domingo, 7 de abril de 2013

20. FRESNO


Esta mañana he hecho muchos trabajos en el jardín, aprovechando que hacía muy buen tiempo. Entre otras cosas, he plantado una salvia y varias semillas de albahaca al pie del naranjo. He recogido todas las macetas de bulbosas que ya se han marchitado, para llevarlas a su lugar de reposo y de secado en la azotea.

Desde la azotea, he visto el Sr. G parado en medio de la calle charlando con otro vecino. Detrás del Sr. G estaba su nieta, apenas visible. De pronto, la he visto acercarse disimuladamente a la valla de mi jardín y después hurgar entre las ramas del rosal trepador. En pocos segundos, la niña volvió a su sitio habitual, tras las piernas del Sr. G. Ni él ni el otro vecino dieron muestras de haberse percatado de los movimientos sigilosos de la niña, distraídos con sus charlas. He esperado a que el Sr. G y la niña desaparecieran calle abajo para volver al jardín y comprobar qué era lo que le atrajo la atención en mi rosal.
Al principio no vi nada destacable pero luego, mirando con más atención, descubrí un trozo de tela de color verde, anudado en forma de lazo. Debido a su textura y color, apenas se distinguía del follaje recién brotado del rosal en las últimas semanas. Al cogerlo, noté un bulto en el centro del lazo. Entré corriendo en casa para abrirlo y descubrir su contenido. Estaba muy intrigado. El tejido estaba adornado con una escritura incomprensible en tinta de bolígrafo o algo parecido. Dentro había un rollo de papel también adornado con una caligrafía incomprensible, en tinta negra y roja. Dentro del rollo de papel aparecieron dos semillas aladas. Reconocí en seguida que se trataba de semillas de fresno. No entendía el significado. Me quedé perplejo mucho rato, sin llegar a ninguna conclusión, ni lógica ni ilógica.
Después de esto volví al jardín para seguir con mis trabajos, sin poderme quitar de la mente este extraño suceso. Al cabo de un rato vino el Sr. G, para su visita dominical. Después de comentar el buen tiempo que hacía, él se sentó en su silla y yo me dispuse a poner tutores a los alhelíes. Los tallos estaban muy largos y habían empezado a combarse con el peso de las flores y con los embates del viento. En primavera y en verano son muy frecuentes los vendavales, por lo que tengo que tomar la precaución de sostener con tutores las plantas más frágiles y de fijar bien las trepadoras.
Mientras hacía esto, señalaba al Sr. G las partes del jardín donde el viento suele afectar más. No sé por qué, no me atrevía a hablar con él de una forma directa acerca del misterioso lazo que su nieta había dejado en mi rosal. Seguramente no se trataba más que de un juego inocente. Entonces le comenté al Sr. G que, si yo tuviese un jardín más grande, me gustaría cultivar un par de bonitos fresnos. Y él respondió: “Para los griegos, los fresnos eran los árboles de las Melíades, protectoras de los niños. Ellas amamantaron a Zeus con el aguamiel obtenido de estos árboles, evitando que le crecieran las verrugas comunes en las criaturas divinas”. El Sr. G permaneció unos instantes callado, y luego añadió: “Para los vikingos, el primer hombre nació de un fresno. Ellos creían, por esta razón, que quien bebiese el aguamiel de estos árboles se convertiría en un poeta o en un gran sabio”.

El Sr. G aseguró que "los que conocen a Fresno, cuidan de ella y ayudan para que crezca fuerte y sana, se sienten honrados por haber alcanzado el saber supremo". Y por último sentenció: “No es el árbol de la Vida sino la vida del Árbol lo que cuenta; no es el árbol de la Sabiduría sino la sabiduría del Árbol lo que importa”. Después de esto el Sr. G permaneció callado hasta el momento de despedirse.





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