sábado, 21 de diciembre de 2013

61. TIESTOS ROTOS




¿Cuándo fue, ayer o anteayer? Hubo un fuerte golpe de viento, un pequeño ciclón que duró apenas varios segundos. Al salir poco tiempo después al jardín, encontré rotas en el suelo dos de las macetas que había pintado de rojo inglés este verano (→ 47). ¡Qué desastre! pensé, mientras recogía los pedazos de arcilla cocida y la tierra esparcida. Puse cuidado en rescatar algunos esquejes y entonces me dije "Ahora tendré que comprar nuevos tiestos, que repintarlos y que volver a plantar estos esquejes".  Y a medida que apuntaba en mi mente estas próximas tareas, la rotura de las macetas dejó de parecerme un accidente funesto para convertirse en la razón misma de la práctica de la jardinería. ¿Es el desastre el que hace surgir la jardinería o la jardinería la que conlleva el desastre? Quizá  "jardinería" y "desastre" sean, después de todo, una misma cosa. Porque el desastre no marca un final, sino un eterno principio. El desastre es repetir sucesivamente lo que ya hicimos una primera vez.

sábado, 7 de diciembre de 2013

60. MINADORES DE CÍTRICOS

Esta mañana temprano he vuelto por fin a mi jardín, después de un mes intenso de trabajo fuera. Inspirado por el comentario de una lectora, he estado observando con detenimiento las hojas de mi limonero (→ 09) y de mi naranjo, en busca de las huellas de los minadores de hojas de los cítricos (Phyllocnistis citrella Stainton). 
Se trata de un tipo de mariposas que suelen pasar desapercibidas a nuestros ojos, debido a su tamaño diminuto y a sus hábitos crepusculares y matutinos. 
Los expertos dicen que estos insectos proceden del sureste de Asia y que penetraron en España hace unos veinte años desde las costas andaluzas, después de haberse extendido por el continente africano. Hoy en día son una plaga mundial.
El proceso de puesta de huevos, eclosión y desarrollo de larvas hasta el estado de mariposa se sucede ininterrumpidamente en primavera y en verano. En invierno, el desarrollo de las larvas se hace mucho más lento,  hasta el punto de que la mayoría muere en los días más fríos. Esto no impide, no obstante, que la población de minadores pueda volver a regenerarse a la primavera siguiente.
Aunque no solemos ver a estas mariposas, sus huellas están inscritas en las hojas de los árboles donde se reproducen. Se trata de dibujos que avanzan al principio rectilíneos a lo largo del nervio de las hojas, y que continúan después con trazos sinuosos en dirección hacia la periferia.  
Tales dibujos no los hacen en realidad las mariposas, sino las larvas de éstas. Tras la eclosión, se refugian bajo la epidermis de la hoja, donde excavan galerías (razón por la cual se les llama minadores), alimentándose de savia y de materia vegetal a medida que avanzan lentamente hacia el borde de la hoja, adonde llegan en la fase final del desarrollo. Una vez en el borde, y siempre bajo la epidermis de la hoja, las larvas construyen la crisálida, provocando visibles deformaciones y repliegues en las hojas. 
Al vivir refugiados bajo la epidermis de las hojas, es muy difícil combatir a los minadores sin dañar al árbol. Por suerte, estos insectos no suponen en general un grave riesgo para el árbol. Normalmente sólo afectan a la estética de las hojas, pero conviene evitar que la plaga se haga demasiado grande, pues en tal caso el árbol puede llegar a perder mucha vitalidad, volverse susceptible a diversas enfermedades y producir en consecuencia menos brotes y menos frutos.
Así, más que combatir a  los minadores, lo mejor es vigilar que el árbol afectado tenga los nutrientes, la luz, el aire y el espacio que necesita para crecer con vigor, confiando en que los enemigos naturales (depredadores y parásitos), además del frío del invierno, hagan su trabajo de control de la plaga. También podemos reducir la población de minadores eliminando parte del follaje afectado.
Estaba dedicándome precisamente a recortar un poco el limonero y el naranjo, seleccionando cuidadosamente las ramas más afectadas, cuando el Sr. G llamó a la puerta del jardín. Tras los saludos, he seguido con mi tarea. El Sr. G se puso a recoger los restos a medida que éstos iban cayendo al suelo. Le he mostrado algunas hojas arrugadas por causa de los minadores, explicándole cómo las marcas impresas en ellas permitían distinguir las distintas fases del desarrollo larvario de estos insectos.
El Sr. G me ha escuchado con atención, mientras arrancaba una naranja del árbol y empezaba a pelarla para comérsela. He seguido contándole que los minadores no suelen afectar a los frutos, pero que afeaban mucho las hojas. 
El Sr. G me ha mirado muy extrañado, y ha dicho que no entendía cómo podía juzgarse fea una cosa que había sido hecha sin intención de afear.



viernes, 8 de noviembre de 2013

59. UN JARDIN ANIMADO


Las fatsias (fatsia japonica) florecen en otoño. Sus inflorescencias están constituidas por grupos de flores muy pequeñas y discretas, reunidas en forma de esferas. En las horas del mediodía, desprenden un perfume casi imperceptible para la nariz humana, que atrae poderosamente a numerosos insectos, sobre todo abejas y moscas, de diversas especies.

Las fatsias no se esfuerzan en colorear sus flores para gustar a un determinado insecto: más o menos cualquier bicho alado les vale, teniendo en cuenta que, de todas formas, en esta época del año florecen relativamente pocas plantas y que, por lo tanto, es bastante improbable que éstos improvisados mensajeros transporten su polen a una destinataria equivocada.

