lunes, 1 de julio de 2013

44. LA MUERTE EN EL JARDÍN


"Ce qu'on appelle raison de vivre est en même temps 
une excellente raison de mourir" 
[Albert Albert Camus / L'homme révolté]

“Platero, ¿habrá un paraíso de los pájaros? 
¿Habrá un vergel verde sobre el cielo azul, todo en flor de rosales áureos, 
con almas de pájaros blancos, rosas, celestes, amarillos?” 
(Juan Ramón Jiménez)



  Con tanto calor y tanto viento del Este desde hace varios días es imposible trabajar en el jardín. Sólo salgo periódicamente para regar y para recortar el exceso de follaje. Ayer domingo, por la mañana, aprovechando un momento de calma del viento, salí a hacer una inspección rutinaria. Estaba concentrado en esta tarea cuando oí un frufrú procedente del pie del limonero. Al acercarme descubrí un vencejo moribundo que aleteaba débilmente entre las hojas del polygonum capitatum, intentando desembarazarse de unas hormigas que le estaban atacando. Lo cogí y llamé inmediatamente a mi hijo mayor para que lo examinase. El ave estaba deshidratada y desnutrida. Se trataba probablemente de una cría que habría abandonado recientemente el nido. Me mostró sus patitas minúsculas, por las que estos pájaros son llamados engañosamente “ápodos” (apus apus), es decir, "sin pies". 
Los vencejos se pasan la mayor parte de su vida volando, incluso cuando duermen. Cuando salen del nido por primera vez ya nunca regresan a él, teniendo que alimentarse en adelante por sí mismos.
Quizá el fuerte viento seco y caluroso había impedido a este joven vencejo alimentarse convenientemente. Le dimos agua bajo el chorro del grifo del lavabo y le preparamos una papilla con una mezcla de comida del perro y de las tortugas. Después de beber y de comer el vencejo se recuperó un poco.

Mi hijo se colgó el vencejo en la camiseta, a la altura del pecho, y fuimos juntos a visitar al Sr. G, para que su nieta viese al pajarito. Ambos salieron y la niña lo observó en silencio, sin tocarlo. El Sr. G me dijo que al final de la tarde pasarían por mi casa para ver los progresos del vencejo.


Pero cuando llegaron el vencejo estaba muerto. Les mostré el cadáver dentro del nido que mi hijo había improvisado para él en una caja de zapatos. Al ver al pájaro muerto, los ojos de la nieta del Sr. G se humedecieron. Una lágrima brotó de su ojo derecho y corrió mejilla abajo.

El Sr. G le dijo: “¿por qué no quieres que el vencejo muera? ¿Acaso no ves tranquilamente morir las flores? Cuando el agua del arroyo arrastre su cadáver en sus remolinos, como hace con las hojas muertas, ¿acaso no seguirán floreciendo las rosas y no seguirá dando frutos el limonero? Él, que ha danzado sobre los abismos, ¿habría sido menos feliz mientras estuvo vivo por estar ahora muerto?”.


La niña y yo permanecimos mudos, sobrecogidos por las palabras del Sr. G.










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