domingo, 18 de agosto de 2013

47. ROJO INGLÉS



"Os voy a contar una historia, dijo.
¿Es una historia verdadera? le pregunté.
Él pensó un poco: "Es una historia soñada, por lo tanto,
en cierto modo, es más verdad que la realidad"
(Le Clézio, Tempête: deux nouvelles).


He dedicado la mañana a decorar con pintura roja algunos tiestos de barro que estaban demasiado estropeados por la cal del agua. He elegido el color rojo inglés. Mientras pintaba los tiestos, ha venido mi hijo pequeño con una cría de jilguero que acababa de encontrar al pie del ciprés. Le hemos dado de beber un poco de agua y después lo hemos dejado en una rama del árbol, esperando que sus progenitores volviesen pronto a cuidar de él. Entonces mi hijo se ha quedado un rato a observar mi trabajo de pintura. Le he explicado que el color de las macetas me hace pensar en las cabinas de teléfono típicas inglesas, como las que vimos durante una visita que hicimos recientemente a Gibraltar. Mi hijo siguió observándome en silencio y luego se marchó a jugar, mientras yo no podía parar de pensar en Gibraltar. La gente suele llamar a Gibraltar “el Peñón” o simplemente “la Roca”.

De tanto repetir en mi mente la palabra “peñón” empezó a resultarme extraña. Interrumpí mi trabajo para ir a averiguar su etimología. Descubrí que la palabra “peñón” proviene de la raíz *pet, que significa “volar”  o “moverse o surgir de repente y con mucho ruido”. La misma raíz *pet dió lugar a la palabra petra, que significaba “piedra” o “roca”. De vuelta al jardín y al trabajo de pintura, me divirtió mucho imaginar entonces Gibraltar como una Piedra Voladora, recordando la creencia antigua de que la humanidad había surgido de una Piedra que cayó del cielo, arrojada por el nauta Deucalión para recolonizar la tierra. Con este recuerdo, bajo el sopor del mediodía y un poco atufado por el olor de la pintura, me quedé dormido con la brocha en la mano. Soñé con Deucalión y con Pirra, su guapa esposa pelirroja. Decaulión llevaba el mando de la Roca Voladora, pero un fallo le hizo perder el control de la Nao, sin poder impedir que ésta se precipitara hacia la Tierra, desmoronándose en cientos de fragmentos al chocar contra el istmo que unía África a Europa. El istmo se hundió por causa del impacto y las aguas del océano penetraron bruscamente en la cuenca del Mediterráneo, con un caudal mayor que el de diez grandes ríos, al tiempo que se desencadenaban las peores tormentas imaginables.

Tras la catástrofe, la Roca Voladora emergía de las aguas del Estrecho como una gigantesca diadema rota. En el duermevela de la siesta, me acordé también de que los Antiguos llamaban a Gibraltar monte Calpe o Calpé, porque era un monte a la vez escarbado y esculpido. Imaginé o soñé entonces una hueste de hombres pelirrojos horadando el montículo primitivo, agrandándolo y transformándolo para acoger en su seno a los restos de la Roca Voladora. Pretendían así no sólo poner a ésta fuera del alcance de naciones enemigas, sino también borrarla de la memoria de los hombres. Para agrandar el Peñón de Gibraltar utilizaban rocas del monte vecino en la otra orilla, el monte Hacho, de manera que a medida que uno crecía de tamaño, el otro se reducía.

De pronto, en mi alucinación Gibraltar era ahora la isla Ogigia. Calipso, la joven de hermosas trenzas, hija de Atlas, se encargaba de vigilar la cueva donde se ocultaban los restos de la Roca Voladora. Ella permitió a Odiseo entrar, reteniéndolo durante el tiempo suficiente. Ella le había informado del momento preciso del año en que la marea dejaba accesible la cueva de entrada al corazón de la isla. Lo guió a continuación por el laberinto de galerías y permaneció junto al héroe todo el tiempo que fue necesario hasta que comprendiese en su plenitud el enigma de la Roca Voladora, cuidándolo y alimentándolo durante meses mientras esperaban que la entrada de la cueva volviese a estar accesible.

El océano y los fuertes vientos mantenían la entrada de la cueva a salvo de intrusos prácticamente todo el año. Aquellos intrusos que se las arreglaban para entrar en los momentos en que ésta resultaba accesible, esquivando a los feroces porteros, entonces debían además llevar provisiones suficientes para un año y durante ese tiempo interminable afrontar un peligroso laberinto lleno de trampas mortales. En este punto me desperté con el piar impetuoso de los pollitos de los jilgueros en lo alto del ciprés. Durante mi siesta alguien había terminado de pintar las macetas.





Las hojas de las plantas crasas se desprenden con mucha facilidad cuando se las manipula.
Basta depositar estas hojas sobre la tierra para de ellas broten nuevas plantas,
réplicas idénticas de la primera.



1 comentario:

  1. Una gran imaginación pero escasos conocimientos del mundo animal… Tengo entendido que no se debe tocar las crías de mucha especies para que así los progenitores las puedan reconocer por el olfato y continuar alimentándolas…, en caso contrario podrían ser abandonadas o incluso confundidas por intrusos y sometidas a una muerte segura. Comprendo que es una verdad dura de explicar a un niño, pero no una filosofía de la vida a seguir.

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