jueves, 27 de junio de 2013

43. CELOS


Un día de junio, una mujer celosa del jardín de su amado, cantó1:

“¿Qué jardín puedes desear después de haberme visto?
Su atmósfera, las ramas, el perfume, el rocío,
Sus hojas, las aves, la tierra, el limonero,
Su verdor, los jugos, la suavidad, los sonidos,
Sus narcisos, el azahar, el romero, la rosa,
Son mis vestidos, mis brazos, mi aliento, mis favores,
Mis zarcillos, mis joyas, mis caderas, mi cintura,
Mi rostro, mi saliva, mi pecho, mi voz
Mis ojos, mi boca, mis cabellos, mi mejilla”. 

1 Poema de Ahmad Ibn Jatima, filósofo andalusí nacido en Almería.













lunes, 24 de junio de 2013

42. SICOFANTE



  Fruto de higuera trepadora (Ficus repens)
El domingo por la mañana lo dediqué a polinizar manualmente las flores del chirimoyo (Annona cherimola) con la ayuda de un pincel impregnado con el polen recogido el día anterior por la tarde en un pequeño recipiente.  Las flores del chirimoyo son hermafroditas, lo que quiere decir que cada una tiene tanto órganos masculinos (estambres) como femeninos (pistilo). Para minimizar la probabilidad de la autofecundación, los chirimoyos optan por hacer madurar sus órganos sexuales de forma escalonada (dicogamia) en momentos distintos del día: primero los masculinos, al atardecer, y después los femeninos, a la mañana siguiente. El órgano femenino, de forma cónica, semioculto entre las rajas de la falda de sépalos carnosos, segrega una sustancia viscosa cuando está maduro. Como sólo tengo un chirimoyo, la forma más segura de fecundarlo es asumir yo mismo el papel de insecto polinizador. No es un papel que me encante, pues me hace sentir un impostor, al límite de la “plantofilia”.

Estaba pensando en esto cuando el Sr. G ha llamado a la puerta. Al entrar, ha levantado su mano izquierda abierta, con la palma extendida hacia arriba, para mostrarme un higo de la higuera trepadora (Ficus repens) que acababa de recoger del suelo junto a la valla de mi jardín. Con una cuchilla lo he seccionado por la mitad para mostrarle cómo tiene lugar la fecundación de estos frutos, gracias a la intervención de unas avispas diminutas, pero el Sr. G no me ha dejado hablar. Él ha vuelto a poner el fruto en la palma de su mano, ahora dividido en dos partes, contándome que en la antigüedad, los que mostraban higos eran llamados sicofantes.

No se trataba entonces de higos como éste que él tenía en la mano, sino de los frutos de la higuera doméstica, considerada una especie sagrada en todas las religiones, debido a que su domesticación fue obra de seres celestiales y no de los habitantes de la Tierra. En este tipo de higuera mutante (partenocárpica), el fruto se desarrolla sin mediar la polinización por parte de insectos y madura en el árbol, sin caerse de la rama, hasta hacerse comestible. Al no producir semillas, la higuera doméstica es una especie estéril abocada a la extinción, a no ser que el ser humano la reproduzca de forma asexual por esquejes.

En la Grecia antigua crecían unas higueras sagradas que eran copias genéticamente idénticas de la primera higuera regalada a los hombres por los dioses. El origen de la higuera, que tenía que ver con el origen de nuestra civilización misma, era un secreto que muy poca gente conocía, y que solamente se revelaba clandestinamente tras complicados ritos iniciáticos. Mediante el gesto simbólico de mostrar un higo, los sicofantes extorsionaban a los poderosos, amenazando con revelar el secreto.
Pero como el higo no era una prueba suficientemente explícita del origen de la humanidad, dado que a ojos de la gente común se trataba de un fruto corriente, los sicofantes eran rápidamente desacreditados, denunciados por hacer falsas injurias con el único fin de lucrarse o de conseguir influencias de forma deshonesta, y tratados en consecuencia como gente perversa y despreciable.
Muy distinta estima merecían los hierofantes, que mantenían las pruebas irrefutables del secreto fuera de la vista de la gente común, y las mostraban clandestinamente a los elegidos sólo en los momentos culminantes de las ceremonias mistéricas.


