lunes, 20 de mayo de 2013

32. UN RAMITO DE ROMERO


El Sr. G vino a mi casa el sábado por la mañana muy temprano para avisarme de que no podría hacer su visita dominical a mi jardín al día siguiente. Llevaba una camisa blanca con los puños arremangados, y unos pantalones oscuros de rayas con la cintura muy alta, sujetos con tirantes. Alrededor del cuello se había anudado un pañuelo de cuadritos negros y blancos. En la mano sostenía una caña larga. No pude reprimir una carcajada al verlo de pronto con ese aspecto tan poco habitual en él.

El Sr. G explicó casi en un susurro, como si no quisiera que nadie lo oyese excepto yo, que iba a pasar el fin de semana con su hermana y con su nieta en la Aldea del Rocío. Quería que su nieta presenciase el ritual de la Caída. "El ritual del Salto", le corregí yo, pero ignoró mi observación, pidiéndome que le diese un manojo de romero para atarlo al extremo de la caña. Fui a por unas tijeras de podar y cuando volví, me dijo, susurrando otra vez: “el nombre científico del romero, rosmarinus, significa literalmente ‘cosa caída del cielo en el mar’, en alusión, según él, a la Piedra en forma de esfera luminosa que dio origen a la humanidad, cuyos fragmentos son venerados en las romerías”. El Sr. G añadió que la caída de tal “piedra” coincidió con esta misma época del año. Y después mientras amarraba el manojo de romero al extremo de su caña, insistió en su disparatada idea: "Es un recurso mnemotécnico, pues esta humilde planta es la única que nombra al Espíritu Santo por su verdadero nombre; por desgracia la mayoría de la gente no lo sabe". Al ver mi cara de desconcierto, el Sr. G sonrió, guiñándome un ojo, y se marchó canturreando una sevillana rociera: “Hay cosas del Rocío que no se pueden contar…”.








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