jueves, 28 de febrero de 2013

08. YO ANTES SOLO VEÍA GORRIONES EN MI JARDÍN



Mosquitero
en el Hibisco Rosa de Siria
Esta mañana, cuando salía para trabajar, he visto un mosquitero posado en las ramas todavía desnudas del hibisco Rosa de Siria. Los dos nos hemos quedado paralizados unos segundos, mirándonos el uno al otro fijamente con curiosidad, y luego cada uno ha seguido su camino, él más precipitadamente que yo. 
Hace varios años, yo era de los que sólo ven gorriones en su jardín. Como mucho me cruzaba de vez en cuando con algún mirlo escandaloso. Fue mi hijo mayor quien me hizo notar, y distinguir, la cantidad de especies diferentes de aves que nos visitan. 
Algunas son pasajeras, llegan en ciertos periodos del año, y luego se marchan tan discretamente como han venido. Otras residen en el barrio, y ocasionalmente anidan en mis plantas. 
Por supuesto los visitantes más numerosos y permanentes son los gorriones. Al atardecer se resguardan entre las ramas del naranjo y del chirimoyo, o entre la maraña de hojas del ficus trepador. Me resultan molestos porque se pelean constantemente entre sí, con mucho ruido, para buscar el sitio más seguro, ya que cada tarde, entre octubre y febrero, siempre un poco antes de caer el sol, pasa un gavilán por el barrio buscando presas. Y más tarde, por la noche, sufren los ataques de lechuzas y de un enorme cárabo. 
Los mosquiteros y las currucas capirotadas abundan en otoño y en invierno, algunas se quedan todo el año. Visitan mi jardín de forma intermitente, pero todos los días; parece que, por alguna razón que desconozco, les gusta particularmente buscar insectos entre las ramas del hibisco Rosa de Siria. 
A finales de agosto llegan los petirrojos, la mayoría se va antes del verano; los colirrojos llegan a finales de octubre y me visitan esporádicamente hasta marzo o abril. Los petirrojos son bastante más confiados que las otras especies de insectívoros. Si te ven removiendo la tierra con la azada o con el rastrillo, se esperan cerca de ti decididos a capturar las lombrices y larvas apenas quedan al descubierto. 
A veces vienen tórtolas turcas, que son aves invasoras en esta región, y también vienen al jardín, desde hace pocos años, palomas torcaces. Estas enormes palomas antes no solían verse por la ciudad, pero a medida que ésta se ha extendido y que las zonas ajardinadas han proliferado, se han vuelto relativamente comunes en mi barrio.
Mi hijo, que tiene una vista muy aguda para distinguir especies de aves, ha observado además jilgueros, verderones, verdecillos, pardillos y, más raramente, ruiseñores.


Este zarcero común (Hippolais polyglotta) cayó un día de agosto en mi jardín (07/08/13) agotado
por el calor y por la sed. Lo cogí sin que el pajarillo opusiera resistencia, le di de beber en
el grifo del lavabo, y al soltarlo de nuevo en el jardín escapó volando a toda velocidad.