Cuando el Sr. G terminó sus explicaciones, nos hemos quedado unos segundos en silencio mirándonos a los ojos. Luego he seguido polinizando las flores del chirimoyo, sin saber muy bien qué pensar.



flor de chirimoyo (Annona cherimola)

flor de chirimoyo


jueves, 20 de junio de 2013

41. FOTOTROPISMO



Flor de echeveria iluminada por el
último rayo de sol de la tarde
En la escuela nos enseñan que el fototropismo es la respuesta de las plantas al estímulo de la luz. Esta respuesta, dicen, se traduce en un crecimiento de los órganos aéreos de las plantas en dirección al sol para garantizar la fotosíntesis. En cualquier manual especializado de botánica encontramos esta misma manera de concebir el fototropismo como “respuesta”, con detalles más precisos acerca de los procesos químicos que la hacen posible, donde intervienen unas hormonas llamadas auxinas.

Contado de esta manera, parece como si las plantas pudiesen responder pero no preguntar, como si sólo pudiesen reaccionar, sin jamás actuar.

Cualquier jardinero tranquilo sabe, no obstante,  que la realidad no siempre se ajusta exactamente a los modelos de los científicos. Por un lado, hay plantas que, sin dejar de orientar sus hojas hacia la luz, deciden mantenerse a la sombra, ya sea al pie de un árbol,  agazapadas tras una roca, o entre las grietas de un muro. Por otro lado, las plantas buscan el sol para algo más que para obtener energía: ellas saben, de alguna manera, que el sol es necesario para producir y potenciar esplendidos colores.

Los colores no son respuestas sino llamadas; son llamadas que las plantas dirigen específicamente a los No-plantas. Los colores son preguntas que esperan respuesta.


Ayer por la tarde salí al jardín cuando ya estaba casi oscureciendo. Uno de los últimos rayos del sol atravesaba el jardín de una punta a otra, esquivando el follaje del rosal trepador de tal  forma que alumbraba simultáneamente, a un lado y otro del tronco del limonero, la inflorescencia de la crocosmia y la de una variedad de echeveria. Las flores de ambas plantas, de colores anaranjados, brillaban por esta razón con una intensidad extraordinaria. Pensé que tal coincidencia no podía ser una simple casualidad. Ambas plantas habían hecho crecer sus tallos florales el tamaño justo, en la dirección precisa, y habían abierto sus flores en el momento oportuno para conseguir este efectismo aprovechando la luz anaranjada del sol poniente durante el solsticio de verano.


Efectos del último rayo de sol de una tarde de junio, poco antes del solsticio


domingo, 16 de junio de 2013

40. LA CORONA DE YEDRA




Por fin me he decidido esta mañana a cortar la hiedra. Subido en la escalera de mano, he cortado una por una las ramas que sobrepasaban el muro. El Sr. G se ocupaba de recogerlas, a medida que yo las lanzaba al suelo. En lugar de amontonarlas en la cesta que preparé, para luego tirarlas, el Sr. G las ha ido acumulando minuciosamente, ordenadas por tamaño, formando una pequeña pila. Cuando el montón de ramas de hiedra alcanzó un cierto tamaño, el Sr. G cogió de mi caja de jardinería una cuerda para atarlas, formando un haz. Luego, con unas ramas que había dejado aparte, hizo una corona, se la colocó en la cabeza y se puso a bailar torpemente en círculos. Desde lo alto de la escalera le pregunté qué significaba esa danza, pero no me respondió inmediatamente. El Sr. G se detuvo unos minutos después y me dijo: “tú dirás que no respeto mi vejez, al bailar de este modo, con la cabeza coronada de hiedra, pero Dios no distingue entre viejos y jóvenes: él quiere recibir los honores de todos por igual y no establece categorías entre sus fieles”. Cuando se marchó se llevó la corona y se dejó el haz.
  




