron el último día que me viste”. Después le explicó con detalles precisos el lugar donde lo habían enterrado y a continuación despareció. 
A la mañana siguiente, Isabel pidió permiso para salir con su criada y ambas se dirigieron al lugar que Lorenzo le había indicado en el sueño. Allí donde encontró un montículo de tierra removida se puso a cavar y no tardó en encontrar el cadáver de su amado. Ante la imposibilidad de desenterrarlo completamente, le cortó la cabeza, la envolvió en el delantal de su criada y regresó rápidamente a casa. Una vez allí lo besó muchas veces y lo limpió con sus lágrimas. Luego, para evitar ser descubierta, envolvió la cabeza en un paño de seda, la enterró en una maceta, y plantó en ella semillas de albahaca, con la intención de regarla exclusivamente con agua de rosas y de azahar o con sus lágrimas. Había elegido esta planta porque el perfume de sus hojas le recordaba el olor de los cabellos de su amado. 
De tanto que Isabel lloró inclinada sobre la maceta y gracias a los nutrientes que la cabeza de Lorenzo aportaba a la tierra, las albahacas crecieron mucho y rápidamente. El aspecto de Isabel, al contrario, empeoraba día tras día. A la vista de los cambios físicos de Isabel, los hermanos indagaron y pronto supieron por las vecinas que la joven pasaba la mayor parte de su tiempo gimiendo y llorando junto a la maceta de albahacas. Ellos le hicieron muchos reproches y encontraron la manera de quitarle la maceta. Esto hizo que Isabel cayera gravemente enferma. 
Viendo que, pese a su enfermedad, la joven no dejaba de insistir para recuperar la maceta, los hermanos descubrieron lo que ella había escondido dentro. Arrancaron las albahacas, quitaron la tierra y encontraron debajo la cabeza de Lorenzo muy deteriorada, pero no tanto como para no poder reconocer a su víctima. Se llevaron los restos rápidamente de allí, los enterraron muy lejos y se mudaron a Nápoles, abandonando a su hermana, que al poco tiempo murió. Su muerte, la desaparición de los hermanos y algunas informaciones desveladas por la criada de Isabel hicieron que la noticia se divulgara y que surgiese una leyenda que perduró hasta nuestros días.

Cuando el Sr. G terminó su relato, me acompañó a la puerta, volviendo a agradecerme el remito de albahaca. Luego, cuando me alejé unos pasos, me dijo: "Isabel es uno de los nombres de mi nieta". Yo le dije adiós con un gesto, mientras atravesaba la puerta de su patio hacia la calle.




jueves, 2 de octubre de 2014

100. SED DE LO MISMO



Rien n'est nouveau sous le soleil,
même quand il n'y a pas de soleil
(Eugène Ionesco)

Cada septiembre, tras las primeras lluvias, empiezan a rebrotar los muscaris, las freesias y los narcisos. Entonces es el momento de retirarles la capa superior de la tierra, empobrecida y tostada por el sol del verano, de añadirles nueva tierra y abonarlos. Todos los años es lo mismo (→ 53). El Sr. G.  estuvo acompañándome el domingo pasado mientras hacía estas tareas. Al comentarle acerca de lo repetitivo que es el trabajo en el jardín, el Sr. G dijo que en la jardinería, como en la poesía, la repetición no produce aburrimiento ni monotonía, sino al contrario suscita un placer siempre renaciente, al permitir experimentar la maravilla de "lo esperable". Y acto seguido añadió: “Ya lo dijo Ionesco: "No hay nada nuevo bajo el sol, incluso cuando no hay sol". Un poco más tarde, al verme rellenar de tierra fresca el tiesto de los muscaris, el Sr. G insistió en su defensa de la repetición. “Estos muscaris, dijo, no murieron por haber vivido, florecido y fructificado, sino para volver a ser indefinidamente lo que ya fueron”.



La maceta de muscaris con una nueva capa de compost fresco y rico en nutrientes
Tras retirar los restos secos de la temporada pasada (izquierda), he añadido compost a todas mis macetas de bulbosas.
Apenas empiecen a florecer, las bajaré de la azotea al jardín, como hago todos los años.