domingo, 24 de febrero de 2013

07. NOLI ME TANGERE



Ahora es un buen momento para comenzar a plantar los bulbos y las semillas de las plantas que florecerán en verano. Le estaba comentando esto al Sr. G, que hoy ha llegado un poco más temprano que de costumbre, cuando yo aún estaba terminando de desayunar.
Le he mostrado un paquete de semillas de balsamina que compré hace unos días. El año pasado me dieron muy buen resultado, florecieron mucho y durante varias semanas. Al contrario que otras impatiens, la balsamina soporta muy bien el sol directo del verano en Andalucía, siempre que tengamos cuidado de mantener la tierra bien húmeda en las horas de más calor.
El Sr. G me ha dicho: “¡Ah, estas noli me tangere me parecen una elección muy oportuna, teniendo en cuenta nuestra conversación de la semana pasada!”. Y a continuación me explicó de qué manera, con las hojas y los frutos de las balsaminas, ricos en naftaquinonas y kaempferol, se hacían antiguamente unos ungüentos y emplastos que se usaban para curar, entre otras cosas, el prurito y las heridas ocasionados por el sol a las personas con problemas graves de fotosensibilidad.
El Sr. G dijo que, en los linajes de reyes y emperadores, la porfiria y otras formas de hipersensibilidad al sol eran rasgos muy frecuentes. “Estos rasgos son la marca heredada de Caín”, añadió, tocándose la cabeza con un gesto enigmático.
Luego, mientras yo me disponía a sembrar las semillas de la balsamina, el Sr. G siguió contando que en la época prehistórica, huyendo del sol, los humanos fotosensibles habitaron al principio en cuevas y en bosques umbríos, fundando poco a poco asentamientos estables preferentemente en los países y regiones de clima húmedo y nuboso.
El Sr. G estaba más locuaz que de costumbre. Parecía una enciclopedia viviente. Al parecer, diversos étimos que significan “blanco” en distintas lenguas, como *glact-, *albhos, *bha, *gwenn, *keuk o *leuk sirvieron para designar a esta gente extremadamente fotosensible: celtas, galos, gálatas, gallegos, lusitanos, fínicos, bálticos, eslavos, wendos, albaneses, libaneses, caucásicos, “y un larguísimo etcétera”. Según el Sr. G, todos ellos eran descendientes de los primeros hombres de las cavernas, la llamada estirpe Cromañón. Para los romanos esos pueblos eran considerados enemigos, y para distinguirlos no usaban la forma común inimicus sino el término hostis, procedente de la base *ghostis, con la que subrayaban su aspecto extraño casi fantasmal. La gente común dudaba de que estas personas hipersensibles al sol fuesen realmente humanos y sentían por ellos una mezcla de fascinación y temor. Su aspecto inspiró leyendas de muertos vivientes y también, tiempo después, la moda urbana llamada “gótica”. Muchos parecerían en efecto zombis. Sus rostros desfigurados por las quemaduras solares podían llegar a carecer de labios, de orejas e incluso de nariz.
Durante la Edad Media se les trató por ignorancia como leprosos. No podían casarse ni convivir con la gente común, debían usar una fuente de agua apartada, vestir de una determinada manera, caminar anunciándose con ruido de matracas y llevando al cuello una pata de oca. Se les prohibía cultivar la tierra. Podían construir, comprar y vender casas, pero no vivir en ellas. Se ganaban la vida ejerciendo oficios artesanales. Muchos vagaban por los caminos: debido a su piel escamosa se les llamaba pelle grini, o sea, peregrinos.
Otros se retiraban en monasterios. Los nombres de benedictinos, beguinos y clarisas hacían referencia al color albino de la piel y cabellos que caracterizaba a los fundadores de estas órdenes religiosas. El nombre de mendicantes, del latín menda “defecto, palidez” denotaba igualmente la singularidad física de sus primeros monjes.

Con estas explicaciones tan extrañas del Sr. G los vellos se me erizaron, quizá también porque hacía un poco de frío. Intenté cambiar un poco de tema, porque me resultaba demasiado inquietante. Le hice notar los resultados inesperados de una especie de sombrilla que había fabricado hacía varios años para proteger del sol a las fatsias, a partir de un viejo tendedero de ropa y de unos trozos de cañizo. Las fatsias habían ignorado mi sombrilla y buscaban el sol directo, a pesar del daño irreparable que éste les produce en las hojas cada verano. “Las fatsias son unas plantas testarudas e incorregibles”, recalqué, y después añadí: “La esparraguera en cambio es listísima como todas las criaturas oportunistas, pues ha lanzado sus tallos hacia la sombrilla para utilizarla como soporte”.  Entonces el Sr. G dijo, sonriendo, que yo era muy afortunado por tener esa sensibilidad que es el requisito indispensable de los verdaderos jardineros. Según él, yo era el más osado pionero del mundo íntimo de las plantas; yo era el Hernán Cortés del jardín urbano.




