martes, 10 de junio de 2014

85. FAR' NIENTE


Como yo no tenía nada que hacer el domingo pasado por la mañana, y el Sr. G visiblemente tampoco tenía prisa, nos sentamos en el jardín de atrás a contemplar cómo los frutos del ciruelo maduraban lentamente bajo el sol del mediodía. Después de un rato de silencio, el Sr. G dijo: “Hoy es domingo de Pentecostés”.
Seguramente el rayo de sol sobre las ciruelas le había hecho recordar esta fecha, por asociación de ideas con la típica imagen de las lenguas de fuego del Espíritu Santo sobre las cabezas de los apóstoles. “¡Ven, Santo Espíritu, danos en la agitación tranquilidad!”, exclamé yo, medio en broma medio en serio, pensando en la situación crítica que atraviesa nuestra sociedad. Al cabo de un buen rato, el Sr. G carraspeó, haciendo notar que mi distracción duraba demasiado.
Mientras señalaba con el índice un rayo de sol, dijo que Aquello que no podía ser nombrado debía tener, por esa misma razón, infinitos nombres. Según él, el Espíritu Santo era Ónfalos, Al-Anfal y también la Blanca Paloma que descendió del cielo en estas mismas fechas hace miles de años. Era el Grial, el Cáliz de Plata, el Cerro Blanco, el Gran Hinojo y el Sacro Monte. Era también la Rueda de Fortuna, el Arca Dorada y el Carro de Fuego. “Los griegos contaban cómo Faetón, intentando escapar de la Tierra en la nave de Helios, perdió el control y se estrelló con gran estrépito. Por eso el Espíritu Santo fue también llamado Al-Qayḍa, es decir, el Cascarón de huevo roto, la Ruina objeto de trueques y de guerras, la Roca rota y enrojecida por el fuego”.




 





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