Eso sí, las fatsias se aseguran de que las abejas y las moscas vengan en gran número, produciendo para ellas abundante néctar. Este néctar, que no es más que agua azucarada, es un alimento tan vital como escaso en otoño.

Así, gracias a mi fatsia, y también gracias al romero, ambos ahora en flor, mi jardín sigue estando tan animado como en primavera, con un constante ir y venir de moscas y sobre todo de abejas.

Se ha hablado mucho en estos años de la grave disminución en las poblaciones de abejas. Los expertos están de acuerdo en que esto se debe a un cúmulo de causas, tales como, entre otras, las malas prácticas agrícolas y el deterioro de los hábitats naturales, además del ataque de ciertos ácaros.

Pero hay una causa de la que se habla poco o casi nada, que compete directamente a los jardineros y a los diseñadores de jardines, y que tiene que ver con el uso creciente de plantas exóticas para adornar los jardines públicos y privados. Muchas de las plantas más utilizadas hoy en día en jardinería han diseñado sus flores para insectos, aves o incluso reptiles que no existen más que en sus tierras de origen. Así, desplazadas en entornos que no reconocen, lejos de sus polinizadores habituales, estas plantas no sólo están condenadas a una perpetua frustración sexual, sino que tampoco pueden ofrecer sus servicios habituales como reguladoras de ecosistemas. 

No es este el caso de la fatsia, afortunadamente, que se integra muy bien en los jardines mediterráneos. A pesar de tratarse de una especie natural de las regiones costeras de Japón y de Corea, el diseño poco especializado de sus flores permite atraer a una gran variedad de polinizadores. De esta forma, además de garantizar el éxito de su reproducción en entornos diferentes, contribuyen, al mismo nivel que las plantas de la zona, a regular los ecosistemas, ya sea alimentando directamente con su polen y su néctar a los insectos y con sus bayas a los pájaros, ya sea indirectamente, favoreciendo la oportunidad de encontrar presas (insectos y pajarillos) a los depredadores. 

Este mediodía, oyendo los zumbidos de las abejas alrededor de las flores de mi fatsia, me he acordado de que Einstein dijo una vez algo así como: "Una vez que las abejas hayan desaparecido de la tierra, a la humanidad le quedarán sólo cuatro años en el planeta". Y entonces me he preguntado si Einstein consideró algún tipo de relación causa-consecuencia entre esos dos hechos funestos, o si, para él, quizá conocedor de lo que ocurrirá en el futuro, la desaparición de la abejas no sería más que una simple referencia cronológica que le permitía recordar la fecha de nuestra propia huida -¿una vez más?- del planeta...








Así están los frutos de la fatsia, casi tres meses después (02/02/2014)

frutos de la fatsia ya totalmente maduros el 23/02/2014



domingo, 27 de octubre de 2013

58. HONGOS


Setas minúsculas en la jardinera de las anémonas
El Sr. G. ha llegado esta mañana cuando yo me disponía a sacar de paseo a mi perro. El ha querido acompañarnos. Mi perro y yo hemos adaptado entonces nuestro ritmo de marcha a los pasos renqueantes del Sr. G. Al pasar junto a un árbol muerto, hemos descubierto dos tipos de setas, unas en forma de amasijo al pie del tronco, y otras fijadas a lo largo de la corteza, semejantes a diminutas lenguas salientes (ver fotos abajo). Hemos observado con tristeza el árbol muerto, comentando cómo las actuales políticas de austeridad conllevaban no sólo el deterioro del bienestar de los ciudadanos sino también el de los árboles y los jardines urbanos.

Luego, al volver a mi casa, el Sr. G y yo hemos descubierto unas setas formando curiosas agrupaciones e hileras en la jardinera de donde planté recientemente las anémonas de Caen (→53). Yo he tenido que ponerme las gafas de leer para poder verlas con más claridad debido a su minúsculo tamaño. Entonces he explicado al Sr. G que las setas son la parte aérea, y por tanto más o menos visible, del cuerpo de los hongos. Los hongos no son ni plantas, ni animales ni algas. Parecen plantas pero no producen hojas, ni tallos, ni raíces ni flores. Las paredes exteriores de su cuerpo son quitinosas como las de los insectos, a través de las cuales absorben al alimento como algunos gusanos parásitos, pero no son ni lo uno ni lo otro. Los hongos se asemejan en cierto modo a las algas, pero no producen ni clorofila ni carotenos, razón por la cual necesitan alimentarse de otros seres vivos, como los animales, pero tampoco son animales.

Y el Sr. G respondió: "Los hongos se alimentan de los restos de otras criaturas seguramente porque no pueden hacer otra cosa, ya que ellos mismos son un resto, una reliquia, el resto necesario que da coherencia a la clasificación de los seres vivos. Lo contrario de "derecha" es "izquierda", lo contrario de "alto" es "bajo", pero ¿qué es lo contrario de "resto"? 

Yo no tenía ni idea de cómo responder a esta pregunta, así que opté por quedarme callado. Y el Sr. G continuó: "Como dijo el filósofo Baudrillard, lo contrario de resto sólo puede estar hecho de resto, es decir, sólo puede ser el "resto del resto". El resto y su opuesto forman una estructura reversible, como el reflejo en un espejo".

Por último, mientras se despedía, el Sr. G concluyó: "Los hongos son, en cierta manera, como los sueños. O como la locura".


