miércoles, 27 de marzo de 2013

16. EL LENGUAJE DE LOS FRUTOS



frutos dehiscentes de las freesias
La floración de las plantas de temporada como los muscari, los narcisos y las freesias dura apenas un par de semanas (o como mucho tres, si lo hacen escalonadamente), lo que es un tiempo relativamente muy corto, comparado con la duración total de sus ciclos de vida. Este hecho, personalmente, no me decepciona; al contrario, la explosión fugaz de flores en los últimos días del invierno me contagia mucho entusiasmo.
Además, cuando estas flores empiezan a marchitarse, es el momento de dejarse fascinar por sus frutos tan tempranos.

Los frutos también transmiten mensajes, contribuyendo al discurso global de cada planta. Además de contener el código genético de la futura planta, los frutos hablan de las costumbres y de las preferencias de las plantas a la hora de colonizar territorios.
En este sentido, hay dos grandes grupos de frutos: los "dehiscentes" y "los indehiscentes", o por decirlo de un modo más simple: los que se abren y los que hay que abrirlos.
Los dehiscentes, como los de los muscari, los narcisos y las freesias, se abren por sí mismos, como por ensalmo, gracias a procesos mecánicos y físicos, en los que intervienen factores de humedad, presión y temperatura. Estos frutos, generalmente verdes y relativamente jugosos al principio, se secan progresivamente, de manera que, cuando las semillas están maduras, el fruto se abre por ciertas líneas que aparecen claramente dibujadas, como diciendo: “este fruto se abrirá por aquí”.

Los frutos dehiscentes nos cuentan, con el delicado dibujo de sus líneas de apertura, que a las plantas que los producen no les gusta colonizar mundos desconocidos, ni siquiera pretenden viajar muy lejos (con algunas notables excepciones de plantas con frutos dehiscentes explosivos).
Pues estos frutos, una vez abiertos, dejan caer descuidadamente las semillas en las proximidades, de manera que las plantas hijas puedan proliferar junto a la planta madre, formando familias compactas que se autoprotegen en grupo del viento y se defienden de la competencia de otras especies vegetales. No temen que sus plantas hijas les roben los nutrientes del suelo, bien porque crecen en suelos suficientemente ricos (como los narcisos) o bien porque son muy poco exigentes (como las freesias). 


Por el contrario, los frutos indehiscentes, como por ejemplo las ciruelas, desarrollan vivos colores y carnes jugosas para despertar el deseo en los No-plantas, los seres sensoriales, con el fin de que éstos los abran, se los coman y después excreten -o simplemente desechen- las semillas, duras y amargas, lejos de la planta madre. Los frutos indehiscentes nos dicen que sus plantas son grandes viajeras y perseverantes colonizadoras de nuevos mundos.





lunes, 25 de marzo de 2013

15. LA GOTA DE ROCÍO



"No me has encontrado, 
me anduve empapando de rocío"
[Arnaldo Calveyro]

Ros designaba en latín al rocío: al manto húmedo matutino y a cada gota, a cada esfera brillante idéntica a sí misma caída del cielo. También se utilizaba esta palabra para designar a las lágrimas, un ejemplo similar de repetición en serie. Ros era, además, cualquier parte de otra cosa, una reliquia, el resto de una situación anterior, cualquier cosa esencialmente caída, una lasca desprendida de una roca.

Ros es la esfera luminosa que, por caer una vez, volverá a caer, siempre idéntica a sí misma, en cada ciclo.


El Sr. G me dijo que debía olvidar el significado de las palabras y atender en adelante a sus sonidos:  "Los fonemas, las sílabas, son como gotas de rocío o de lluvia que al resbalar por un cristal, uniéndose y separándose, todas semejantes y a la vez distintas, acaban formando una única capa de humedad transparente sobre el vidrio". Según él, todas las palabras contienen el eco de la primera palabra. Los fonemas son gotas de agua purificadora y despiertan la memoria escondida en nuestros sueños. 
"Los sonidos nos reaniman, reafirmando nuestros pasos", añadió el Sr. G, antes de marcharse, mientras yo le hacía notar las flores que se habían abierto desde su última visita, las que estaban a punto de abrirse, y las que habían empezado a fructificar.


jueves, 21 de marzo de 2013

14. ¡ABEJA, TE ESTOY ESPERANDO!

