domingo, 24 de febrero de 2013

07. NOLI ME TANGERE



Ahora es un buen momento para comenzar a plantar los bulbos y las semillas de las plantas que florecerán en verano. Le estaba comentando esto al Sr. G, que hoy ha llegado un poco más temprano que de costumbre, cuando yo aún estaba terminando de desayunar.
Le he mostrado un paquete de semillas de balsamina que compré hace unos días. El año pasado me dieron muy buen resultado, florecieron mucho y durante varias semanas. Al contrario que otras impatiens, la balsamina soporta muy bien el sol directo del verano en Andalucía, siempre que tengamos cuidado de mantener la tierra bien húmeda en las horas de más calor.
El Sr. G me ha dicho: “¡Ah, estas noli me tangere me parecen una elección muy oportuna, teniendo en cuenta nuestra conversación de la semana pasada!”. Y a continuación me explicó de qué manera, con las hojas y los frutos de las balsaminas, ricos en naftaquinonas y kaempferol, se hacían antiguamente unos ungüentos y emplastos que se usaban para curar, entre otras cosas, el prurito y las heridas ocasionados por el sol a las personas con problemas graves de fotosensibilidad.
El Sr. G dijo que, en los linajes de reyes y emperadores, la porfiria y otras formas de hipersensibilidad al sol eran rasgos muy frecuentes. “Estos rasgos son la marca heredada de Caín”, añadió, tocándose la cabeza con un gesto enigmático.
Luego, mientras yo me disponía a sembrar las semillas de la balsamina, el Sr. G siguió contando que en la época prehistórica, huyendo del sol, los humanos fotosensibles habitaron al principio en cuevas y en bosques umbríos, fundando poco a poco asentamientos estables preferentemente en los países y regiones de clima húmedo y nuboso.
El Sr. G estaba más locuaz que de costumbre. Parecía una enciclopedia viviente. Al parecer, diversos étimos que significan “blanco” en distintas lenguas, como *glact-, *albhos, *bha, *gwenn, *keuk o *leuk sirvieron para designar a esta gente extremadamente fotosensible: celtas, galos, gálatas, gallegos, lusitanos, fínicos, bálticos, eslavos, wendos, albaneses, libaneses, caucásicos, “y un larguísimo etcétera”. Según el Sr. G, todos ellos eran descendientes de los primeros hombres de las cavernas, la llamada estirpe Cromañón. Para los romanos esos pueblos eran considerados enemigos, y para distinguirlos no usaban la forma común inimicus sino el término hostis, procedente de la base *ghostis, con la que subrayaban su aspecto extraño casi fantasmal. La gente común dudaba de que estas personas hipersensibles al sol fuesen realmente humanos y sentían por ellos una mezcla de fascinación y temor. Su aspecto inspiró leyendas de muertos vivientes y también, tiempo después, la moda urbana llamada “gótica”. Muchos parecerían en efecto zombis. Sus rostros desfigurados por las quemaduras solares podían llegar a carecer de labios, de orejas e incluso de nariz.
Durante la Edad Media se les trató por ignorancia como leprosos. No podían casarse ni convivir con la gente común, debían usar una fuente de agua apartada, vestir de una determinada manera, caminar anunciándose con ruido de matracas y llevando al cuello una pata de oca. Se les prohibía cultivar la tierra. Podían construir, comprar y vender casas, pero no vivir en ellas. Se ganaban la vida ejerciendo oficios artesanales. Muchos vagaban por los caminos: debido a su piel escamosa se les llamaba pelle grini, o sea, peregrinos.
Otros se retiraban en monasterios. Los nombres de benedictinos, beguinos y clarisas hacían referencia al color albino de la piel y cabellos que caracterizaba a los fundadores de estas órdenes religiosas. El nombre de mendicantes, del latín menda “defecto, palidez” denotaba igualmente la singularidad física de sus primeros monjes.

Con estas explicaciones tan extrañas del Sr. G los vellos se me erizaron, quizá también porque hacía un poco de frío. Intenté cambiar un poco de tema, porque me resultaba demasiado inquietante. Le hice notar los resultados inesperados de una especie de sombrilla que había fabricado hacía varios años para proteger del sol a las fatsias, a partir de un viejo tendedero de ropa y de unos trozos de cañizo. Las fatsias habían ignorado mi sombrilla y buscaban el sol directo, a pesar del daño irreparable que éste les produce en las hojas cada verano. “Las fatsias son unas plantas testarudas e incorregibles”, recalqué, y después añadí: “La esparraguera en cambio es listísima como todas las criaturas oportunistas, pues ha lanzado sus tallos hacia la sombrilla para utilizarla como soporte”.  Entonces el Sr. G dijo, sonriendo, que yo era muy afortunado por tener esa sensibilidad que es el requisito indispensable de los verdaderos jardineros. Según él, yo era el más osado pionero del mundo íntimo de las plantas; yo era el Hernán Cortés del jardín urbano.




Las primeras flores de balsaminas, 16/06/2013





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