Estas son las setas que el Sr. G y yo encontramos en un árbol muerto mientras paseábamos por la calle.



viernes, 18 de octubre de 2013

57. EL LENGUAJE DE LAS FLORES: LOS MENSAJEROS


Las pileas florecen a principio del otoño.
Ellas confían al viento la dispersión del polen
Las flores son los órganos reproductores de las plantas. Esto lo hemos oído decir miles de veces, al menos quienes hemos tenido la fortuna de ir a la escuela. Pero lo curioso de las flores, y lo menos conocido quizá, es que sus diseños no funcionan como reclamo entre congéneres, al contrario de lo que cabría esperar.

Las plantas no pueden desplazarse para propiciar la ocasión del encuentro sexual con otras plantas del sexo opuesto, dado que sus raíces las mantienen ancladas en el suelo. Establecerse en tierra firme fue un gran paso evolutivo para las plantas, como ya sabemos (→13), que trajo consigo este nuevo reto: ¿cómo asegurar la reproducción sexual en tales condiciones de inmovilidad forzosa, evitando por otra parte las opción más fácil, la autofecundación(→42), por sus indeseables consecuencias evolutivas?

Así, las plantas debieron ingeniárselas para aprovecharse de la movilidad de los demás, diseñando sus flores en función de estos necesarios "mensajeros".

En primer lugar confiaron simplemente en el viento. Muchas plantas descendientes de aquellas aún lo hacen, como la pilea (pilea cadierei). Dado que el viento no tiene órganos sensoriales, la pilea no se molesta en elegir ostentosos diseños: producen flores sencillas, diminutas, privadas de color y de olor. Con estos diseños más o menos económicos compensan el alto coste que supone producir una cantidad ingente de polen para asegurarse de que al menos uno de ellos sea arrastrado al lugar adecuado en el momento oportuno. Las pileas son una clase de ortigas tropicales, sin veneno urticante. Ellas eligen para sus flores masculinas un diseño que los botánicos llaman inflorescencias "cimosas", con el que persiguen simplemente una mejor dispersión por el viento, de forma escalonada a medida que las flores van madurando progresivamente.

Otras plantas, para evitar el derroche de polen y el riesgo de fracaso que comporta la mensajería tan azarosa del viento, se esforzaron en crear estimulantes diseños, sofisticados y costosos, con los que despertar el deseo de los No-plantas que frecuentaban su entorno, con el fin de captarlos como mensajeros. Por ellos aumentaron el tamaño de los pétalos de sus flores, los colorearon y los perfumaron.  

Es el caso de plantas como el romero (rosmarinus officinalis). Esta planta tiñe sus pétalos con colores de la gama del azul que atraen particularmente a las abejas.

Dado que todo mensajero exige su salario, el romero tiene que asumir una parte de pérdida, ofreciendo a cambio néctar e incluso parte del polen, con tal de asegurarse de que las abejas transportarán la parte restante a otro romero en el vecindario.



una abeja de la miel polinizando las flores
de mi romero ayer por la mañana



domingo, 13 de octubre de 2013

56. AMARILLO O ROJO


El Sr. G vino esta mañana acompañado de su nieta, pues quería que ésta viese el granado (→55). Los hice pasar al jardín de atrás y nos sentamos allí un buen rato, a la sombra del árbol. La niña llevaba un vestido de color rojo muy intenso que acentuaba aún más su palidez habitual. Mientras el Sr. G y yo la observábamos en silencio moverse por el jardín, me pregunté dónde estarían sus padres, y porqué vivía con su abuelo en vez de con ellos, sin atreverme no obstante a formular en voz alta tales preguntas. Hay algo en ella que me resulta familiar y no sabría decir qué.

La niña prestó poca atención al granado. Sin embargo, los colores otoñales de las hojas de la parra virgen (parthenocissus quinquefolia), unas amarillas y otras anaranjadas, o incluso rojas, atrajeron durante un rato su interés. Apenas las tocaba, las hojas se desprendían de las ramas y se caían al suelo. Entonces ella se volvió hacia mí y me preguntó porqué se caen las hojas en otoño.

Le dije que eso pasa sólo a ciertas plantas y árboles, como mecanismo de defensa ante el hambre que padecen en esta época del año. A medida que las horas de luz se reducen y que la tierra se enfría, muchas plantas ya no pueden obtener ni a través de las hojas ni a través de las raíces alimento suficiente para mantener vivo todo el follaje que han producido durante el verano. El estrés que les produce el hambre desencadena en su organismo la producción de una hormona llamada etileno. Esta sustancia tapona los peciolos de las hojas de forma que impide el paso de savia hacia ellas, dado que ya apenas les sirven. El etileno fragiliza además el peciolo hasta el punto de que, cualquier roce o incluso un ligero soplo de viento las hace caer.
Privadas de savia, las hojas interrumpen la fotosíntesis de manera que la clorofila, que es lo que da el color verde a las hojas, se degrada. A medida que desaparece la clorofila, se hacen visibles otros colores, amarillos o rojos, que normalmente están enmascarados bajo el color verde. Estos colores otoñales los producen sustancias un poco más resistentes -y que por tanto se degradan más lentamente- que la clorofila. Una vez desprovistas de sus hojas, las plantas reducen al máximo todas sus actividades, dormitando hasta la llegada de la primavera. La alfombra de hojas muertas protege sus raíces del frío al tiempo que enriquecen el suelo con futuros nutrientes.

Cuando terminé mi explicación, la niña continuó con su juego, amontonando las hojas marchitas de la parra en dos pequeños montículos, uno amarillo y otro rojo anaranjado. El Sr. G se mantuvo en silencio mucho rato, pensativo. Y entonces, saliendo por la vía de Tarifa, como él suele hacer, me dijo: "Jesús de Nazaret tenía la piel blanquísima como la de su madre y sin nada de vello, con reflejos amarillos debido a un exceso anómalo de bilirrubina en la sangre. Por el contrario su hermano Juan nació cubierto de lanugo rojizo. Al tacto era sedoso, pero a la vista parecía un leño de corteza rugosa y roja como la de los tejos, y por eso lo llamaron Juan". Yo me quedé sin saber qué decir ante tal desvarío. Pero como él esperaba visiblemente una reacción de mi parte, le comenté: "Has dicho hermano, en vez de primo". A lo que el Sr. G contestó lacónicamente: "¿De veras? Disculpa, quise decir primo y hermano".

