domingo, 29 de septiembre de 2013

53. ESCUCHA ESCUCHA ESCUCHA




Ayer sábado amaneció con el cielo encapotado. Con las primeras lluvias de otoño, es tiempo de plantar los nuevos bulbos y de renovar la tierra de los que se secaron durante el verano.

He decidido plantar en esta ocasión anémonas de Caen (anemone coronaria). Para hacerles sitio en mi pequeño jardín, he tenido que arrancar las salvias (salvia splendens), que estaban ya demasiado deterioradas después de dos años de existencia. Las salvias tienen un ciclo de vida corto, ya que no soportan las temperaturas frías del invierno.  En climas templados como éste pueden sobrevivir excepcionalmente hasta dos años, o acaso un poco más. Producen, eso sí, gran cantidad de semillas que germinan espontáneamente cada primavera, allí donde éstas hayan caído, alrededor del pie de la planta madre. También se multiplican fácilmente por esquejes. De estas dos maneras, las salvias pueden asegurar su presencia en el jardín durante muchos años, a pesar de sus efímeras vidas. Ellas no han sabido (o no han necesitado) desarrollar la misma estrategia de supervivencia que las anémonas.

Al contrario que las salvias, las anémonas no soportan el calor del verano. Pero en lugar de dejarse morir por tal circunstancia, prefieren ocultarse bajo tierra en forma de cormos. Una vez retirada la salvia, he rellenado el contenedor (una vieja pila de piedra) con nueva tierra. He mezclado dos tipos de compost diferentes que he encontrado en el supermercado, uno más barato y arcilloso y otro algo más caro y poroso. Mi hijo pequeño L. ha querido ayudarme a plantar los cormos. Ha puesto demasiados teniendo en cuenta las dimensiones del recipiente, pero no quise interrumpirle el placer del contacto con el jardín. De todas formas, los cormos que se compran en mercados no especializados, como en este caso concretamente, a menudo han estado mal conservados de manera que es improbable que todos consigan germinar.

Después de esto, me he subido a la escalera de mano para rellenar con la misma mezcla de compost la jardinera de las freesias que está sobre el muro. Y también he subido a la azotea, para hacer los mismo con las macetas de freesias, de narcisos y de muscaris que he guardado allí durante el verano (→2, 20)

Al bajar de la azotea, he visto que mi hija P. se había instalado a estudiar en el jardín, al abrigo del porche, con sus libros y apuntes extendidos por toda la mesa. Aunque el día estaba muy nublado, la temperatura era agradable. Cogí entonces uno de mis libros y me senté junto a ella a leer un poco. Al cabo de un rato, empecé a oír el sonido que hacían las primeras gotas de lluvia al chocar levemente con las hojas de las plantas. Le dije a mi hija. "¡Escucha escucha escucha!", sin prevenirle de que estaba en realidad citando en voz alta un verso de Álvaro Mutis que acababa de leer. Ella levantó la cabeza y puso atención, en silencio. Luego me miró como quien mira a un extraterrestre, diciendo que no se oía absolutamente nada. Le pregunté: "¿Estás segura?"

Y entonces cayó un sonoro chaparrón.



He arrancado las salvias, ya muy deterioradas, para plantar anémonas de Caen en su lugar.
Detalle de la mezcla de compost utilizada.

los cormos de anémona de Caen tienen formas irregulares.

Por último he añadido una mezcla de compost a las macetas de freesias, de narcisos y de muscaris,
preparándolas para afrontar un nuevo ciclo.



Detalle de los brotes de muscari pocos días después
de haberlos recubierto con nuevo sustrato, el 11/10/2013


