domingo, 14 de abril de 2013

22. EL SOL, EL AGUA Y EL VIENTO




Después de varios días de sol, ha empezado a soplar el viento de levante. La tierra se seca ahora muy rápidamente. Al ver que las calas estaban casi desmayadas por la sed, he sacado la manguera y me he puesto a regar, justo en el momento en que ha llegado el Sr. G. Tras los saludos, se ha ido a oler los alhelíes. Y después ha señalado cómo el color rojo de los rosales sevillanos, encendido por el sol, contrastaba con el blanco de las calas. Al Sr. G no parecía importarle que todo el suelo estuviese mojado. Sus zapatos iban dejando huellas por todas partes. 

De pronto ha pasado una bandada de abejarucos (Merops apiaster). Nos hemos quedado un rato callados, oyendo su piar característico. Ya hace dos o tres semanas que los veo pasar, pero esta vez han volado más bajo y he podido distinguir claramente sus colores.  Cuando la bandada de abejarucos se ha ido, he cerrado la manguera. Es entonces cuando he exclamado: ¡Ah, qué paz!
El Sr. G ha comentado que las palabras "paz" y "pacto" comparten el mismo origen etimológico. Dijo:  “La paz es el pacto de silencio que protege el olvido, manipulando la memoria”. “¿El olvido de qué?, no te entiendo”, le dije, a lo que él respondió: “el olvido de Magna Mater y de su brillante prole, naturalmente”.


Esta vez yo no estaba dispuesto a dejarme intranquilizar por las palabras del Sr. G. Me quité los zapatos y me puse a chapotear descalzo, solo por el gusto de sentir el suelo mojado.






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