Un golpe repentino de viento dispersó las hojas de parra que la niña acababa de terminar de apilar. El Sr. G decidió que era momento de marcharse. Cogió de la mano a su nieta y ambos se despidieron, saliendo esta vez por la puerta de atrás.






jueves, 10 de octubre de 2013

55. DOS GRANADAS


En los jardines de clima mediterráneo como el mío, en los que en octubre aún sigue haciendo mucho calor, el otoño se manifiesta de todas maneras por muchos signos. Al terminar el verano, las plantas ponen en marcha los protocolos del otoño en cuanto perciben los primeros cambios en la duración, la intensidad y la inclinación de la luz del sol. La mayoría deja de producir nuevas ramas y hojas, y empieza a sumirse en un periodo de letargo, invitando también al jardinero a un cierto reposo, al menos en lo que respecta a las tareas de recorte y mantenimiento. Las bulbosas, por su parte, aprovechan este parón en sus rivales para brotar y comenzar su nuevo ciclo (→53). Algunas plantas florecen antes de aletargarse, como la rosa de Siria (→54) y otras culminan la maduración de sus frutos, tiñéndolos de colores rojos y amarillos, como los rosales (→52), los manzanos y también los granados.

Mi granado (punica granatum) ha dado este año sólo dos granadas. Es una variedad rústica, con ramas armadas con muchas espinas. Por esta razón lo planté en el jardín trasero. Me lo regaló un vecino a las pocas semanas de instalarme en esta casa. Este año ha dado muy pocos frutos debido a que le hice una gran poda un par de años atrás, pues estaba ocupando demasiado espacio en el jardín. Los granados sólo producen flores y frutos sobre las ramas viejas, sobre todo en las extremos de aquellas ramas más externas. Por eso conviene podarlos poco o nada, apenas unos recortes de mantenimiento periódicamente que aligere un poco el follaje, eliminando sobre todo las ramas secundarias que crecen en el interior de la copa.

Los botánicos clasifican las granadas como frutos secos indehiscentes ("que hay que abrirlos", → 16), en el mismo "cajón" que otros frutos secos otoñales como las nueces y las avellanas, pero con la particularidad de que las granadas son de un tipo llamado "balausta", con muchas semillas encerradas en una cáscara relativamente menos gruesa y menos dura .

Al recoger las dos granadas, reservé una para el Sr. G. El domingo pasado, cuando vino a visitarme, se la ofrecí. Se puso contentísimo. Mientras conversábamos, durante el tiempo que duró su visita, sostuvo el fruto en su mano como si se tratase de un saquito lleno de rubíes. Al irse me dijo, admirando la granada : "Así como este fruto es cada uno de nosotros: una multiplicidad con apariencia de unicidad". Imaginaba que se refería al hecho de que cada granada contiene una multitud de semillas, pero como yo no entendía bien lo que quería decir con eso, insistí un poco para que se explicara. El Sr. G me cortó diciendo: "Mis palabras tienen que ser breves. Adiós".


Detalles del interior de una granada (izquierda) y del tronco del granado en el jardín de atrás.


En esta foto se puede apreciar el tamaño mucho menor de los frutos
de la variedad enana respecto a la granada común.




viernes, 4 de octubre de 2013

54. PIES DE OTOÑO


Esta mañana he salido a barrer las flores de la Rosa de Siria (hibiscus syriacus). Desde que empezó a florecer, hace un par de semanas, repito esta tarea todos los días, incluso dos veces al día. Planté este hibisco quince años atrás, a partir de un esqueje, al pie de la escalera que sirve de acceso al porche de entrada a la casa. Produce cientos de flores pero, como es común en los hibiscos, cada una de ellas dura sólo un día una vez abierta. Lo que significa que el camino de entrada y los primeros escalones están siempre cubiertos, en esta época del año, por una alfombra de color malva azulado.

Así, la actividad repetitiva de barrer alrededor del pie de la Rosa de Siria marca para mí el inicio del otoño. Me asombra tanto la perseverancia de esta planta como el despilfarro cotidiano de cientos de flores que nunca llegan a fructificar.

Esta vez, después de amontonar los restos con la escoba, he hundido mis pies descalzos entre los pétalos marchitos (26 y 29), sintiendo su tacto blando, templado y húmedo. Y entonces me he acordado de lo que dijo Rostand, que todo placer es placer de amor.
La floración de la Rosa de Siria (hibiscus syriacus) marca el inicio del otoño


domingo, 29 de septiembre de 2013

53. ESCUCHA ESCUCHA ESCUCHA




Ayer sábado amaneció con el cielo encapotado. Con las primeras lluvias de otoño, es tiempo de plantar los nuevos bulbos y de renovar la tierra de los que se secaron durante el verano.