Las primeras flores de balsaminas, 16/06/2013





jueves, 21 de febrero de 2013

06. EL LENGUAJE DE LAS PLANTAS (LAS HOJAS)


Alstroemerias bajo la lluvia
Lo que me parece particularmente fascinante de las plantas es cómo han sido capaces no sólo de averiguar que nosotros, los No-Plantas, somos seres sensoriales, sino además de sacar provecho de ello, creando un lenguaje multisemiótico destinado sólo para comunicarse con nosotros. 
Las plantas, que carecen del sentido de la vista, explotan para su propio beneficio una gama muy matizada de colores. 
Ellas, que carecen de olfato, son sin embargo capaces de crear perfumes exquisitos. 
Ellas, que no tienen sentido del tacto, no dudan en transformar sus cuerpos para animarnos a tocarlas o, al contrario, para disuadirnos de hacerlo. 
Ellas, que no tienen orejas, saben aprovechar los soplos de viento para producir sonidos identificadores (estoy pensando ahora, por ejemplo, en los álamos temblones). 
A priori, parecería que su lenguaje sólo puede ser un lenguaje sencillo, dado que carecen también de cerebro, pero cuanto más conocemos a las plantas, más nos damos cuenta de que ellas lo han diseñado deliberadamente sencillo para asegurarse que nosotros, los No-Plantas, podemos comprenderlo fácilmente. 
Porque nos hablan como hablamos a los niños o a los extranjeros que no conocen nuestro idioma: con frases sencillas y bien articuladas, construidas con un vocabulario esencial, repitiendo la misma idea de diferentes formas y con la ayuda de varios códigos semióticos. Así, las plantas, despliegan un arsenal de estrategias para captar nuestra atención con el fin de que podamos entender lo que quieren de nosotros, es decir, lo que ellas quieren que hagamos y cómo debemos hacerlo.

El lenguaje de las hojas se basa en cuatro categorías de rasgos semánticos: forma, textura, color y olor. 
En términos generales, este lenguaje se podría traducir al lenguaje humano de la siguiente manera :

FORMA: cuanto más grandes y anchas son las hojas, más detestan el sol; al contrario, las hojas pequeñas, las que tienen forma de aguja o están muy divididas parecen decir: "Ponme en un lugar soleado"

TEXTURA: La hoja lisa, suave y flexible, dice: "Me gustan la humedad y la sombra." Las plantas de hojas ásperas, rígidas, peludas, cerúleas y / o crasas prefieren al contrario la luz solar directa y resisten bien la sed.

OLOR: cuanto más fragante es la hoja, más le gusta a la planta el sol y mejor tolera la sequía.

COLOR: Las hojas muestran un color gris, marrón o rojizo para significar que quieren luz solar directa;  el color verde amarillento o una combinación de verde y de colores claros (amarillo, glauco, gris) se pueden traducir por: "Prefiero la semi-sombra o la luz no muy intensa"; el color verde oscuro normalmente caracteriza a las hojas de las plantas que aman la sombra, sobre todo si tal signo se combina con texturas delicadas (ver "texturas").

Al igual que en cualquier otra forma de comunicación, en la comunicación entre Plantas y No-plantas hay fracasos, malentendidos y engaños. Sin embargo, en la gran mayoría de los casos, ésta funciona como un reloj suizo. Aquí expongo algunos ejemplos (la distancia entre las líneas del papel es de 0,8 cm):





domingo, 17 de febrero de 2013

05. PLANTAS QUE TE IDENTIFICAN

Durante mucho tiempo oí decir a mis amigos y familiares, cuando venían a visitarme, que distinguían mi casa de las demás casas idénticas de mi calle por el banano que asomaba por encima de las vallas de mi jardín. Este banano me lo había regalado un amigo. El arbusto tenía entonces apenas tenía un metro de altura. Creció muy alto y dio bananas durante varios años. Mi casa era, entonces, la casa del banano. De manera que, en cierto modo, para los demás, esa planta me identificaba, pues al verla, pensaban: “Esa es la casa de J. Manuel”.

