jueves, 6 de junio de 2013

37. DEJA QUE HABLE EL VIENTO


Vida, vida batiente que con forma de brisa,

con forma de huracán que sale de un aliento,
mece las hojas, mece la dicha o el color de los pétalos,
la fresca flor sensible en que alguien se ha trocado.
(Vicente Aleixandre)




Ayer por la tarde, al volver del trabajo, me encontré a las balsaminas desmayadas sobre el suelo. Un golpe de viento, combinado con un fuerte calor al mediodía, las había dejado en ese estado de deshidratación. Las regué inmediatamente y fui corriendo a buscar un puñado de tutores en mi caja de jardinería para enderezarlas. En lugar de atarlas una por una, hice una especie de entramado con los tutores, en doble hilera, de forma que la estructura resultante sirviese de sustento al grupo. Después de maldecir al viento, me reconcilié con él, al imaginarlo como un "çapulcu", un merodeador sin domicilio fijo. Cuando terminé la tarea, recité en voz baja estos versos de Bertolt Brecht, mirando hacia el Sureste: “Ven, querido viento, y sé nuestro huésped, tú tampoco tienes hogar ni descanso”.

Al cabo de un rato, las balsaminas se sentían de nuevo en plena forma.







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