domingo, 12 de mayo de 2013

30. LA SIESTA DEL CHOTACABRAS

Hay un rumor de alas por el jardín…
[Pablo García Baena]



Cuando he salido al jardín esta mañana me he dado cuenta de que en el suelo de madera había un extraño pájaro durmiendo la siesta. “Es un chotacabras”, me ha dicho mi hijo en susurros, para no despertarlo. Por lo visto vuelven del Sur de Mali y de Burkina-Faso todos los años en esta época, desde finales de abril. Seguramente éste acaba de llegar, muerto de cansancio, y ha decidido sestear un poco en el frescor de la sombra. Nos hemos vuelto a casa para dejarlo descansar, pero de pronto ha entreabierto un ojo y, al vernos, ha alzado el vuelo con un impulso asombroso. Le he dicho. “Adiós, chotacabras, voy a mirar la sombra que has dejado”. Después de esta grata sorpresa, me he puesto a jardinear.
Estaba recogiendo los frutos maduros de las freesias cuando el Sr. G ha llamado a la puerta. Se ha disculpado por no haber podido venir el domingo pasado, pero no me ha explicado el motivo de su ausencia. Yo le he restado importancia a este hecho, al tiempo que le contaba el suceso del chotacabras. El Sr. G dijo que en el jardín del Edén solo se puede entrar como lo había hecho el chotacabras en el mío, saltando o volando desde el cielo, y solo se puede salir de él del mismo modo, ya que una barrera de hierro invisible lo rodea, por arte de nigromancia. Durante todo el verano y todo el invierno, hay flores y frutos maduros. Y los frutos tienen tal hechizo que es imposible llevárselos fuera. Pues quien lo intente, nunca encontrará la puerta ni podrá salir jamás del jardín hasta que no devuelva el fruto a su lugar.
Me extrañó mucho que el Sr. G hablase del jardín del Edén en presente. Le pregunté si ese jardín fabuloso aún existía. Mi curiosidad era sincera, pero él notó quizás en mis palabras un cierto tono irónico, pues, con un gesto de reprobación inhabitual en él, me respondió que no hiciese como esos que dicen “ya he oído” sin haber oído.
Como no entendí su respuesta, cambié de tema pidiéndole que me ayudase a desmenuzar las hojas secas que acababa de retirar de las freesias y de los narcisos para cubrir con ellas el suelo al pie de las balsaminas. De esta manera impido que el suelo se caliente y se seque demasiado en las horas de más sol. 





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