Después de cortar la yedra, cuando el Sr. G se ha ido,
he regado todo el jardín






jueves, 13 de junio de 2013

39. LOS PLÁTANOS DE LA DISCORDIA


 Blanquita de la col (pieris rapae)
sobre una hoja de alhelí.
Ayer no tuve ganas de trabajar en el jardín. Hace tiempo que quiero recortar la hiedra que cubre el muro derecho, según se mira hacia la calle. Todo su afán es colonizar la casa de mi vecino, sobrepasando los límites territoriales que yo le he impuesto.
Las hiedras son plantas muy tenaces. No desisten jamás de su empeño, confiando siempre en las distracciones del jardinero o en sus momentos de debilidad para conseguir sus objetivos. Como la tarea de recortarla es muy pesada, y sobre todo difícil, porque no hay sitio donde apoyar la escalera de mano sin dañar otras plantas, la he pospuesto una vez más, quizá para el domingo. 
Así que en lugar de trabajar en el jardín, me he sentado a leer el diario. He seguido con atención las noticias de las revueltas en la plaza Taksim, en Turquía. Como chispa de la discordia, curiosamente, se encuentran unos árboles. El diario los clasificaba como "sicómoros". Este nombre es un poco ambiguo, porque puede designar árboles de distintas especies: una higuera, un plátano o un arce. He buscado en internet las fotos publicadas de la plaza Taksim y parece que se trata concretamente de plátanos de sombra (platanus orientalis), lo que no me ha extrañado en absoluto.
En la mitología, estos árboles simbolizan la regeneración, debido a que su corteza se regenera por placas, como la piel de las serpientes. Seguramente, tal coincidencia simbólica no es fortuita: en el ring en que se ha convertido esta plaza, los jóvenes defienden la "regeneración" que el gobierno turco intenta por su parte talar...
Es interesante constatar cómo lo que comenzó como un gesto local de protección de unos árboles, ha derivado en un asunto internacional. Los “mercados” aprovechan para apretar así las tuercas a Erdogan ahora que, como pieza clave en el conflicto sirio-iraní, parece dudar de qué lado inclinarse.


Una blanquita de la col (Pieris rapae) interrumpió mis reflexiones. Su llegada aparentemente fortuita y su vuelo aparentemente errático la ha conducido al lugar exacto donde ella quería llegar: a mis alhelíes, que son el alimento favorito de sus orugas.









detalle de flor de agapanto (→ post 24)






domingo, 9 de junio de 2013

38. LA PIEDRA HUECA




Esta mañana he cortado las flores marchitas del rosal trepador, empezando por el lado que da al interior del jardín y después por el lado de la calle. Estaba terminando esta tarea cuando he visto llegar al Sr. G, con su nieta agarrada de su brazo. En su mano izquierda, el Sr. G portaba un paquete envuelto en papel de celofán. Mientras pasaban al jardín, él ha dicho: “mi nieta y yo hemos pasado unos días en Bretaña, en Irvillac, con mi familia paterna. Te hemos traído unas galletas”.
Me ha hecho muy feliz este gesto. He preparado té y zumos y nos hemos sentado en el porche a comer las galletas. Mientras el Sr. G y yo encadenábamos una conversación con otra, sentados uno frente a otro, la niña se distraía deshojando y reuniendo los pétalos de las rosas marchitas, sin levantar en ningún momento la cabeza. La pequeña sólo detuvo su tarea cuando oyó a su abuelo anunciar que iba a contarnos un viejo cuento bretón que él mismo había oído contar a su abuela.
El Sr. G dijo: “Hubo una vez una gran piedra redonda y plana. En su lado plano había una inscripción que decía ‘quien me dé la vuelta ganará’. Todo el mundo se apresuraba a levantarla pero entonces del otro lado se veía otra inscripción que decía: ‘quien me ha dado la vuelta no ha ganado nada”. Un día, Fulano de Tal levantó la piedra y la cargó en su carreta. Una vez en su cabaña rompió la piedra en pedazos. La piedra estaba hueca y en su interior encontró un lingote de oro”. El Sr. G concluyó su cuento diciendo que ese personaje anónimo encarnaba a toda persona capaz de pensar de un modo distinto, capaz de ver lo que ya nadie ve y de oír lo que ya nadie oye.