 Bee! I’m expecting you! [Emily Dickinson]

Me ha llamado la atención esta mañana una abeja que me parecía distinta a las demás (a las melíferas, quiero decir), pues ésta tenía unas antenas muy largas. Le hice una foto y se la mandé por email a un amigo. Éste me respondió en seguida, diciendo que se trataba probablemente de una Eucera longicornis macho. 
Estas abejas son de costumbres solitarias. Por lo visto también tienen una lengua muy larga, que les permite alcanzar nectarios a los que otras especies de abeja no llegan. 
Al enterarme de esto, me acordé de un artículo que leí recientemente en El País (13/03/2013), el cual citaba a su vez un artículo de la revista Animal Behaviour. En este artículo se afirma que las abejas que viven en colmenas han desarrollado una manera de avisar a sus congéneres, a través de señales olfativas, de la presencia de depredadores escondidos en una determinada flor, evitándoles así ser atacadas desprevenidas. Las abejas solitarias, por el contrario, según este mismo artículo, al no estar “obligadas a cooperar” (sic), no dejan ninguna señal de advertencia a sus congéneres. Para ellas, que una congénere sea presa de un depredador es “indiferente” (sic). 
Estas interpretaciones sobre la conducta de las abejas solitarias me sorprendieron mucho. Por un lado, el artículo sugería implícitamente que las abejas de colmena cooperaban bajo algún tipo de coacción y, por otro lado, parecía atribuir explícitamente a las abejas solitarias un carácter insolidario sólo por el hecho de no vivir en colmenas. Curiosamente, en la versión digital del mismo diario, tales comentarios subjetivos han sido suprimidos.
Por alguna razón, asociamos automáticamente comportamientos maliciosos a la soledad, aunque sabemos que no existe ninguna relación lógica, ni tampoco natural, entre ambos conceptos. Se trata, creo yo, de una asociación aprendida, de dudoso valor por otra parte. En estos momentos no se me ocurre mejor forma para desaprenderla que practicando la jardinería.
Personalmente, me ha alegrado mucho recibir la visita de esta abeja solitaria, que me ha dado mucha compañía esta mañana. De las abejas, ya sean solitarias o sociales, lo que me gusta es su zumbido, que parece significar: “¡Sé paciente!, ¡resiste!”… Es un sonido arcano, que me remonta a los orígenes de nuestra civilización, poco antes de que aprendiéramos a reconocer la primera palabra.








domingo, 17 de marzo de 2013

13. UN MENSAJE DE LAS RAÍCES EN EL ENVÉS DE LAS HOJAS


Raíces de Chlorophytum
Cuando un mensaje está escondido, ya sea bajo tierra, bajo agua, o bajo capas de hielo, pensamos automáticamente que se trata de un secreto y que, para descubrirlo, tenemos literalmente que des-cubrirlo, es decir, que tratar de quitar, por distintos medios, las capas de tierra, de agua o de hielo que tenga por encima. De este mismo modo, podríamos pensar que para leer el mensaje de las raíces de las plantas, sería necesario arrancarlas previamente del suelo. Sin embargo, como sucede con cualquier secreto, existe siempre una copia que está expuesta a la vista, pero de tal manera disimulada que sólo un ojo convenientemente adiestrado puede descubrirla.
En el caso de las plantas, el mensaje de la raíz se reproduce esquemáticamente en las nervaduras de las hojas, las cuales son sobre todo visibles en el envés. ¡Qué pocas veces, al admirar una planta, nos detenemos a observar el envés de sus hojas, a pesar de que en sus partes menos visibles las plantas reservan a menudo sus mejores colores y sus diseños más sorprendentes! Así, si las nervaduras de las hojas forman líneas paralelas, del mismo tamaño más o menos, entonces la planta tiene raíces en forma de melena, y requerirá por lo tanto suelos sueltos y poco profundos. Si, por el contrario, las nervaduras de las hojas presentan un eje principal (o incluso varios), que se ramifican progresivamente, entonces la planta tiene raíces con un diseño parecido, y requerirá tierras más compactas y profundas.

