lunes, 3 de junio de 2013

36. PISADAS

huellas de ficus pumila
Ayer pasé la mañana recortando la higuera trepadora (ficus pumila). Si no la mantengo a raya, esta planta es capaz de envolver toda la casa.
Al eliminar una de las ramas que intentaba penetrar por la ventana de la cocina, han quedado al descubierto las marcas que sus zarcillos adherentes dejan sobre el muro. He llamado al Sr. G, que estaba sentado en su silla, mirando distraídamente a un abejorro revoloteando alrededor de las bulbine. Le he dicho: “Ven a ver esto, parecen las huellas que la arqueóloga Mary Leakey encontró en el yacimiento de Laetoli en Tanzania”.
Como aquéllas huellas prehistóricas, las marcas de la higuera formaban una hilera de huellas paseando en una misma dirección. El Sr. G sonrió y se acercó para mirar con detenimiento. Me dijo que, con esta comparación, yo acababa de dar un paso de gigante. Al decir esto, el Sr. G escenificó la idea alargando un paso lo más posible, pese a su cojera, haciéndome reír.
Dijo que cuanta más semejanza encontraba yo entre los humanos y las plantas, más conseguía aumentar nuestra dignidad como personas, en la medida en que hacía disminuir nuestro orgullo de especie única, separada del resto. Cuando terminé de recortar la higuera y de recoger los restos de la poda, me senté junto al Sr. G a descansar un poco, medio tumbado en una silla de playa, a la sombra del limonero.
En esto que llegaron volando desde fuera dos semillas de alguna planta silvestre. El Sr. G y yo seguimos con la mirada sus movimientos erráticos. Al cabo de un rato cada una se posó donde quiso. Me levanté a recogerlas para observarlas de cerca, pero ellas en seguida se escaparon de mis manos, continuando su viaje azaroso.

El Sr. G dijo que todo viaje errático tiene riesgos pero también indudables beneficios. Viajar hacia un lugar donde nos esperan, siguiendo una ruta conocida, es agradable pero nos atrofia el sentido de la vista y del oído hasta el punto de volvernos sordos y ciegos respecto a lo que no es familiar. En cambio, salirse de los caminos marcados, como esas semillas y yo mismo hacíamos en nuestros recorridos erráticos por el jardín, permite enriquecernos con lo que es extraño, replantearnos nuestras certezas y descubrir cómo nuestros deseos nos aproximan a los demás seres vivos más de lo que creemos que éstos nos alejan.






unas semillas vagabundas y detalle de flores de bulbine









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