domingo, 13 de octubre de 2013

56. AMARILLO O ROJO


El Sr. G vino esta mañana acompañado de su nieta, pues quería que ésta viese el granado (→55). Los hice pasar al jardín de atrás y nos sentamos allí un buen rato, a la sombra del árbol. La niña llevaba un vestido de color rojo muy intenso que acentuaba aún más su palidez habitual. Mientras el Sr. G y yo la observábamos en silencio moverse por el jardín, me pregunté dónde estarían sus padres, y porqué vivía con su abuelo en vez de con ellos, sin atreverme no obstante a formular en voz alta tales preguntas. Hay algo en ella que me resulta familiar y no sabría decir qué.

La niña prestó poca atención al granado. Sin embargo, los colores otoñales de las hojas de la parra virgen (parthenocissus quinquefolia), unas amarillas y otras anaranjadas, o incluso rojas, atrajeron durante un rato su interés. Apenas las tocaba, las hojas se desprendían de las ramas y se caían al suelo. Entonces ella se volvió hacia mí y me preguntó porqué se caen las hojas en otoño.

Le dije que eso pasa sólo a ciertas plantas y árboles, como mecanismo de defensa ante el hambre que padecen en esta época del año. A medida que las horas de luz se reducen y que la tierra se enfría, muchas plantas ya no pueden obtener ni a través de las hojas ni a través de las raíces alimento suficiente para mantener vivo todo el follaje que han producido durante el verano. El estrés que les produce el hambre desencadena en su organismo la producción de una hormona llamada etileno. Esta sustancia tapona los peciolos de las hojas de forma que impide el paso de savia hacia ellas, dado que ya apenas les sirven. El etileno fragiliza además el peciolo hasta el punto de que, cualquier roce o incluso un ligero soplo de viento las hace caer.
Privadas de savia, las hojas interrumpen la fotosíntesis de manera que la clorofila, que es lo que da el color verde a las hojas, se degrada. A medida que desaparece la clorofila, se hacen visibles otros colores, amarillos o rojos, que normalmente están enmascarados bajo el color verde. Estos colores otoñales los producen sustancias un poco más resistentes -y que por tanto se degradan más lentamente- que la clorofila. Una vez desprovistas de sus hojas, las plantas reducen al máximo todas sus actividades, dormitando hasta la llegada de la primavera. La alfombra de hojas muertas protege sus raíces del frío al tiempo que enriquecen el suelo con futuros nutrientes.

Cuando terminé mi explicación, la niña continuó con su juego, amontonando las hojas marchitas de la parra en dos pequeños montículos, uno amarillo y otro rojo anaranjado. El Sr. G se mantuvo en silencio mucho rato, pensativo. Y entonces, saliendo por la vía de Tarifa, como él suele hacer, me dijo: "Jesús de Nazaret tenía la piel blanquísima como la de su madre y sin nada de vello, con reflejos amarillos debido a un exceso anómalo de bilirrubina en la sangre. Por el contrario su hermano Juan nació cubierto de lanugo rojizo. Al tacto era sedoso, pero a la vista parecía un leño de corteza rugosa y roja como la de los tejos, y por eso lo llamaron Juan". Yo me quedé sin saber qué decir ante tal desvarío. Pero como él esperaba visiblemente una reacción de mi parte, le comenté: "Has dicho hermano, en vez de primo". A lo que el Sr. G contestó lacónicamente: "¿De veras? Disculpa, quise decir primo y hermano".

Un golpe repentino de viento dispersó las hojas de parra que la niña acababa de terminar de apilar. El Sr. G decidió que era momento de marcharse. Cogió de la mano a su nieta y ambos se despidieron, saliendo esta vez por la puerta de atrás.






1 comentario:

  1. Cada vez más ricas y jugosas tus apreciaciones y fotografías. Enhorabuena.

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