domingo, 17 de marzo de 2013

13. UN MENSAJE DE LAS RAÍCES EN EL ENVÉS DE LAS HOJAS


Raíces de Chlorophytum
Cuando un mensaje está escondido, ya sea bajo tierra, bajo agua, o bajo capas de hielo, pensamos automáticamente que se trata de un secreto y que, para descubrirlo, tenemos literalmente que des-cubrirlo, es decir, que tratar de quitar, por distintos medios, las capas de tierra, de agua o de hielo que tenga por encima. De este mismo modo, podríamos pensar que para leer el mensaje de las raíces de las plantas, sería necesario arrancarlas previamente del suelo. Sin embargo, como sucede con cualquier secreto, existe siempre una copia que está expuesta a la vista, pero de tal manera disimulada que sólo un ojo convenientemente adiestrado puede descubrirla.
En el caso de las plantas, el mensaje de la raíz se reproduce esquemáticamente en las nervaduras de las hojas, las cuales son sobre todo visibles en el envés. ¡Qué pocas veces, al admirar una planta, nos detenemos a observar el envés de sus hojas, a pesar de que en sus partes menos visibles las plantas reservan a menudo sus mejores colores y sus diseños más sorprendentes! Así, si las nervaduras de las hojas forman líneas paralelas, del mismo tamaño más o menos, entonces la planta tiene raíces en forma de melena, y requerirá por lo tanto suelos sueltos y poco profundos. Si, por el contrario, las nervaduras de las hojas presentan un eje principal (o incluso varios), que se ramifican progresivamente, entonces la planta tiene raíces con un diseño parecido, y requerirá tierras más compactas y profundas.

Esta mañana, estaba seleccionando varias hojas de las plantas de mi jardín para ejemplificar el lenguaje de las raíces cuando ha llamado a la puerta el Sr. G. Me ha alegrado mucho volver a verlo. Esta vez, como yo no estaba haciendo ningún trabajo concreto en el jardín, nos hemos sentado juntos bajo el porche junto a la entrada de la casa. Tenía muchas ganas de preguntarle acerca de su reciente viaje y, sobre todo, de sonsacarle información acerca de su nieta, que me intriga mucho.
No parece una niña como las de su edad y su cara me suena muy conocida, a pesar de que, desde que ellos se instalaron en el barrio, apenas la he visto pasar dos o tres veces por nuestra calle, siempre a la sombra de su abuelo. Pero en lugar de hacer estas preguntas al Sr. G, le comenté un sueño muy extraño que había tenido esta misma noche.
Yo caminaba por un páramo helado cerca de Qaanaaq, en Groenlandia, junto a un hombre desconocido que avanzaba un poco detrás de mí, cogido fuertemente de mi brazo para evitar que el viento lo arrastrase. Todo era blanco alrededor, incluido nuestros abrigos. Llegamos a una especie de puerta de color negro brillante. La puerta estaba rota por un ángulo. Miré con decepción a mi acompañante. Me había quedado sin palabras delante del enigma de la extraña puerta. Los dos permanecimos mucho rato en silencio. Solo se oía la extraña música, que parecía provenir del viento. Mi acompañante me dio un tirón del brazo y, apuntando con el índice a una especie de galería horadada en un bloque de hielo, dijo: “Refugiémonos allí mientras esperamos; muy pronto vendrán a repararla”. Con esta frase me había despertado, con los pies congelados porque se me habían quedado fuera del edredón sin darme cuenta.
El Sr. G mostró mucha curiosidad por ese hombre desconocido que me acompañaba, preguntándome si acaso se trataba de él mismo. Lo único que supe responder es que, a pesar de que yo no sabía quién era ese misterioso acompañante, tampoco lo percibía en mi sueño como si fuese un extraño.
El Sr. G se quedó unos minutos pensativo y luego quiso saber si el hombre que me sujetaba del brazo lo hacía para apoyarse en mí y no, a lo mejor, para retenerme, para impedirme avanzar hacia la puerta. Esta observación me llamó mucho la atención, pero no supe qué responder. 
Ante mi silencio, el Sr. G añadió que la verdad se aparecía en los sueños, pero que, por aparecerse de este modo, solíamos darla por falsa. Y entonces recitó unos versos de Pessoa: pero aquí, donde irreales erramos,/ dormimos lo que somos, y la verdad,/ aunque al fin en sueños la veamos,/ la vemos, ya que en sueños, falsamente
Después dijo que seguramente, mientras yo dormía, había recibido la visita de un pawágan, o sea de un “visitante de sueños”. Los pawáganac interactúan con el durmiente, permitiendo que el alma de éste se desplace en el espacio y en el tiempo de un modo que para su cuerpo sería imposible. En las culturas primitivas, no se distinguía entre las experiencias vividas durante los estados de vigilia y las soñadas. Al Sr. G le parecía perfectamente legítimo mezclar, en los relatos personales, cosas vistas y oídas en la realidad con otras vistas y oídas en los sueños. 

Y luego, mientras me observaba fotografiar las hojas que había seleccionado, el Sr. G comentó que, para poder reconocer la verdad que se aparece en los sueños, era preciso comprender que nunca se está totalmente dormido cuando soñamos ni suficientemente despiertos cuando creemos que lo estamos.












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