domingo, 16 de junio de 2013

40. LA CORONA DE YEDRA




Por fin me he decidido esta mañana a cortar la hiedra. Subido en la escalera de mano, he cortado una por una las ramas que sobrepasaban el muro. El Sr. G se ocupaba de recogerlas, a medida que yo las lanzaba al suelo. En lugar de amontonarlas en la cesta que preparé, para luego tirarlas, el Sr. G las ha ido acumulando minuciosamente, ordenadas por tamaño, formando una pequeña pila. Cuando el montón de ramas de hiedra alcanzó un cierto tamaño, el Sr. G cogió de mi caja de jardinería una cuerda para atarlas, formando un haz. Luego, con unas ramas que había dejado aparte, hizo una corona, se la colocó en la cabeza y se puso a bailar torpemente en círculos. Desde lo alto de la escalera le pregunté qué significaba esa danza, pero no me respondió inmediatamente. El Sr. G se detuvo unos minutos después y me dijo: “tú dirás que no respeto mi vejez, al bailar de este modo, con la cabeza coronada de hiedra, pero Dios no distingue entre viejos y jóvenes: él quiere recibir los honores de todos por igual y no establece categorías entre sus fieles”. Cuando se marchó se llevó la corona y se dejó el haz.
  




Después de cortar la yedra, cuando el Sr. G se ha ido,
he regado todo el jardín






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