He decidido plantar en esta ocasión anémonas de Caen (anemone coronaria). Para hacerles sitio en mi pequeño jardín, he tenido que arrancar las salvias (salvia splendens), que estaban ya demasiado deterioradas después de dos años de existencia. Las salvias tienen un ciclo de vida corto, ya que no soportan las temperaturas frías del invierno.  En climas templados como éste pueden sobrevivir excepcionalmente hasta dos años, o acaso un poco más. Producen, eso sí, gran cantidad de semillas que germinan espontáneamente cada primavera, allí donde éstas hayan caído, alrededor del pie de la planta madre. También se multiplican fácilmente por esquejes. De estas dos maneras, las salvias pueden asegurar su presencia en el jardín durante muchos años, a pesar de sus efímeras vidas. Ellas no han sabido (o no han necesitado) desarrollar la misma estrategia de supervivencia que las anémonas.

Al contrario que las salvias, las anémonas no soportan el calor del verano. Pero en lugar de dejarse morir por tal circunstancia, prefieren ocultarse bajo tierra en forma de cormos. Una vez retirada la salvia, he rellenado el contenedor (una vieja pila de piedra) con nueva tierra. He mezclado dos tipos de compost diferentes que he encontrado en el supermercado, uno más barato y arcilloso y otro algo más caro y poroso. Mi hijo pequeño L. ha querido ayudarme a plantar los cormos. Ha puesto demasiados teniendo en cuenta las dimensiones del recipiente, pero no quise interrumpirle el placer del contacto con el jardín. De todas formas, los cormos que se compran en mercados no especializados, como en este caso concretamente, a menudo han estado mal conservados de manera que es improbable que todos consigan germinar.

Después de esto, me he subido a la escalera de mano para rellenar con la misma mezcla de compost la jardinera de las freesias que está sobre el muro. Y también he subido a la azotea, para hacer los mismo con las macetas de freesias, de narcisos y de muscaris que he guardado allí durante el verano (→2, 20)

Al bajar de la azotea, he visto que mi hija P. se había instalado a estudiar en el jardín, al abrigo del porche, con sus libros y apuntes extendidos por toda la mesa. Aunque el día estaba muy nublado, la temperatura era agradable. Cogí entonces uno de mis libros y me senté junto a ella a leer un poco. Al cabo de un rato, empecé a oír el sonido que hacían las primeras gotas de lluvia al chocar levemente con las hojas de las plantas. Le dije a mi hija. "¡Escucha escucha escucha!", sin prevenirle de que estaba en realidad citando en voz alta un verso de Álvaro Mutis que acababa de leer. Ella levantó la cabeza y puso atención, en silencio. Luego me miró como quien mira a un extraterrestre, diciendo que no se oía absolutamente nada. Le pregunté: "¿Estás segura?"

Y entonces cayó un sonoro chaparrón.



He arrancado las salvias, ya muy deterioradas, para plantar anémonas de Caen en su lugar.
Detalle de la mezcla de compost utilizada.

los cormos de anémona de Caen tienen formas irregulares.

Por último he añadido una mezcla de compost a las macetas de freesias, de narcisos y de muscaris,
preparándolas para afrontar un nuevo ciclo.



Detalle de los brotes de muscari pocos días después
de haberlos recubierto con nuevo sustrato, el 11/10/2013


sábado, 21 de septiembre de 2013

52. ESCARAMUJOS


Esta mañana temprano estaba trabajando en casa cuando alguien ha llamado a la puerta del jardín. Era el Sr. G. Me ha extrañado verlo, pues suele venir los domingos. Me dijo que, al pasar junto a la puerta de mi jardín, de camino a la panadería, se había percatado de que los nuevos brotes de mis freesias ya estaban despuntando por encima del muro. La nieta del Sr. G asomó la cabeza desde detrás del costado de éste, esperando curiosa mi reacción, mientras me observaba con sus extraños ojos gatunos. Me alegró mucho que el Sr. G me hubiese señalado este cambio en las freesias, pues yo no me había dado cuenta, a pesar de que muchos tallos sobresalían varios centímetros por encima del borde de la jardinera, en lo alto del muro. "Cuando caminamos, raras veces miramos para arriba", comentó el Sr. G. Su nieta me tiró de la manga y señaló los frutos anaranjados del rosal trepador, preguntándome qué eran. Por alguna razón, su voz y el contacto de su mano en mi brazo me hicieron estremecer un poco. Arranqué entonces unos cuantos frutos y le dije: "son escaramujos".

Hice pasar al jardín a ella y a su abuelo para mostrárselos con más detalle. Expliqué a la niña que los escaramujos son falsos frutos: es una cubierta carnosa y rica en vitaminas que disimula los verdaderos frutos, secos, ásperos y amargos, que están en su interior. Los rosales producen estas cápsulas rojas anaranjadas como manjar para los pájaros y otras criaturas no-plantas, de manera que, cuando se los coman, escupan o excreten los verdaderos frutos lejos de la planta madre. "Es su forma de viajar y de colonizar nuevos mundos (→16)", le dije, al tiempo que con mi navaja seccioné uno de los escaramujos para enseñarle los verdaderos frutos, llamados "aquenios" por la razón de que no se abren por si solos, sino que para salir del envoltorio requieren la participación de los No-plantas.

Mientras separaba en dos partes el escaramujo, el Sr. G dijo: "el disector es la persona que desea examinar lo que hay en el interior de las cosas, para verificar si lo que le enseñan los libros y los profesores es cierto. Es la persona que tiene la intuición de que existen verdades que aún no han sido mostradas, o no de un modo suficientemente transparente". El Sr G dejó entonces de mirar el interior del escaramujo y clavándome sus ojos añadió: "Esa intuición hace de ti un jardinero marginal".

Cuando el Sr. G y su nieta se fueron, prosiguiendo su camino hacia la panadería, me quedé un rato junto a puerta, viéndolos alejarse, sin saber si sentirme halagado, o todo lo contrario, por las últimas palabras del Sr. G. Al volverme para el jardín, levanté la cabeza para mirar los nuevos brotes de las freesias y pensé: "ya empieza un nuevo ciclo, ¡tan pronto!, apenas el primer día del otoño".