Esta mañana, estaba seleccionando varias hojas de las plantas de mi jardín para ejemplificar el lenguaje de las raíces cuando ha llamado a la puerta el Sr. G. Me ha alegrado mucho volver a verlo. Esta vez, como yo no estaba haciendo ningún trabajo concreto en el jardín, nos hemos sentado juntos bajo el porche junto a la entrada de la casa. Tenía muchas ganas de preguntarle acerca de su reciente viaje y, sobre todo, de sonsacarle información acerca de su nieta, que me intriga mucho.
No parece una niña como las de su edad y su cara me suena muy conocida, a pesar de que, desde que ellos se instalaron en el barrio, apenas la he visto pasar dos o tres veces por nuestra calle, siempre a la sombra de su abuelo. Pero en lugar de hacer estas preguntas al Sr. G, le comenté un sueño muy extraño que había tenido esta misma noche.
Yo caminaba por un páramo helado cerca de Qaanaaq, en Groenlandia, junto a un hombre desconocido que avanzaba un poco detrás de mí, cogido fuertemente de mi brazo para evitar que el viento lo arrastrase. Todo era blanco alrededor, incluido nuestros abrigos. Llegamos a una especie de puerta de color negro brillante. La puerta estaba rota por un ángulo. Miré con decepción a mi acompañante. Me había quedado sin palabras delante del enigma de la extraña puerta. Los dos permanecimos mucho rato en silencio. Solo se oía la extraña música, que parecía provenir del viento. Mi acompañante me dio un tirón del brazo y, apuntando con el índice a una especie de galería horadada en un bloque de hielo, dijo: “Refugiémonos allí mientras esperamos; muy pronto vendrán a repararla”. Con esta frase me había despertado, con los pies congelados porque se me habían quedado fuera del edredón sin darme cuenta.
El Sr. G mostró mucha curiosidad por ese hombre desconocido que me acompañaba, preguntándome si acaso se trataba de él mismo. Lo único que supe responder es que, a pesar de que yo no sabía quién era ese misterioso acompañante, tampoco lo percibía en mi sueño como si fuese un extraño.
El Sr. G se quedó unos minutos pensativo y luego quiso saber si el hombre que me sujetaba del brazo lo hacía para apoyarse en mí y no, a lo mejor, para retenerme, para impedirme avanzar hacia la puerta. Esta observación me llamó mucho la atención, pero no supe qué responder. 
Ante mi silencio, el Sr. G añadió que la verdad se aparecía en los sueños, pero que, por aparecerse de este modo, solíamos darla por falsa. Y entonces recitó unos versos de Pessoa: pero aquí, donde irreales erramos,/ dormimos lo que somos, y la verdad,/ aunque al fin en sueños la veamos,/ la vemos, ya que en sueños, falsamente
Después dijo que seguramente, mientras yo dormía, había recibido la visita de un pawágan, o sea de un “visitante de sueños”. Los pawáganac interactúan con el durmiente, permitiendo que el alma de éste se desplace en el espacio y en el tiempo de un modo que para su cuerpo sería imposible. En las culturas primitivas, no se distinguía entre las experiencias vividas durante los estados de vigilia y las soñadas. Al Sr. G le parecía perfectamente legítimo mezclar, en los relatos personales, cosas vistas y oídas en la realidad con otras vistas y oídas en los sueños. 

Y luego, mientras me observaba fotografiar las hojas que había seleccionado, el Sr. G comentó que, para poder reconocer la verdad que se aparece en los sueños, era preciso comprender que nunca se está totalmente dormido cuando soñamos ni suficientemente despiertos cuando creemos que lo estamos.