El banano no es realmente un árbol, sino una hierba gigante. Sus gruesos tallos son tiernos y jugosos. Al cabo de varios años lo arranqué porque los vientos huracanados lo tumbaban frecuentemente sobre el camino de entrada. Y también porque, a la chita callando, se estaba apoderando de todo el jardín.

A mi mujer, yo la identifico con los alhelíes. En cuanto veo un alhelí en flor pienso automáticamente en ella, porque sé que le encantan. Por eso, el jueves pasado, por el día de San Valentín, le he comprado cuatro matas de alhelíes en un vivero, de unos doce centímetros de altura cada una.

Me disponía a plantarlos esta mañana, en un rincón soleado junto al muro sur, cuando de pronto me ha sobresaltado el timbre de la puerta. Era el Sr. G, en su visita rutinaria de los domingos. Después de los protocolarios saludos, se ha sentado en su silla de mimbre, que yo coloqué hace tiempo precisamente en el lugar que dejó vacío el banano. Luego he seguido con mi trabajo de plantación, mientras hablábamos de cosas triviales.

Primero he cavado una pequeña zanja de aproximadamente 60 cm de largo por 15 cm de ancho y con una profundidad de unos 15 o 20 cm. A continuación he añadido un poco de tierra de macetas en el fondo, y he mezclado otra parte del mismo compost con la tierra arcillosa que había retirado de la zanja. Después de hacer esto me he detenido a descansar un poco y, mostrándole al Sr. G una pequeña ortiga que viajaba de incognito junto con uno de los alhelíes, le he dicho, con la intención de provocarlo: “Esta semana he leído en El País una noticia muy curiosa sobre una ortiga que ha permitido a los restauradores de un cuadro medieval identificar a un personaje misterioso. Al parecer, este personaje había estado durante muchos siglos oculto bajo una gruesa capa de pintura. Al limpiarlo, los restauradores han podido averiguar que se trata de Luis I de Orleáns, gracias al estampado de su capa con motivos de ortigas doradas”.

Al ver que el Sr. G no reaccionaba a mi comentario, insistí: “Es asombroso cómo, gracias a una planta, una persona puede pasar de ser un total desconocido a tener una identidad reconocible”.

Entonces el Sr. G me dijo: “Hoy entendemos la figuración de plantas y de animales en la Antigüedad como la manifestación de creencias paganas, pero en realidad se trata de un simple recurso para identificar simbólicamente a las personas por alguna anomalía congénita. En los escudos y blasones medievales también abundan plantas y animales, con el mismo objetivo de indicar la marca congénita hereditaria de la familia. Así, por ejemplo, el pelícano representa el bocio; el pez, la psoriasis; el león, la hipertricosis; la liebre, el labio leporino y el pavo real, el coloboma”. ¿Y entonces la ortiga, qué indica?, le pregunté. “El nombre de esta planta deriva de la palabra latina urere que significa “quemar”, “quemarse”. En el caso de Luis I de Orleáns, la ortiga simbolizaba la porfiria, que padecían tanto él como su hermano Carlos el Loco, heredada de sus antepasados a través del matrimonio consanguíneo de sus padres. Las personas afectadas por esta enfermedad congénita deben evitar exponerse a la luz del sol, ya que ésta puede causarles quemaduras, ampollas y necrosis.

Con todo, había una razón más importante, según el Sr. G, por la que a Luis I de Orléans le convenía perfectamente el calificativo de Quemado, al que aludía el símbolo de la ortiga. El Sr. G me explicó que Luis I de Orléans se quemó además, pero esta vez figuradamente, al ser expuesto por su padre a la luz de una sabiduría secreta a la que muy pocas personas en el mundo pueden tener acceso. Estas explicaciones del Sr. G me dejaron boquiabierto, sin saber qué decir. Terminé de plantar los alhelíes en silencio, mientras él me observaba como de costumbre. Apisoné muy bien la tierra alrededor y por último regué abundantemente. No quise mencionar al Sr. G la historia de mi banano.