Las freesias ya están rebrotando





los frutos del agapanto, al contrario que los del rosal, se abren por sí mismos cuando están maduros.
Por eso se los clasifica como frutos "dehiscentes" (ver entrada 16)


sábado, 7 de septiembre de 2013

51. OKUPAS



Hoy está lloviendo. Los nuevos olores que emanan del jardín significan que el verano está terminando. Me he quedado un rato observando cómo las gotas de lluvia inundaban los rosetones de mi bromelia (neoregelia sp.), formando diminutos estanques. Uno de estos rosetones está en plena floración. La neoregelia lo anuncia señalizando con brácteas (→ 35) de un vivo color rojo en torno al rosetón. Al acercarme, he podido apreciar las flores sumergidas bajo el agua. Son espigas verdosas, amorfas y discretas, y se confunden con los restos de hojas a medio descomponer y con otros detritus acumulados dentro.
Cada uno de estos estanques es un mundo en miniatura  donde organismos microscópicos nacen, se multiplican y mueren. Los mosquitos vienen aquí a depositar sus huevos. Los pájaros insectívoros los usan como fuente de alimento y como abrevadero. Estos estanques también atraen a escarabajos, caracoles, babosas, gusanos y lagartijas. Todos estos ocupantes, permanentes u ocasionales, dejan tras de sí restos orgánicos y deyecciones que se depositan en el fondo del estanque, formando un barro muy nutritivo para las bromelias.
Pues estas plantas, maestras ellas mismas en técnicas de ocupación ilegal, presentan un sistema radicular muy poco desarrollado, adaptado básicamente para servirles como anclaje en sus desplazamientos en busca de espacios luminosos. Las bromelias viven en ecosistemas dominados por árboles y arbustos mucho más altos y frondosos que ellas. Para conseguir la luz necesaria, su astucia consiste en encaramarse a las ramas más altas de los árboles, adonde llegan en forma de semillas. Estas semillas son dispersadas, según la especie, por el viento o por los pájaros.
Una vez germinadas en la rama del árbol, las bromelias no lo parasitan, pues no enraízan en él, sino que sus raíces envuelven la rama, agarrándose a cualquier saliente. Por esta razón son llamadas plantas "epífitas". Sin nutrientes del suelo y sin acceso a la savia de los árboles, ellas han encontrado la forma de obtener agua y alimento diseñando sus cuerpos de tal forma que alberguen estanques en miniatura. Así, al tiempo que okupan el árbol, dan cobijo a una multitud de okupas...
Una libélula de color rojo llegó de repente y se detuvo un instante en el borde de una hoja de la neoregelia, como asomándose al estanque. Acordándome de estos versos de Homero le dije: "¡Forastera! ¿Quién eres? ¿De dónde llegaste, navegando por húmedos caminos?". Intenté fotografiarla pero la libélula se escapó volando a toda prisa. Mientras se alejaba aún le dije: "salve, huésped, para que en alguna ocasión, cuando estés de vuelta en tu patria, te acuerdes de mí".



Aun siendo plantas epífitas, las neoregelias se adaptan muy bien a la vida en macetas.
A la izquierda, detalle de las espigas florales en el interior del estanque.


detalle de hijuelos de neoregelia


domingo, 1 de septiembre de 2013

50. LA MÁSCARA


Mientras sacaba de paseo al perro, he encontrado una planta abandonada junto al contenedor de la basura. Se trata de un ejemplar de liríope, en muy buen estado, en plena floración. La he recogido inmediatamente y me la he llevado a casa. Convendría dividirla en varias matas y trasplantar cada una por separado.

La división en matas de las plantas tuberosas o rizomatosas es muy sencilla. Basta cortar el cepellón, con un cuchillo afilado, en varias porciones, como si se tratase de un bizcocho, y luego plantar cada porción en una nueva maceta, añadiendo tierra y apretando bien ésta alrededor de los rizomas. Pero he pensado que lo mejor es posponer esta tarea hasta que concluya el ciclo de floración. Le estaba quitando las hojas marchitas cuando he visto una coronilla blanca que me resultaba muy familiar, asomando por encima de la puerta del jardín.

El Sr. G ha vuelto por fin. Me ha traído una máscara africana que había comprado para mí en un mercadillo de Sémera, en la región de Afar. Me contó que hubo una estirpe de pobladores en esa región cuya piel era de color blanco translúcido como el de las flores de la liríope. La palabra liríope, que proviene del nombre de la madre de Narciso, significa precisamente, por lo visto, "cara blanca". De esta estirpe  procedía, según el Sr. G, el rey mago Baltasar, que no era negro sino todo lo contrario. Para que sus caras no se quemaran con los rayos del sol, como un día le ocurriera a Sémele al percibir la luz de Zeus, esta gente blanca se cubrían el rostro con un barro negro especial extraído de los márgenes del Nilo, o a veces con máscaras talladas en cortezas de árbol que acentuaban su aspecto fantasmal . El Sr. G sostenía que estos singulares etíopes eran guardianes de una misteriosa capa partida en dos, una de cuyas partes había tenido que ser trasladada desde el vientre de un volcán a una profunda sima submarina.

Mientras recogía los restos de la liríope, contuve una sonrisa al ver la cara tan seria con la que el Sr. G narraba sus fantasías sobre Etiopía. Agradeciéndole el regalo de la máscara, le dije: "Estoy muy contento de que hayas vuelto. Echaba mucho de menos tus enseñanzas". Tuve cuidado de elegir la palabra "enseñanzas" para referirme a sus extrañas historias, pero él respondió: "Oh, en realidad no son enseñanzas, sino más bien recitaciones".