miércoles, 13 de marzo de 2013

12. UNA PALITA Y RECUERDOS DE UN FALSO SENECIO


Con una palita de trasplantar, he cavado un agujero pequeño una parte soleada del jardín, entre las montbretias y el agapanto que crece al pie del limonero. En este agujero, he plantado un esqueje de senecio. El nombre de esta planta, que hace referencia a la vellosidad canosa de sus hojas, desde hace poco resulta que es un nombre equivocado. Los botánicos dicen que ahora tenemos que llamarla jacobea.
El gesto de coger la palita y cavar la tierra es siempre el mismo, aunque cada jardín sea diferente. Es un gesto simple que cada jardinero perpetúa a lo largo de los siglos, desde aquella primera vez que una mujer o que un hombre plantó en la tierra su primera semilla.
El ritual de la palita me ha reenviado de pronto también a mi propia infancia, y he cavado con la misma concentración y el mismo placer con los que, cuando niño, jugaba con la arena de la playa. De esta manera, casi sin darme cuenta, he pegado varios recuerdos a este esqueje de no-senecio.
Es así como mi jardín se ha convertido poco a poco, para mí, en una especie de copia de seguridad de mi memoria personal. Algunas de mis plantas tienen recuerdos muy valiosos, de los que puedo sentirme orgulloso, y otras tienen recuerdos ridículos, de dudoso valor, huellas de mis debilidades o simplemente memorias de experiencias absurdas.
Yo me crié en un barrio obrero donde los únicos espacios verdes eran los alféizares de las ventanas y los portales de los bloques. Me conmovía ver cómo los vecinos, sobre todo las vecinas, que luchaban tanto cada día para sacar sus familias adelante, encontraban el tiempo y los medios para cuidar de sus macetas. Muy pronto, en cuanto fui consciente de esto, empecé yo también a llenar de macetas la ventana de mi habitación.
Al sol se exponían entonces, sobre todo, macetas de geranios, mientras que a la sombra de los portales y en las escaleras de los bloques, los vecinos cultivaban invariablemente helechos, cintas (Chlorophytum), pamplinas (tradescantia) y potos (epipremnum aureus). Estos últimos no eran tan comunes en aquella época como lo son hoy; entonces se consideraban el colmo de la sofisticación.
Para mí las plantas eran puertas de acceso a otros mundos. Pasaba muchas horas en la biblioteca pública, buscando información sobre las plantas de mi barrio. Así descubrí, sorprendido, que la mayoría procedían de Sudáfrica, de Sudamérica y de Asia.
Las plantas me permitieron a la vez construir el mapa del mundo y descubrir la etimología. Cuando supe que chlorophytum significa “planta verde” me decepcionó mucho la falta de imaginación de algunos botánicos, no exenta quizá de un cierto cinismo. Poco después de este desengaño descubrí que los helechos ni siquiera eran plantas auténticas, sino algo así como proto-plantas, y que el nombre de los potos se debía al del dios del deseo de lo que está ausente, al dios del deseo que no puede colmarse.
Todo esto me hizo pensar que debía existir alguna especie de maldición que impedía a la gente pobre como nosotros tener verdaderas plantas con nombres magníficos y generosos. Intenté convencer a mis padres de que debíamos dejar de llamar “pamplinas” a las pamplinas, y llamarlas en adelante tradescantias. Pero fue en vano. El nuevo nombre resultaba demasiado extraño y difícil.
Comprendí entonces, por analogía, que con mi nombre tan corriente era mejor que desistiese cuanto antes del deseo de convertirme algún día en un gran botánico, a la manera de Tradescant, Acharius, Aubert du Petit-Thouars, Ibn-Al-Baitar, Bilberg, Gunnerus, Linnaeus, Mendel o Celestino Mutis… Con mi nombre solo podía soñar ser jardinero, o acaso experto en algún saber secundario. Es curioso cómo los deseos y los sueños nos guían, aunque no nos conduzcan allí donde creíamos (o deberíamos) ir. Pues lo que importa es, creo yo, que los deseos y los sueños nos hagan actuar, nos hagan movernos.
Al terminar de plantar el (no-)senecio, el color blanco de las hojas me ha recordado el pelo del Sr. G. He cogido dos limones del limonero y he ido a su casa. He llamado al timbre y ha respondido su hermana, sin abrirme la puerta. El Sr. G estaba de viaje. Le he dicho que quería ofrecerle un par de limones. Después de darme las gracias, me ha dicho que a él le gustará que se los dé yo mismo este domingo, cuando venga a visitarme, como de costumbre. He vuelto al jardín, satisfecho.




el mismo plantón de falso senecio un año después (21/03/14)
flores del falso senecio (08/04/2014)