sábado, 21 de septiembre de 2013

52. ESCARAMUJOS


Esta mañana temprano estaba trabajando en casa cuando alguien ha llamado a la puerta del jardín. Era el Sr. G. Me ha extrañado verlo, pues suele venir los domingos. Me dijo que, al pasar junto a la puerta de mi jardín, de camino a la panadería, se había percatado de que los nuevos brotes de mis freesias ya estaban despuntando por encima del muro. La nieta del Sr. G asomó la cabeza desde detrás del costado de éste, esperando curiosa mi reacción, mientras me observaba con sus extraños ojos gatunos. Me alegró mucho que el Sr. G me hubiese señalado este cambio en las freesias, pues yo no me había dado cuenta, a pesar de que muchos tallos sobresalían varios centímetros por encima del borde de la jardinera, en lo alto del muro. "Cuando caminamos, raras veces miramos para arriba", comentó el Sr. G. Su nieta me tiró de la manga y señaló los frutos anaranjados del rosal trepador, preguntándome qué eran. Por alguna razón, su voz y el contacto de su mano en mi brazo me hicieron estremecer un poco. Arranqué entonces unos cuantos frutos y le dije: "son escaramujos".

Hice pasar al jardín a ella y a su abuelo para mostrárselos con más detalle. Expliqué a la niña que los escaramujos son falsos frutos: es una cubierta carnosa y rica en vitaminas que disimula los verdaderos frutos, secos, ásperos y amargos, que están en su interior. Los rosales producen estas cápsulas rojas anaranjadas como manjar para los pájaros y otras criaturas no-plantas, de manera que, cuando se los coman, escupan o excreten los verdaderos frutos lejos de la planta madre. "Es su forma de viajar y de colonizar nuevos mundos (→16)", le dije, al tiempo que con mi navaja seccioné uno de los escaramujos para enseñarle los verdaderos frutos, llamados "aquenios" por la razón de que no se abren por si solos, sino que para salir del envoltorio requieren la participación de los No-plantas.

Mientras separaba en dos partes el escaramujo, el Sr. G dijo: "el disector es la persona que desea examinar lo que hay en el interior de las cosas, para verificar si lo que le enseñan los libros y los profesores es cierto. Es la persona que tiene la intuición de que existen verdades que aún no han sido mostradas, o no de un modo suficientemente transparente". El Sr G dejó entonces de mirar el interior del escaramujo y clavándome sus ojos añadió: "Esa intuición hace de ti un jardinero marginal".

Cuando el Sr. G y su nieta se fueron, prosiguiendo su camino hacia la panadería, me quedé un rato junto a puerta, viéndolos alejarse, sin saber si sentirme halagado, o todo lo contrario, por las últimas palabras del Sr. G. Al volverme para el jardín, levanté la cabeza para mirar los nuevos brotes de las freesias y pensé: "ya empieza un nuevo ciclo, ¡tan pronto!, apenas el primer día del otoño".

Las freesias ya están rebrotando





los frutos del agapanto, al contrario que los del rosal, se abren por sí mismos cuando están maduros.
Por eso se los clasifica como frutos "dehiscentes" (ver entrada 16)


sábado, 7 de septiembre de 2013

51. OKUPAS



Hoy está lloviendo. Los nuevos olores que emanan del jardín significan que el verano está terminando. Me he quedado un rato observando cómo las gotas de lluvia inundaban los rosetones de mi bromelia (neoregelia sp.), formando diminutos estanques. Uno de estos rosetones está en plena floración. La neoregelia lo anuncia señalizando con brácteas (→ 35) de un vivo color rojo en torno al rosetón. Al acercarme, he podido apreciar las flores sumergidas bajo el agua. Son espigas verdosas, amorfas y discretas, y se confunden con los restos de hojas a medio descomponer y con otros detritus acumulados dentro.
Cada uno de estos estanques es un mundo en miniatura  donde organismos microscópicos nacen, se multiplican y mueren. Los mosquitos vienen aquí a depositar sus huevos. Los pájaros insectívoros los usan como fuente de alimento y como abrevadero. Estos estanques también atraen a escarabajos, caracoles, babosas, gusanos y lagartijas. Todos estos ocupantes, permanentes u ocasionales, dejan tras de sí restos orgánicos y deyecciones que se depositan en el fondo del estanque, formando un barro muy nutritivo para las bromelias.
Pues estas plantas, maestras ellas mismas en técnicas de ocupación ilegal, presentan un sistema radicular muy poco desarrollado, adaptado básicamente para servirles como anclaje en sus desplazamientos en busca de espacios luminosos. Las bromelias viven en ecosistemas dominados por árboles y arbustos mucho más altos y frondosos que ellas. Para conseguir la luz necesaria, su astucia consiste en encaramarse a las ramas más altas de los árboles, adonde llegan en forma de semillas. Estas semillas son dispersadas, según la especie, por el viento o por los pájaros.
Una vez germinadas en la rama del árbol, las bromelias no lo parasitan, pues no enraízan en él, sino que sus raíces envuelven la rama, agarrándose a cualquier saliente. Por esta razón son llamadas plantas "epífitas". Sin nutrientes del suelo y sin acceso a la savia de los árboles, ellas han encontrado la forma de obtener agua y alimento diseñando sus cuerpos de tal forma que alberguen estanques en miniatura. Así, al tiempo que okupan el árbol, dan cobijo a una multitud de okupas...
Una libélula de color rojo llegó de repente y se detuvo un instante en el borde de una hoja de la neoregelia, como asomándose al estanque. Acordándome de estos versos de Homero le dije: "¡Forastera! ¿Quién eres? ¿De dónde llegaste, navegando por húmedos caminos?". Intenté fotografiarla pero la libélula se escapó volando a toda prisa. Mientras se alejaba aún le dije: "salve, huésped, para que en alguna ocasión, cuando estés de vuelta en tu patria, te acuerdes de mí".