miércoles, 13 de febrero de 2013

04. PENSANDO EN LAS RAÍCES DE LAS PLANTAS

Esta tarde he trasplantado un esqueje de begonia, ya enraizado, a su tiesto definitivo. Después de aplastar muy bien la tierra alrededor de la base del tallo, la he regado abundantemente. Mientras hacía esto he pensado en lo importante que es elegir el tiesto adecuado en función del tipo de planta, del riego que le daremos y del grado de exposición al sol.
Cuando algunos amigos me preguntan si una determinada planta necesita sol o sombra, y cuánto deben regarla, yo respondo preguntándoles a mi vez en qué tiesto piensan ponerla y con qué tipo de tierra. Parece un enigma pero no lo es. Pues una planta que ama el sol, como por ejemplo una petunia, se calcinará en pocos días si la exponemos al sol manteniéndolas en el pequeño tiesto de plástico típico de los viveros.
Cuando admiramos una planta, pensamos pocas veces en sus raíces. Hay tierras que filtran el agua casi sin mojarse, otras que al empaparse se quedan cenagosas, otras que impiden al agua colarse, dejando charcos en la superficie. Debemos primero observar cómo se comporta la tierra de nuestra maceta o de nuestro jardín antes de decidir cuánto regar. En cualquier caso, en lo que respecta al menos a la jardinería en macetas, siempre es mejor regar poco, pero a menudo, que regar mucho pero pocas veces.
Las plantas se acostumbran a tu ritmo de regado, y adaptan su crecimiento a ese ritmo. Lo que es frustrante para ellas es que no exista ningún ritmo, es decir, que no puedan calcular cuándo van a recibir agua ni qué cantidad cada vez.  Eso las pone muy nerviosas. Y el estrés hídrico las vuelve vulnerables a las plagas y enfermedades.
Por otra parte, como decía, está la elección del tiesto. Las raíces de una planta expuesta al sol y a los vientos en una maceta se secan más rápidamente que si están en tierra. Por eso conviene, en las terrazas, en las azoteas o en los balcones, usar tiestos preferentemente de barro, lo más anchos y profundos que se pueda (en función del tamaño final de planta) y con un buen drenaje mediante a un depósito de grava en el fondo. Conviene elevar los tiestos sobre el suelo, para permitir la aireación en verano e impedir el estancamiento de agua en invierno, utilizando soportes de metal o tacos de barro cocido, por ejemplo. Para asegurarnos una mayor protección a sus raíces, podemos además cubrir la superficie con cortezas o guijarros.

Y por último está el lenguaje de las hojas, que nos habla de sus niveles de tolerancia a la luz y a la humedad. En este lenguaje intervienen cuatro categorías de signos: la forma, la textura, el grosor y el color. Otro día lo veremos con detalle.


A la izquierda, el esqueje recién trasplantado, el 13/02/2013.
A la derecha, el mismo esqueje 8 meses después, el 11/10/2013

