domingo, 10 de marzo de 2013

11. LA ESCALERA

He cogido la azada y he salido al jardín con la intención de preparar un pequeño parterre donde plantar pimientos. Como mi jardín es muy pequeño, para cambiar periódicamente su aspecto, reservo ciertos espacios donde poder alternar, según el momento, anuales o bianuales, incluido plantas comestibles. 
Así, he cultivado en otras ocasiones calabazas, espinacas, judías y patatas. Al examinar previamente el terreno, para decidir dónde comenzar a cavar, me he dado cuenta de que, junto a las freesias fugitivas de las que hablé el otro día, han empezado a crecer también unos vinagrillos (oxalis), como diciendo: “si ellas pueden, nosotras también”. 
Me ha sorprendido reconocer en ellas este comportamiento tan humano. Porque el placer (¿o la necesidad?) de la evasión está arraigado en los genes de la especie humana. Y allá donde vamos, otras especies aprovechan también para instalarse. Después de colonizar y recolonizar varias veces el planeta Tierra, ahora los humanos buscamos otros planetas adonde escaparnos. Y con nosotros viajarán otras especies: algunas las llevaremos con nosotros a propósito, pero otras no; otras dirán: “si ellos pueden, yo también puedo”. 
Mientras pensaba esto, el Sr. G ha llamado al timbre. Le he abierto, pero no ha querido entrar. Venía sólo para disculparse por no poder quedarse, iba a salir de viaje con su nieta. No me ha dicho ni adónde, ni cuándo, ni para qué, ni por cuánto tiempo. Cuando se ha ido, me he sentido decepcionado. Me he quedado un rato parado. Ya no tenía ganas de hacer hoy el parterre para los pimientos. Decidí posponerlo para otro día. 
En lugar de eso, me he dedicado a quitar las flores marchitas de las freesias. Como la jardinera de freesias está sobre el muro que da a la calle, me he subido a una escalera de mano. Desde lo alto, mi jardín tenía un aspecto totalmente distinto, como si ya no fuese el mío. Aprovechando la altura, he curioseado entonces el jardín de mi vecino. Y luego he mirado hacia la calle. De pronto, he visto al Sr. G saliendo de su casa con su nieta, al tiempo que llegaba un taxi para recogerlos. El Sr. G iba vestido con ropa negra, incluido la camisa. Su cara blanca me pareció lívida en contraste con la ropa y me dio un pequeño escalofrío. Me ha parecido un viejo lobo a punto de engañar a otra caperucita.

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