viernes, 8 de noviembre de 2013

59. UN JARDIN ANIMADO


Las fatsias (fatsia japonica) florecen en otoño. Sus inflorescencias están constituidas por grupos de flores muy pequeñas y discretas, reunidas en forma de esferas. En las horas del mediodía, desprenden un perfume casi imperceptible para la nariz humana, que atrae poderosamente a numerosos insectos, sobre todo abejas y moscas, de diversas especies.

Las fatsias no se esfuerzan en colorear sus flores para gustar a un determinado insecto: más o menos cualquier bicho alado les vale, teniendo en cuenta que, de todas formas, en esta época del año florecen relativamente pocas plantas y que, por lo tanto, es bastante improbable que éstos improvisados mensajeros transporten su polen a una destinataria equivocada.

Eso sí, las fatsias se aseguran de que las abejas y las moscas vengan en gran número, produciendo para ellas abundante néctar. Este néctar, que no es más que agua azucarada, es un alimento tan vital como escaso en otoño.

Así, gracias a mi fatsia, y también gracias al romero, ambos ahora en flor, mi jardín sigue estando tan animado como en primavera, con un constante ir y venir de moscas y sobre todo de abejas.

Se ha hablado mucho en estos años de la grave disminución en las poblaciones de abejas. Los expertos están de acuerdo en que esto se debe a un cúmulo de causas, tales como, entre otras, las malas prácticas agrícolas y el deterioro de los hábitats naturales, además del ataque de ciertos ácaros.

Pero hay una causa de la que se habla poco o casi nada, que compete directamente a los jardineros y a los diseñadores de jardines, y que tiene que ver con el uso creciente de plantas exóticas para adornar los jardines públicos y privados. Muchas de las plantas más utilizadas hoy en día en jardinería han diseñado sus flores para insectos, aves o incluso reptiles que no existen más que en sus tierras de origen. Así, desplazadas en entornos que no reconocen, lejos de sus polinizadores habituales, estas plantas no sólo están condenadas a una perpetua frustración sexual, sino que tampoco pueden ofrecer sus servicios habituales como reguladoras de ecosistemas. 

No es este el caso de la fatsia, afortunadamente, que se integra muy bien en los jardines mediterráneos. A pesar de tratarse de una especie natural de las regiones costeras de Japón y de Corea, el diseño poco especializado de sus flores permite atraer a una gran variedad de polinizadores. De esta forma, además de garantizar el éxito de su reproducción en entornos diferentes, contribuyen, al mismo nivel que las plantas de la zona, a regular los ecosistemas, ya sea alimentando directamente con su polen y su néctar a los insectos y con sus bayas a los pájaros, ya sea indirectamente, favoreciendo la oportunidad de encontrar presas (insectos y pajarillos) a los depredadores. 

Este mediodía, oyendo los zumbidos de las abejas alrededor de las flores de mi fatsia, me he acordado de que Einstein dijo una vez algo así como: "Una vez que las abejas hayan desaparecido de la tierra, a la humanidad le quedarán sólo cuatro años en el planeta". Y entonces me he preguntado si Einstein consideró algún tipo de relación causa-consecuencia entre esos dos hechos funestos, o si, para él, quizá conocedor de lo que ocurrirá en el futuro, la desaparición de la abejas no sería más que una simple referencia cronológica que le permitía recordar la fecha de nuestra propia huida -¿una vez más?- del planeta...








Así están los frutos de la fatsia, casi tres meses después (02/02/2014)

frutos de la fatsia ya totalmente maduros el 23/02/2014