Aun siendo plantas epífitas, las neoregelias se adaptan muy bien a la vida en macetas.
A la izquierda, detalle de las espigas florales en el interior del estanque.


detalle de hijuelos de neoregelia


domingo, 1 de septiembre de 2013

50. LA MÁSCARA


Mientras sacaba de paseo al perro, he encontrado una planta abandonada junto al contenedor de la basura. Se trata de un ejemplar de liríope, en muy buen estado, en plena floración. La he recogido inmediatamente y me la he llevado a casa. Convendría dividirla en varias matas y trasplantar cada una por separado.

La división en matas de las plantas tuberosas o rizomatosas es muy sencilla. Basta cortar el cepellón, con un cuchillo afilado, en varias porciones, como si se tratase de un bizcocho, y luego plantar cada porción en una nueva maceta, añadiendo tierra y apretando bien ésta alrededor de los rizomas. Pero he pensado que lo mejor es posponer esta tarea hasta que concluya el ciclo de floración. Le estaba quitando las hojas marchitas cuando he visto una coronilla blanca que me resultaba muy familiar, asomando por encima de la puerta del jardín.

El Sr. G ha vuelto por fin. Me ha traído una máscara africana que había comprado para mí en un mercadillo de Sémera, en la región de Afar. Me contó que hubo una estirpe de pobladores en esa región cuya piel era de color blanco translúcido como el de las flores de la liríope. La palabra liríope, que proviene del nombre de la madre de Narciso, significa precisamente, por lo visto, "cara blanca". De esta estirpe  procedía, según el Sr. G, el rey mago Baltasar, que no era negro sino todo lo contrario. Para que sus caras no se quemaran con los rayos del sol, como un día le ocurriera a Sémele al percibir la luz de Zeus, esta gente blanca se cubrían el rostro con un barro negro especial extraído de los márgenes del Nilo, o a veces con máscaras talladas en cortezas de árbol que acentuaban su aspecto fantasmal . El Sr. G sostenía que estos singulares etíopes eran guardianes de una misteriosa capa partida en dos, una de cuyas partes había tenido que ser trasladada desde el vientre de un volcán a una profunda sima submarina.

Mientras recogía los restos de la liríope, contuve una sonrisa al ver la cara tan seria con la que el Sr. G narraba sus fantasías sobre Etiopía. Agradeciéndole el regalo de la máscara, le dije: "Estoy muy contento de que hayas vuelto. Echaba mucho de menos tus enseñanzas". Tuve cuidado de elegir la palabra "enseñanzas" para referirme a sus extrañas historias, pero él respondió: "Oh, en realidad no son enseñanzas, sino más bien recitaciones".



La liríope encontrada junto al contenedor de la basura, antes y después de liberarla de las hojas dañadas o marchitas.
Después de la floración la dividiré en dos o tres matas.

detalle de flor de liríope