domingo, 10 de febrero de 2013

03. UNA CLIVIA FANTASMAGÓRICA

Es el momento de podar los rosales, antes de que empiecen a rebrotar. Estaba dedicándome precisamente esta mañana a podar el rosal rojo que trepa por la valla junto a la puerta de entrada al jardín, y también por el arco encima de ésta,  cuando he visto asomar el inconfundible pelo blanquísimo del señor G. por encima del borde de la puerta. Le he abierto antes de que llamara. “Vengo a por naranjas” me dijo, mientras entraba.
El señor G. es uno de los visitantes asiduos de mi jardín, un vecino extravagante que vive varias casas más abajo. Es clavado a Max von Sydow, pero con un pie equinovaro que le hace cojear un poco. Unas semanas atrás le dije que cuando necesitara naranjas viniera a cogerlas él mismo del árbol de mi jardín. Desde entonces ha venido en varias ocasiones. Coge cada vez solo tres, una para él y las otras dos para su hermana y su nieta, con las que vive. Ya quedan pocas naranjas. Esta vez ha hecho lo mismo, pero ha pelado inmediatamente la suya y se ha sentado a comérsela en la silla de mimbre en la que suele sentarse a observarme mientras trabajo en el jardín.
Como la silla se encuentra precisamente junto al rosal trepador que estaba podando, he tenido que interrumpir esta tarea y me he dedicado entonces a renovar un poco las clivias. Les he quitado las hojas más viejas y estropeadas y he recubierto con tierra nueva las raíces que estaban al descubierto. Me he dado cuenta que ya han empezado a brotar hojas nuevas y a preparar los tallos florales.
Estas clivias, tengo varias, cada una en un tiesto de barro grande, proceden todas de esquejes de una misma y sola planta, a la que quiero mucho. Lleva viviendo conmigo unos veinte años. He repartido muchos esquejes suyos por distintas macetas y también los he regalado a familiares y amigos. Cuando los visito, reconozco a mi planta rápidamente, aunque sus tamaños y emplazamientos sean distintos. Me gusta pensar que todas son genéticamente idénticas a la mía, copias de la mía, siendo, no obstante, otras.
Le he comentado esto al Sr. G, que seguía comiendo parsimoniosamente su naranja, y él me ha dicho: “Tu clivia no está viva ni muerta, es un fantasma de sí misma, una aparición, la copia que vuelve para suplantarla cada vez. De un modo parecido a tu clivia,  todos tenemos nuestra copia en alguna parte o, mejor dicho, en algún momento. Tú y yo somos copias de nosotros mismos. Pero no debemos intentar ver a nuestras copias, porque enloqueceríamos, como Narciso, al tomar consciencia de que formamos parte de una ciclo de repeticiones”.


jueves, 7 de febrero de 2013

02. EL TEMPERAMENTO DE LAS PLANTAS BULBOSAS

Hoy he salido a abonar las freesias con un fertilizante líquido (uno corriente) mezclado en el agua de regadera. Espero para hacer esto cuando ya están listas para florecer. De esta manera me aseguro que no emplean este aporte extra de nutrientes para desarrollar nuevas hojas sino para fortalecer sus bulbos y sus flores. Los bulbos de las freesias los planto muy temprano en otoño, porque son de las primeras en brotar y en florecer, incluso más rápidas que los narcisos y los jacintos (me refiero a cuando están naturalizados en un jardín; en los viveros las plantas suelen presentar unos comportamientos alienados).
Las freesias que van a florecerme ahora no son bulbos nuevos de este otoño, sino de varios otoños atrás. En algunos manuales de jardinería aconsejan retirar cada año los bulbos de la tierra y guardarlos en un lugar oscuro y seco. Yo he comprobado que esta práctica –tan poco natural- no da buenos resultados. En mi opinión, lo mejor es dejarlos donde están. Las que están en macetas, cuando las matas comienzan a marchitarse, las llevo dentro de sus tiestos a un lugar tranquilo expuesto a la intemperie. Concretamente, subo las macetas a la azotea, y dejo que el viento de levante las termine de secar, que el sol ardiente del verano las tueste  y que las primeras lluvias del otoño las moje.
Parece que este sufrimiento, lejos de acabar con ellas, las estimula para florecer más vigorosamente a la primavera siguiente. Para ellas se trata de un estrés saludable.  
Cuando veo que empiezan a brotar, les añado por encima un poco de tierra nueva, ya que mucha se ha perdido por culpa del viento. Sólo las bajo al jardín cuando ya están a punto de florecer.
 Las freesias tienen un temperamento dócil y generoso, al contrario que los narcisos, que pueden llegar a ser muy impertinentes. Estos florecen solamente si les viene en gana, los cambie de sitio o no los cambie, los suba a la azotea o no los suba, los tenga en tierra o en maceta. Este año, por lo visto, sí quieren florecer.
Es cierto que las freesias tienen una belleza más modesta que los narcisos, pero yo les tengo mucho afecto porque siempre están contentas y todo lo que haga les parece bien. Te levantan mucho la autoestima.
Respecto a la cantidad de sol que necesitan, las bulbosas te lo dicen ellas mismas con su lenguaje sencillo. Las freesias y los narcisos pueden servirnos muy bien como ejemplo para iniciarnos en este lenguaje: las hojas secas, nervudas y aplastadas como las de las freesias te dicen que les gusta el pleno sol, mientras que las hojas tiernas y llenas de jugo como las de los narcisos te dicen que prefieren estar entre sol y sombra, por ejemplo al pie de un árbol, o expuestas a un sol poco radiante.