La liríope encontrada junto al contenedor de la basura, antes y después de liberarla de las hojas dañadas o marchitas.
Después de la floración la dividiré en dos o tres matas.

detalle de flor de liríope

viernes, 30 de agosto de 2013

49. LA TORMENTA


Ayer por la tarde no estaba haciendo absolutamente nada cuando de pronto llamaron a la puerta. Pensé que el Sr. G estaba quizá ya de vuelta de su viaje por el cuerno de África. Pero no. Era mi buen amigo M., con su cámara de fotos en ristre. "Vengo a explorar tu jardín", me dijo.  Lo hice pasar y él estuvo escudriñando durante mucho tiempo aquí y allá, sin apenas cruzar palabras conmigo, buscando muestras para sus fotos. Al cabo de un rato, el cielo se cubrió de nubes oscuras y se oyeron varios truenos. Tan pronto como empezó a llover, fui a buscar a mi amigo. Lo encontré bajo la copa de flores blancas del hibisco (Hibiscus arnottianus), inspeccionando, separando con suavidad un tallo del otro.

Le dije: "Flores y una tormenta magnífica encima de nuestras cabezas".






*

Estas son algunas de las fotos que hizo M. durante su expedición por mi jardín. Hay más trabajos suyos en http://picturegraphic.blogspot.com.es/p/fotografia.html









domingo, 25 de agosto de 2013

48. EL JARDIN CREADOR


 FRUTOS DE BALSAMINA
en distintas fases de maduración
Esta mañana he recogido algunos frutos de las balsaminas (→ 7 y 27) para guardar las semillas. Los he manipulado con mucha delicadeza para que no estallen como suelen hacer. Evito así que las semillas se dispersen al azar por cualquier parte del jardín. Mientras hacía este trabajo, estuve pensando en cómo reconfortar a un amigo que me había escrito recientemente para preguntarme, desesperado, qué debía hacer para evitar que ciertas plantas proliferasen por su cuenta en lugares no previstos para ellas, alterando el diseño del jardín. En concreto mi amigo se refería a un tipo de bignonia (campsis radicans) que su paisajista había escogido inicialmente para cubrir una pérgola. A lo largo del verano esta trepadora había surgido y resurgido por muchos otros puntos del jardín, a pesar de los esfuerzos de mi amigo para impedírselo.

Las bignonias son plantas potentes, con un temperamento muy dominante. Producen abundantes vainas llenas de semillas aladas, dispuestas unas sobre otras a la manera de hojas de un libro. Estas semillas vuelan con el viento y allí donde caen germinan con mucha facilidad. Además, las bignonias se multiplican asexualmente produciendo vástagos que brotan directamente desde las raíces extendidas alrededor de un área bastante grande. Así, en una confrontación (quiero decir, en una guerra limpia) contra el jardinero, la bignonia normalmente siempre acaba venciendo, tales son sus deseos de expansión y su tenacidad. Pensé que esto último no debía comentárselo a mi amigo, para no desanimarlo, sino que en lugar de eso le plantearía dos soluciones, para que él pudiese elegir la que más le conviniese.

En un caso, el jardinero considera su jardín como una obra ya acabada. Todos sus esfuerzos están destinados a mantenerlo, conservando en la medida de lo posible su estado original. Ante cualquier "antisistema" (insectos, plantas invasoras, etc.), este jardinero busca los culpables, los erradica y se ocupa inmediatamente de restaurar el jardín siguiendo el modelo establecido.

En el otro caso, el jardinero considera su jardín como una obra inacabada. No se enfada con las criaturas no-plantas que contrarían sus planes (→ 21 y 46), ni tampoco con aquellas plantas que transgreden el orden establecido (→ 10), al instalarse en espacios que no les corresponden. Este jardinero tiene la misión no de conservar sino, al contrario, de transformar el jardín constantemente, atento no sólo a sus propios deseos cambiantes, sino también, dentro de sus posibilidades, a los de aquellos seres vivos que lo pueblan.

Una bandada de abejarucos (Merops apiaster) sobrevoló de pronto mi jardín, distrayéndome de mis pensamientos. Hace cuatro meses que los vi pasar, siguiendo la misma dirección pero en el sentido opuesto, preparándose ahora para el regreso a África. Después de fotografiar los frutos de la balsamina para mostrároslos, me he ido a buscar el teléfono para llamar a mi amigo. Él se quedó en silencio después de haber escuchado atentamente mis dos propuestas, y luego me dijo que probablemente arrancaría la bignonia y plantaría otra trepadora menos invasiva en su lugar. Volvería a llamarme otro día para que le aconsejase una 'buena' trepadora.


Explosión controlada de los frutos de la balsamina, sobre un lecho de arena.


domingo, 18 de agosto de 2013

47. ROJO INGLÉS



"Os voy a contar una historia, dijo.
¿Es una historia verdadera? le pregunté.
Él pensó un poco: "Es una historia soñada, por lo tanto,
en cierto modo, es más verdad que la realidad"
(Le Clézio, Tempête: deux nouvelles).


He dedicado la mañana a decorar con pintura roja algunos tiestos de barro que estaban demasiado estropeados por la cal del agua. He elegido el color rojo inglés. Mientras pintaba los tiestos, ha venido mi hijo pequeño con una cría de jilguero que acababa de encontrar al pie del ciprés. Le hemos dado de beber un poco de agua y después lo hemos dejado en una rama del árbol, esperando que sus progenitores volviesen pronto a cuidar de él. Entonces mi hijo se ha quedado un rato a observar mi trabajo de pintura. Le he explicado que el color de las macetas me hace pensar en las cabinas de teléfono típicas inglesas, como las que vimos durante una visita que hicimos recientemente a Gibraltar. Mi hijo siguió observándome en silencio y luego se marchó a jugar, mientras yo no podía parar de pensar en Gibraltar. La gente suele llamar a Gibraltar “el Peñón” o simplemente “la Roca”.

