miércoles, 7 de mayo de 2014

79. CAÍDAS PREMATURAS


¿Qué importa que la estrella esté remota y deshecha la rosa? 
Aún tendremos el brillo y el aroma.
[León Felipe]


La única tarea de jardinería que hice el domingo fue barrer los restos de hojas y de flores. En el suelo al pie del granado encontré pétalos y cálices de flores que se habían marchitado demasiado pronto, sin llegar a fructificar.
Muchos factores pueden provocar la caída prematura de las flores, ya sean cambios ambientales (temperatura, humedad, pH del suelo), enfermedades o incluso simplemente la acción mecánica del viento o de las aves. Normalmente no hay por qué preocuparse, pues la mayoría de ellos son transitorios. Por otra parte, los árboles -y en general todas las plantas- suelen producir excedentes de flores para asegurarse de que, contando con los obstáculos mencionados, al menos un número suficiente de ellas fructifican. Obviamente, lo que es suficiente para un árbol frutal no tiene por qué coincidir con las aspiraciones del jardinero. Por mi parte, al ver que las ramas de mi granado aún tenían muchas flores, seguí barriendo tranquilo.
Entonces el Sr. G llamó a la puerta. Interrumpí mi tarea y me senté con él a la sombra del porche. Hacía calor de verano. Le conté la visita de B. días atrás, refiriéndole los extraños comentarios a medias de esta periodista sobre la politización del deshielo de Groenlandia. A él no le interesó mi relato, o al menos eso me pareció. En cambio, se entretuvo mucho observando la forma de estrella de los cálices de las flores caídas del granado, cuyo número de puntas variaba de uno a otro: 4, 7, 8...
Al cabo de un rato, el Sr. G saltó diciendo que él había estado un par de veces en Groenlandia, concretamente en Qaanaaq, hacía muchos años. Allí, un viejo esquimal le transmitió una leyenda sobre las estrellas, el sol y la luna. Le contó que las estrellas no son sólo luces en el firmamento que guían a los viajeros, sino también criaturas vivas que se mueven girando como tornados. En los tiempos antiguos, unas estrellas subieron de la tierra al cielo y después algunas cayeron. Un hermano y su hermana vivían en un pueblo cerca de Qaanaaq en el que había una casa hecha de música. Todas las noches ambos se divertían con sus amigos en esa casa. En una ocasión en la que se apagaron todas las luces de la casa, alguien entró en la habitación donde estaba la joven y la violó. Incapaz de reconocer al violador en la oscuridad, ella se tiñó las manos con el hollín de la chimenea y ennegreció con ellas la espalda del hombre sin que éste lo advirtiese. Cuando se volvieron a encender las luces, comprobó que el violador era su hermano.
Entonces la muchacha huyó horrorizada. El hermano cogió un tizón encendido para seguirla, pero en su búsqueda el madero se cayó en un agujero en el hielo y se apagó casi totalmente. Un brillo débil y una música apenas distinguible del ruido del viento emanan del fondo de ese agujero desde entonces. El hermano nunca encontró a la hermana. Él se convirtió en luna y ella en sol. En cada luna nueva la muchacha canta: "Aningaga tapika, tikipoq tapika". Le pregunté al Sr. G qué significaba ese extraño canto, pero él no supo contestar. El viejo no había querido traducírselo.
Después de esto terminé de barrer y luego el Sr. G se despidió, llevándose varios cálices de flores del granado para enseñárselos a su nieta.


 

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