domingo, 10 de marzo de 2013

11. LA ESCALERA

He cogido la azada y he salido al jardín con la intención de preparar un pequeño parterre donde plantar pimientos. Como mi jardín es muy pequeño, para cambiar periódicamente su aspecto, reservo ciertos espacios donde poder alternar, según el momento, anuales o bianuales, incluido plantas comestibles. 
Así, he cultivado en otras ocasiones calabazas, espinacas, judías y patatas. Al examinar previamente el terreno, para decidir dónde comenzar a cavar, me he dado cuenta de que, junto a las freesias fugitivas de las que hablé el otro día, han empezado a crecer también unos vinagrillos (oxalis), como diciendo: “si ellas pueden, nosotras también”. 
Me ha sorprendido reconocer en ellas este comportamiento tan humano. Porque el placer (¿o la necesidad?) de la evasión está arraigado en los genes de la especie humana. Y allá donde vamos, otras especies aprovechan también para instalarse. Después de colonizar y recolonizar varias veces el planeta Tierra, ahora los humanos buscamos otros planetas adonde escaparnos. Y con nosotros viajarán otras especies: algunas las llevaremos con nosotros a propósito, pero otras no; otras dirán: “si ellos pueden, yo también puedo”. 
Mientras pensaba esto, el Sr. G ha llamado al timbre. Le he abierto, pero no ha querido entrar. Venía sólo para disculparse por no poder quedarse, iba a salir de viaje con su nieta. No me ha dicho ni adónde, ni cuándo, ni para qué, ni por cuánto tiempo. Cuando se ha ido, me he sentido decepcionado. Me he quedado un rato parado. Ya no tenía ganas de hacer hoy el parterre para los pimientos. Decidí posponerlo para otro día. 
En lugar de eso, me he dedicado a quitar las flores marchitas de las freesias. Como la jardinera de freesias está sobre el muro que da a la calle, me he subido a una escalera de mano. Desde lo alto, mi jardín tenía un aspecto totalmente distinto, como si ya no fuese el mío. Aprovechando la altura, he curioseado entonces el jardín de mi vecino. Y luego he mirado hacia la calle. De pronto, he visto al Sr. G saliendo de su casa con su nieta, al tiempo que llegaba un taxi para recogerlos. El Sr. G iba vestido con ropa negra, incluido la camisa. Su cara blanca me pareció lívida en contraste con la ropa y me dio un pequeño escalofrío. Me ha parecido un viejo lobo a punto de engañar a otra caperucita.

jueves, 7 de marzo de 2013

10. LA ELECCIÓN DE LAS PLANTAS. INTRUSAS Y ESCAPISTAS

INTRUSA
Una palmera canaria ha elegido
instalarse junto a su pariente
la chamaedorea (a la derecha de
la foto, ligeramente detrás),
intentando pasar desapercibida,
con la esperanza quizá
de hacerme creer que ella
es un vástago de la palmera
que yo mismo planté.
He aprovechado esta mañana una pausa entre dos chaparrones para salir a pasar revista a las plantas. Hago esto periódicamente, para ver cómo progresan, cuál florece, cuál enferma, cuál necesita alguna cosa. Las plantas agradecen que les quitemos de vez en cuando las flores marchitas y las hojas secas. Esto las aligera, evitándoles gastos energéticos superfluos, además de un peso innecesario. Por otro lado, al eliminarles las partes muertas, las plantas recuperan espacio para desarrollarse, estimuladas por una renovación en la circulación del aire y de la luz. 
Es una tarea rutinaria, no suelo tardar más de diez minutos cada vez, permitiéndome identificar y atajar cualquier problema a tiempo, y a la vez dejarme sorprender por alguna novedad. Esta vez, sin embargo, he tardado un poco más de lo acostumbrado, pues mientras lo hacía he descubierto un nuevo caso de “escapismo”: una mata de espárrago que ha brotado por su propia cuenta entre las salvias, burlando el límite de su arriate. Eso me ha hecho recapacitar un rato sobre cómo se constituye la población de plantas de un jardín.
Normalmente creemos que el conjunto de plantas que conforman un jardín se debe a las elecciones de su jardinero o de su propietario; sin embargo, la realidad es muy diferente en la mayoría de los casos, por suerte. 
Cuando una persona dice, por ejemplo, mostrando un objeto empaquetado: “este es el regalo de mi padre”, en principio no podemos saber, a falta de más información, quién ha hecho el regalo a quién, si es un regalo que el padre ha comprado para su hijo, o al revés. Esto es gracias a la ambigüedad de la preposición “de”. De este mismo modo podemos entender la expresión que sirve de título al presente párrafo: “la elección de las plantas”. En cualquier jardín, ¿quién elige a quién?
Cuando elegimos nuestras plantas, estamos condicionados en primer lugar por la oferta que hay en los viveros cercanos. Además, si no queremos gastar dinero y esfuerzo en balde, debemos considerar las características climáticas del lugar, el tipo de suelo y el pH del agua que usaremos para regar. 
Pero esta cuadratura, ya de por si complicada, entre nuestros gustos personales y nuestras posibilidades verdaderas de elección, se desarmará por muchos puntos si no tenemos en cuenta además (y yo diría, sobre todo) las elecciones de las propias plantas, quiero decir, los gustos de ellas, sus temperamentos.  Porque hay plantas arrogantes, que prefieren grandes espacios para lucirse, como las bignonias, y otras que, al contrario, prefieren rincones discretos y la protección del grupo, como las caléndulas. Algunas son feroces competidoras, como la madreselva, y a otras les gusta vivir tranquilas, en un lugar más o menos aislado, sin que nadie las moleste, ni siquiera el jardinero, como por ejemplo los agaves
Por otra parte, hay plantas que parecen experimentar una cierta simpatía hacia su jardinero, y crecen y se reproducen perfectamente por ello, a pesar de que las condiciones del jardín sean a priori desfavorables. Y así es como uno acaba eligiendo aquellas plantas que nos quieren, aquellas a las que les gusta nuestro jardín, sin que podamos saber a ciencia cierta quién ha elegido a quién.  
A todo lo anterior hay que añadir el hecho de que hay plantas que llegan a tu jardín como intrusas, utilizando el viento, o algún animal (incluido el jardinero mismo, sin saberlo) o movidas, acaso, por la providencia. 
Y luego están aquellas que te trae un vecino, con el pretexto de que ya no puede ocuparse de ellas, y también aquellas otras que te ha regalado alguien que te quiere. Así, cuando vienes a darte cuenta, un gran número de plantas de tu jardín no las has elegido tú y, lo peor, ni siquiera se encuentran en el lugar donde tú las pusiste inicialmente, porque se han escapado de su sitio quién sabe de qué manera, como buenas artistas del escapismo.
Personalmente, me gusta que esto sea así. Eso me descarga, como jardinero, de una gran parte de responsabilidad sobre las plantas, y me hace sentir más ligero, como esas aspidistras a las que acabo de quitar las hojas marchitas.