jueves, 6 de junio de 2013

37. DEJA QUE HABLE EL VIENTO


Vida, vida batiente que con forma de brisa,

con forma de huracán que sale de un aliento,
mece las hojas, mece la dicha o el color de los pétalos,
la fresca flor sensible en que alguien se ha trocado.
(Vicente Aleixandre)




Ayer por la tarde, al volver del trabajo, me encontré a las balsaminas desmayadas sobre el suelo. Un golpe de viento, combinado con un fuerte calor al mediodía, las había dejado en ese estado de deshidratación. Las regué inmediatamente y fui corriendo a buscar un puñado de tutores en mi caja de jardinería para enderezarlas. En lugar de atarlas una por una, hice una especie de entramado con los tutores, en doble hilera, de forma que la estructura resultante sirviese de sustento al grupo. Después de maldecir al viento, me reconcilié con él, al imaginarlo como un "çapulcu", un merodeador sin domicilio fijo. Cuando terminé la tarea, recité en voz baja estos versos de Bertolt Brecht, mirando hacia el Sureste: “Ven, querido viento, y sé nuestro huésped, tú tampoco tienes hogar ni descanso”.

Al cabo de un rato, las balsaminas se sentían de nuevo en plena forma.







lunes, 3 de junio de 2013

36. PISADAS

huellas de ficus pumila
Ayer pasé la mañana recortando la higuera trepadora (ficus pumila). Si no la mantengo a raya, esta planta es capaz de envolver toda la casa.
Al eliminar una de las ramas que intentaba penetrar por la ventana de la cocina, han quedado al descubierto las marcas que sus zarcillos adherentes dejan sobre el muro. He llamado al Sr. G, que estaba sentado en su silla, mirando distraídamente a un abejorro revoloteando alrededor de las bulbine. Le he dicho: “Ven a ver esto, parecen las huellas que la arqueóloga Mary Leakey encontró en el yacimiento de Laetoli en Tanzania”.
Como aquéllas huellas prehistóricas, las marcas de la higuera formaban una hilera de huellas paseando en una misma dirección. El Sr. G sonrió y se acercó para mirar con detenimiento. Me dijo que, con esta comparación, yo acababa de dar un paso de gigante. Al decir esto, el Sr. G escenificó la idea alargando un paso lo más posible, pese a su cojera, haciéndome reír.
Dijo que cuanta más semejanza encontraba yo entre los humanos y las plantas, más conseguía aumentar nuestra dignidad como personas, en la medida en que hacía disminuir nuestro orgullo de especie única, separada del resto. Cuando terminé de recortar la higuera y de recoger los restos de la poda, me senté junto al Sr. G a descansar un poco, medio tumbado en una silla de playa, a la sombra del limonero.
En esto que llegaron volando desde fuera dos semillas de alguna planta silvestre. El Sr. G y yo seguimos con la mirada sus movimientos erráticos. Al cabo de un rato cada una se posó donde quiso. Me levanté a recogerlas para observarlas de cerca, pero ellas en seguida se escaparon de mis manos, continuando su viaje azaroso.

El Sr. G dijo que todo viaje errático tiene riesgos pero también indudables beneficios. Viajar hacia un lugar donde nos esperan, siguiendo una ruta conocida, es agradable pero nos atrofia el sentido de la vista y del oído hasta el punto de volvernos sordos y ciegos respecto a lo que no es familiar. En cambio, salirse de los caminos marcados, como esas semillas y yo mismo hacíamos en nuestros recorridos erráticos por el jardín, permite enriquecernos con lo que es extraño, replantearnos nuestras certezas y descubrir cómo nuestros deseos nos aproximan a los demás seres vivos más de lo que creemos que éstos nos alejan.






unas semillas vagabundas y detalle de flores de bulbine