miércoles, 13 de marzo de 2013

12. UNA PALITA Y RECUERDOS DE UN FALSO SENECIO


Con una palita de trasplantar, he cavado un agujero pequeño una parte soleada del jardín, entre las montbretias y el agapanto que crece al pie del limonero. En este agujero, he plantado un esqueje de senecio. El nombre de esta planta, que hace referencia a la vellosidad canosa de sus hojas, desde hace poco resulta que es un nombre equivocado. Los botánicos dicen que ahora tenemos que llamarla jacobea.
El gesto de coger la palita y cavar la tierra es siempre el mismo, aunque cada jardín sea diferente. Es un gesto simple que cada jardinero perpetúa a lo largo de los siglos, desde aquella primera vez que una mujer o que un hombre plantó en la tierra su primera semilla.
El ritual de la palita me ha reenviado de pronto también a mi propia infancia, y he cavado con la misma concentración y el mismo placer con los que, cuando niño, jugaba con la arena de la playa. De esta manera, casi sin darme cuenta, he pegado varios recuerdos a este esqueje de no-senecio.
Es así como mi jardín se ha convertido poco a poco, para mí, en una especie de copia de seguridad de mi memoria personal. Algunas de mis plantas tienen recuerdos muy valiosos, de los que puedo sentirme orgulloso, y otras tienen recuerdos ridículos, de dudoso valor, huellas de mis debilidades o simplemente memorias de experiencias absurdas.
Yo me crié en un barrio obrero donde los únicos espacios verdes eran los alféizares de las ventanas y los portales de los bloques. Me conmovía ver cómo los vecinos, sobre todo las vecinas, que luchaban tanto cada día para sacar sus familias adelante, encontraban el tiempo y los medios para cuidar de sus macetas. Muy pronto, en cuanto fui consciente de esto, empecé yo también a llenar de macetas la ventana de mi habitación.
Al sol se exponían entonces, sobre todo, macetas de geranios, mientras que a la sombra de los portales y en las escaleras de los bloques, los vecinos cultivaban invariablemente helechos, cintas (Chlorophytum), pamplinas (tradescantia) y potos (epipremnum aureus). Estos últimos no eran tan comunes en aquella época como lo son hoy; entonces se consideraban el colmo de la sofisticación.
Para mí las plantas eran puertas de acceso a otros mundos. Pasaba muchas horas en la biblioteca pública, buscando información sobre las plantas de mi barrio. Así descubrí, sorprendido, que la mayoría procedían de Sudáfrica, de Sudamérica y de Asia.
Las plantas me permitieron a la vez construir el mapa del mundo y descubrir la etimología. Cuando supe que chlorophytum significa “planta verde” me decepcionó mucho la falta de imaginación de algunos botánicos, no exenta quizá de un cierto cinismo. Poco después de este desengaño descubrí que los helechos ni siquiera eran plantas auténticas, sino algo así como proto-plantas, y que el nombre de los potos se debía al del dios del deseo de lo que está ausente, al dios del deseo que no puede colmarse.
Todo esto me hizo pensar que debía existir alguna especie de maldición que impedía a la gente pobre como nosotros tener verdaderas plantas con nombres magníficos y generosos. Intenté convencer a mis padres de que debíamos dejar de llamar “pamplinas” a las pamplinas, y llamarlas en adelante tradescantias. Pero fue en vano. El nuevo nombre resultaba demasiado extraño y difícil.
Comprendí entonces, por analogía, que con mi nombre tan corriente era mejor que desistiese cuanto antes del deseo de convertirme algún día en un gran botánico, a la manera de Tradescant, Acharius, Aubert du Petit-Thouars, Ibn-Al-Baitar, Bilberg, Gunnerus, Linnaeus, Mendel o Celestino Mutis… Con mi nombre solo podía soñar ser jardinero, o acaso experto en algún saber secundario. Es curioso cómo los deseos y los sueños nos guían, aunque no nos conduzcan allí donde creíamos (o deberíamos) ir. Pues lo que importa es, creo yo, que los deseos y los sueños nos hagan actuar, nos hagan movernos.
Al terminar de plantar el (no-)senecio, el color blanco de las hojas me ha recordado el pelo del Sr. G. He cogido dos limones del limonero y he ido a su casa. He llamado al timbre y ha respondido su hermana, sin abrirme la puerta. El Sr. G estaba de viaje. Le he dicho que quería ofrecerle un par de limones. Después de darme las gracias, me ha dicho que a él le gustará que se los dé yo mismo este domingo, cuando venga a visitarme, como de costumbre. He vuelto al jardín, satisfecho.




el mismo plantón de falso senecio un año después (21/03/14)
flores del falso senecio (08/04/2014)


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