domingo, 3 de marzo de 2013

09. DE LIMONES Y NARCISOS



Ha llovido mucho toda la mañana. Cuando el Sr. G ha venido, nos hemos sentado a cubierto de la lluvia en la terraza, junto a la puerta de entrada. Como la terraza está un poco elevada respecto al suelo del jardín, desde nuestros asientos veíamos sobre todo las ramas del limonero. Le he dicho al Sr. G: “Acuérdate, al irte, de llevarte unos limones, ya quedan pocos; por suerte están empezando a brotar nuevas flores”. El Sr. G me lanzó una mirada de complicidad que no supe entender, y luego siguió callado. Estuvimos un buen rato en silencio, mirando, escuchando y oliendo cómo la lluvia mojaba el limonero.
Le hablé al Sr. G de mi blog de jardinería. Una amiga mía opinaba que los blogs eran algo muy narcisista. Este comentario me había preocupado un poco; pensando que la jardinería en sí misma también podría considerarse una forma de narcisismo,  ¿era yo entonces un narciso por partida doble?
El Sr. G respondió: “El ego y el placer no son conceptos negativos cuando están ligados al potencial del conocimiento de sí mismo. Conocerse es una aventura arriesgada, sea cual sea la forma que ésta adopte, un blog, la práctica de la jardinería o cualquier otra actividad. Al exponerse a los riesgos de tal aventura, el individuo gana independencia y confianza. Hablar de sí mismo no es algo reprochable si este acto se acompaña del deseo sincero de conocerse y de estimar su propio valor. La aventura de conocerse requiere mucho coraje, y también  requiere movimiento, acción, poniendo en funcionamiento todos los sentidos, no solo la vista y el oído, sino también el tacto y el gusto”. 
El Sr. G insistió en que un buen jardinero debe tener todos los sentidos siempre despiertos: “Hay que estar muy atentos para poder descifrar el mensaje que se esconde en las cosas visibles cotidianas, si se desea comprender aquel otro mensaje que revelan las cosas invisibles. Un jardín de una casa adosada no es solo una zona de paso, es un umbral: un principio, un comienzo, un pasaje a un estado diferente, un punto crítico  a partir del cual ciertas experiencias o acontecimientos pueden crear desequilibrios providenciales”.

Según el Sr. G, mi jardín es un lugar tranquilo donde puedo aprender a ex-peri-ment-ar el mundo, es decir, a percibirlo más allá de mi mente, ejercitando mis cinco sentidos.