jueves, 7 de marzo de 2013

10. LA ELECCIÓN DE LAS PLANTAS. INTRUSAS Y ESCAPISTAS

INTRUSA
Una palmera canaria ha elegido
instalarse junto a su pariente
la chamaedorea (a la derecha de
la foto, ligeramente detrás),
intentando pasar desapercibida,
con la esperanza quizá
de hacerme creer que ella
es un vástago de la palmera
que yo mismo planté.
He aprovechado esta mañana una pausa entre dos chaparrones para salir a pasar revista a las plantas. Hago esto periódicamente, para ver cómo progresan, cuál florece, cuál enferma, cuál necesita alguna cosa. Las plantas agradecen que les quitemos de vez en cuando las flores marchitas y las hojas secas. Esto las aligera, evitándoles gastos energéticos superfluos, además de un peso innecesario. Por otro lado, al eliminarles las partes muertas, las plantas recuperan espacio para desarrollarse, estimuladas por una renovación en la circulación del aire y de la luz. 
Es una tarea rutinaria, no suelo tardar más de diez minutos cada vez, permitiéndome identificar y atajar cualquier problema a tiempo, y a la vez dejarme sorprender por alguna novedad. Esta vez, sin embargo, he tardado un poco más de lo acostumbrado, pues mientras lo hacía he descubierto un nuevo caso de “escapismo”: una mata de espárrago que ha brotado por su propia cuenta entre las salvias, burlando el límite de su arriate. Eso me ha hecho recapacitar un rato sobre cómo se constituye la población de plantas de un jardín.
Normalmente creemos que el conjunto de plantas que conforman un jardín se debe a las elecciones de su jardinero o de su propietario; sin embargo, la realidad es muy diferente en la mayoría de los casos, por suerte. 
Cuando una persona dice, por ejemplo, mostrando un objeto empaquetado: “este es el regalo de mi padre”, en principio no podemos saber, a falta de más información, quién ha hecho el regalo a quién, si es un regalo que el padre ha comprado para su hijo, o al revés. Esto es gracias a la ambigüedad de la preposición “de”. De este mismo modo podemos entender la expresión que sirve de título al presente párrafo: “la elección de las plantas”. En cualquier jardín, ¿quién elige a quién?
Cuando elegimos nuestras plantas, estamos condicionados en primer lugar por la oferta que hay en los viveros cercanos. Además, si no queremos gastar dinero y esfuerzo en balde, debemos considerar las características climáticas del lugar, el tipo de suelo y el pH del agua que usaremos para regar. 
Pero esta cuadratura, ya de por si complicada, entre nuestros gustos personales y nuestras posibilidades verdaderas de elección, se desarmará por muchos puntos si no tenemos en cuenta además (y yo diría, sobre todo) las elecciones de las propias plantas, quiero decir, los gustos de ellas, sus temperamentos.  Porque hay plantas arrogantes, que prefieren grandes espacios para lucirse, como las bignonias, y otras que, al contrario, prefieren rincones discretos y la protección del grupo, como las caléndulas. Algunas son feroces competidoras, como la madreselva, y a otras les gusta vivir tranquilas, en un lugar más o menos aislado, sin que nadie las moleste, ni siquiera el jardinero, como por ejemplo los agaves
Por otra parte, hay plantas que parecen experimentar una cierta simpatía hacia su jardinero, y crecen y se reproducen perfectamente por ello, a pesar de que las condiciones del jardín sean a priori desfavorables. Y así es como uno acaba eligiendo aquellas plantas que nos quieren, aquellas a las que les gusta nuestro jardín, sin que podamos saber a ciencia cierta quién ha elegido a quién.  
A todo lo anterior hay que añadir el hecho de que hay plantas que llegan a tu jardín como intrusas, utilizando el viento, o algún animal (incluido el jardinero mismo, sin saberlo) o movidas, acaso, por la providencia. 
Y luego están aquellas que te trae un vecino, con el pretexto de que ya no puede ocuparse de ellas, y también aquellas otras que te ha regalado alguien que te quiere. Así, cuando vienes a darte cuenta, un gran número de plantas de tu jardín no las has elegido tú y, lo peor, ni siquiera se encuentran en el lugar donde tú las pusiste inicialmente, porque se han escapado de su sitio quién sabe de qué manera, como buenas artistas del escapismo.
Personalmente, me gusta que esto sea así. Eso me descarga, como jardinero, de una gran parte de responsabilidad sobre las plantas, y me hace sentir más ligero, como esas aspidistras a las que acabo de quitar las hojas marchitas.










1 comentario:

  1. He leído tu entrevista, Juan Manuel o José Manuel. El blog es tan leído por la razón más obvia: por cómo cuentas tu experiencia de jardinero. Ni declaraciones de sabiduría ecológica, ni de amor a la naturaleza, ni observaciones técnicas sobre semillas y niveles de lluvia, y ni siquiera la exaltación de la belleza de las flores o de la simetría o no simetría de su arreglo. El jardinero tranquilo vive por encima de todo eso, nos hace observar cosas interesantes de nosotros mismos (por ejemplo, qué poco elegimos, aunque creamos elegir) y en general nos traslada a un mundo muy apacible, un paraíso urbano creado por una actitud ante las cosas y sus misterios y sus conexiones. Ahora, gracias al último post, me doy cuenta de que soy una planta escapista, que se mete en tu jardín en este invierno de mucha nieve y hielo para sentir el sol y mirar las flores y oír los pájaros, y además contagiarme de tranquilidad. Seguramente hay muchos lectores escapistas como yo, que buscan tu tranquilidad. Lady G.

    ResponderEliminar