jueves, 16 de enero de 2014

64. EL PRIMER NARCISO


Esta mañana llovía mucho. He aprovechado un escampado para hacer la inspección ritual del jardín. Entonces he descubierto que mis narcissus fernandesii ya han empezado a florecer.

Se trata de varios ejemplares de una especie autóctona que yo tengo el honor de custodiar, junto a otros jardineros locales, después de que, años atrás, un gran número de bulbitos fuese rescatado de unos terrenos destinados a la construcción de una autopista y posteriormente replantado en un lugar más seguro, no lejos de allí, por un equipo de expertos y de voluntarios.

Al contemplar las flores, no he podido evitar recordar el mito del primer Narciso, aquel cazador griego estupefacto al verse a sí mismo como si fuese otra persona en el reflejo de la Fuente. Ya hablé en otra ocasión de esto (→ 9), pero quisiera insistir hoy un poco más.

Ovidio cuenta que tras la muerte de Narciso, nadie pudo sepultar ni incinerar su cuerpo, pues éste había desaparecido misteriosamente. En su lugar encontraron una flor de color azafranado, coronada de hojas plateadas, probablemente un narciso, aunque no queda constancia botánica precisa. En cualquier caso, seguramente se trataba de esa misma flor (para algunos un crocus) con la que Zeus, semejante a un toro blanco, adormeció a Europa antes de secuestrarla.

Pues tanto los crocus como los narcisos tienen propiedades narcotizantes. De hecho, la palabra narciso deriva de la raíz νάρκη, que en griego significa ”entumecimiento”, ”estupefacción”, ”falta de vida”, efectos que los autores antiguos como Plinio y Plutarco atribuyeron al olor de estas flores.

El botánico Carolus Clusius, en su Rariorum Plantarum Historia (1601) confirmó las propiedades medicinales (principalmente vomitivas y emolientes) de los narcisos, tal como ya habían señalado mucho antes Plinio y Dioscórides. El uso medicinal de los narcisos se abandonó, sin embargo, con el paso del tiempo, según cuenta el botánico Jean Loiseleur, en su tratado sobre los narcisos (Recherches historiques, botaniques et medicales sur les narcisses indigènes pour servir la l’Histoire des plantes de France, 1810, p.16). Este botánico se lamentaba de que, en lugar de estas plantas tan comunes en los prados entorno al mediterráneo, se empleasen plantas procedences de otros hemisferios, mucho más caras de obtener. También describe en su librito curiosas anécdotas acerca de cómo puso a prueba las propiedades medicinales de los narcisos, tratando con éxito, mediante infusiones y polvos hechos a partir de estas plantas, a enfermos aquejados de distintas enfermedades como la epilepsia, el tétanos, y la disentería.


Muchas especies de narcisos producen dos flores en cada espata, lo que, unido a su color amarillo,
ha convertido a esta especie en un símbolo de la gemelaridad divina.





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