domingo, 17 de febrero de 2013

05. PLANTAS QUE TE IDENTIFICAN

Durante mucho tiempo oí decir a mis amigos y familiares, cuando venían a visitarme, que distinguían mi casa de las demás casas idénticas de mi calle por el banano que asomaba por encima de las vallas de mi jardín. Este banano me lo había regalado un amigo. El arbusto tenía entonces apenas tenía un metro de altura. Creció muy alto y dio bananas durante varios años. Mi casa era, entonces, la casa del banano. De manera que, en cierto modo, para los demás, esa planta me identificaba, pues al verla, pensaban: “Esa es la casa de J. Manuel”.

El banano no es realmente un árbol, sino una hierba gigante. Sus gruesos tallos son tiernos y jugosos. Al cabo de varios años lo arranqué porque los vientos huracanados lo tumbaban frecuentemente sobre el camino de entrada. Y también porque, a la chita callando, se estaba apoderando de todo el jardín.

A mi mujer, yo la identifico con los alhelíes. En cuanto veo un alhelí en flor pienso automáticamente en ella, porque sé que le encantan. Por eso, el jueves pasado, por el día de San Valentín, le he comprado cuatro matas de alhelíes en un vivero, de unos doce centímetros de altura cada una.

Me disponía a plantarlos esta mañana, en un rincón soleado junto al muro sur, cuando de pronto me ha sobresaltado el timbre de la puerta. Era el Sr. G, en su visita rutinaria de los domingos. Después de los protocolarios saludos, se ha sentado en su silla de mimbre, que yo coloqué hace tiempo precisamente en el lugar que dejó vacío el banano. Luego he seguido con mi trabajo de plantación, mientras hablábamos de cosas triviales.

Primero he cavado una pequeña zanja de aproximadamente 60 cm de largo por 15 cm de ancho y con una profundidad de unos 15 o 20 cm. A continuación he añadido un poco de tierra de macetas en el fondo, y he mezclado otra parte del mismo compost con la tierra arcillosa que había retirado de la zanja. Después de hacer esto me he detenido a descansar un poco y, mostrándole al Sr. G una pequeña ortiga que viajaba de incognito junto con uno de los alhelíes, le he dicho, con la intención de provocarlo: “Esta semana he leído en El País una noticia muy curiosa sobre una ortiga que ha permitido a los restauradores de un cuadro medieval identificar a un personaje misterioso. Al parecer, este personaje había estado durante muchos siglos oculto bajo una gruesa capa de pintura. Al limpiarlo, los restauradores han podido averiguar que se trata de Luis I de Orleáns, gracias al estampado de su capa con motivos de ortigas doradas”.

Al ver que el Sr. G no reaccionaba a mi comentario, insistí: “Es asombroso cómo, gracias a una planta, una persona puede pasar de ser un total desconocido a tener una identidad reconocible”.

Entonces el Sr. G me dijo: “Hoy entendemos la figuración de plantas y de animales en la Antigüedad como la manifestación de creencias paganas, pero en realidad se trata de un simple recurso para identificar simbólicamente a las personas por alguna anomalía congénita. En los escudos y blasones medievales también abundan plantas y animales, con el mismo objetivo de indicar la marca congénita hereditaria de la familia. Así, por ejemplo, el pelícano representa el bocio; el pez, la psoriasis; el león, la hipertricosis; la liebre, el labio leporino y el pavo real, el coloboma”. ¿Y entonces la ortiga, qué indica?, le pregunté. “El nombre de esta planta deriva de la palabra latina urere que significa “quemar”, “quemarse”. En el caso de Luis I de Orleáns, la ortiga simbolizaba la porfiria, que padecían tanto él como su hermano Carlos el Loco, heredada de sus antepasados a través del matrimonio consanguíneo de sus padres. Las personas afectadas por esta enfermedad congénita deben evitar exponerse a la luz del sol, ya que ésta puede causarles quemaduras, ampollas y necrosis.

Con todo, había una razón más importante, según el Sr. G, por la que a Luis I de Orléans le convenía perfectamente el calificativo de Quemado, al que aludía el símbolo de la ortiga. El Sr. G me explicó que Luis I de Orléans se quemó además, pero esta vez figuradamente, al ser expuesto por su padre a la luz de una sabiduría secreta a la que muy pocas personas en el mundo pueden tener acceso. Estas explicaciones del Sr. G me dejaron boquiabierto, sin saber qué decir. Terminé de plantar los alhelíes en silencio, mientras él me observaba como de costumbre. Apisoné muy bien la tierra alrededor y por último regué abundantemente. No quise mencionar al Sr. G la historia de mi banano.




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