vs





lunes, 4 de febrero de 2013

01. PRESENTACIÓN

Este blog pretende ser un cuaderno de viaje por el espacio reducido de un jardín de casa adosada. Estamos a principios de febrero de 2013. El jardín está situado en una ciudad al sur de Andalucía, a pocos kilómetros del océano atlántico. Los veranos son muy calurosos, con fuertes vientos secos del Sur y sobre todo del Este. Los inviernos son templados, normalmente muy húmedos.  A veces hay pequeños ciclones que lo destrozan todo en un momento: chafan los tallos tiernos y tronchan de cuajo los frutos, tiran de los alféizares los tiestos y despegan de los muros a las trepadoras. El terreno mide apenas unos 20 metros cuadrados, como una terraza de tamaño mediano o un gran balcón. La tierra es difícil de trabajar, arcillosa y calcárea, con muchos restos de obra. Digo todo esto porque, como las palabras, un jardín no puede entenderse sin contexto. El contexto de un jardín es su espacio geográfico (con su clima específico), pero además es el tiempo (y no me refiero ahora a las estaciones). Los objetos que hay en el jardín también son parte del contexto, al igual que las personas: el jardinero que lo crea y lo mantiene, aquellos que lo curiosean desde fuera, los que lo visitan, y los que lo habitan -aunque éstos muchas veces lo atraviesen casi sin mirar.


Ce blog se veut un récit de voyage dans l'espace confiné d'un jardin de maison mitoyenne. On est début février 2013. Le jardin est situé dans une ville au sud de l'Andalousie, à quelques kilomètres de l'océan Atlantique. Les étés sont très chauds, avec des vents forts et secs du Sud et surtout de l’Est. Les hivers sont doux, le plus souvent très humides. Parfois, de petits cyclones détruisent tout en quelques secondes : ils écrasent les tiges tendres, arrachent les fruits, bousculent les pots de fleurs et décollent des murs les plantes grimpantes. L’aire du jardin mesure à peine quelques 20 mètres carrés, comme une terrasse de taille moyenne ou un grand balcon. La terre est difficile à travailler, argileuse et calcaire, avec de nombreux déchets de construction. Je donne toutes ces précisions parce que, comme les mots, un jardin ne peut pas être compris sans contexte. Le contexte d'un jardin, c’est son espace géographique (avec son climat spécifique), mais c'est aussi le temps (je ne parle plus des saisons). Les objets dans le jardin font aussi partie du contexte, autant que les personnes : le jardinier qui crée et entretient le jardin, les voisins curieux qui y jettent des coups d’œil furtifs, les amis qui le visitent et enfin ceux qui l’habitent (bien qu'ils le traversent souvent sans presque le regarder).


This blog is a travel journal across the confined space of a terraced house front garden. It’s early February 2013. The garden is located in a town in the south of Andalusia, a few miles from the Atlantic Ocean. Summers are very hot, with strong and dry winds blowing mainly from South and East. Winters are mild, often too wet. Sometimes, small cyclones destroy everything in a few seconds: they crush the tender stems, tear fruits, knock pots over and pull my climbing plants off the walls. The area of the garden measures only about 20 square meters, as a medium-sized terrace or a large balcony. The soil is hard to work, clayey and calcareous, with remainders of construction waste. I give all these details because, like words, a garden can not be understood without context. The context of a garden is its geographical area (in its specific climate zone), but it is also its time (and I don't mean seasons now). The objects in the garden are also part of its context, as well as people: the gardener who creates and maintains the garden, the curious neighbours who throw furtive glances in it, friends who visit it and finally those who live in it (although they often go through almost without noticing).