De tanto repetir en mi mente la palabra “peñón” empezó a resultarme extraña. Interrumpí mi trabajo para ir a averiguar su etimología. Descubrí que la palabra “peñón” proviene de la raíz *pet, que significa “volar”  o “moverse o surgir de repente y con mucho ruido”. La misma raíz *pet dió lugar a la palabra petra, que significaba “piedra” o “roca”. De vuelta al jardín y al trabajo de pintura, me divirtió mucho imaginar entonces Gibraltar como una Piedra Voladora, recordando la creencia antigua de que la humanidad había surgido de una Piedra que cayó del cielo, arrojada por el nauta Deucalión para recolonizar la tierra. Con este recuerdo, bajo el sopor del mediodía y un poco atufado por el olor de la pintura, me quedé dormido con la brocha en la mano. Soñé con Deucalión y con Pirra, su guapa esposa pelirroja. Decaulión llevaba el mando de la Roca Voladora, pero un fallo le hizo perder el control de la Nao, sin poder impedir que ésta se precipitara hacia la Tierra, desmoronándose en cientos de fragmentos al chocar contra el istmo que unía África a Europa. El istmo se hundió por causa del impacto y las aguas del océano penetraron bruscamente en la cuenca del Mediterráneo, con un caudal mayor que el de diez grandes ríos, al tiempo que se desencadenaban las peores tormentas imaginables.

Tras la catástrofe, la Roca Voladora emergía de las aguas del Estrecho como una gigantesca diadema rota. En el duermevela de la siesta, me acordé también de que los Antiguos llamaban a Gibraltar monte Calpe o Calpé, porque era un monte a la vez escarbado y esculpido. Imaginé o soñé entonces una hueste de hombres pelirrojos horadando el montículo primitivo, agrandándolo y transformándolo para acoger en su seno a los restos de la Roca Voladora. Pretendían así no sólo poner a ésta fuera del alcance de naciones enemigas, sino también borrarla de la memoria de los hombres. Para agrandar el Peñón de Gibraltar utilizaban rocas del monte vecino en la otra orilla, el monte Hacho, de manera que a medida que uno crecía de tamaño, el otro se reducía.

De pronto, en mi alucinación Gibraltar era ahora la isla Ogigia. Calipso, la joven de hermosas trenzas, hija de Atlas, se encargaba de vigilar la cueva donde se ocultaban los restos de la Roca Voladora. Ella permitió a Odiseo entrar, reteniéndolo durante el tiempo suficiente. Ella le había informado del momento preciso del año en que la marea dejaba accesible la cueva de entrada al corazón de la isla. Lo guió a continuación por el laberinto de galerías y permaneció junto al héroe todo el tiempo que fue necesario hasta que comprendiese en su plenitud el enigma de la Roca Voladora, cuidándolo y alimentándolo durante meses mientras esperaban que la entrada de la cueva volviese a estar accesible.

El océano y los fuertes vientos mantenían la entrada de la cueva a salvo de intrusos prácticamente todo el año. Aquellos intrusos que se las arreglaban para entrar en los momentos en que ésta resultaba accesible, esquivando a los feroces porteros, entonces debían además llevar provisiones suficientes para un año y durante ese tiempo interminable afrontar un peligroso laberinto lleno de trampas mortales. En este punto me desperté con el piar impetuoso de los pollitos de los jilgueros en lo alto del ciprés. Durante mi siesta alguien había terminado de pintar las macetas.





Las hojas de las plantas crasas se desprenden con mucha facilidad cuando se las manipula.
Basta depositar estas hojas sobre la tierra para de ellas broten nuevas plantas,
réplicas idénticas de la primera.



domingo, 11 de agosto de 2013

46. COCHINILLAS



Esta mañana he descubierto que la buganvilla estaba infestada de cochinillas algodonosas (coccoidea). Como sus parientes los pulgones (→ 21), mientras se alimentan de la savia de la planta, las cochinillas producen una melaza que ofrecen a las hormigas a cambio de su protección frente a los depredadores (sobre todo mariquitas y avispas parásitas). Esta sustancia pringosa cubre la superficie de las hojas, impidiendo a la planta respirar y hacer la fotosíntesis correctamente. Debilitada por la privación de savia, de oxígeno y de luz, la planta se convierte además en presa fácil para los hongos (fumagina).

Para eliminar las cochinillas, he puesto en marcha varias medidas. En primer lugar he cortado con las tijeras los tallos más afectados. Después he frotado las hojas restantes con un pañuelo impregnado en aceite y vinagre, y también con una brocha humedecida en agua jabonosa. A continuación he limpiado la planta entera con un chorro de agua a presión. Todo se ha secado rápidamente debido a las altas temperaturas de la mañana (30o a la sombra). Por último he tomado varias medidas destinadas a tranquilizar a la buganvilla, con el fin de reducir su vulnerabilidad frente a futuros ataques de insectos. Para ello he trasladado de sitio el Chlorophytum con el que compartía espacio y nutrientes. Tras liberarla de este compañero demasiado dominador, que había crecido de forma excesiva durante mi ausencia, he rellenado el hueco resultante con varios puñados de sustrato.


Una vez concluidos estos trabajos, me he sentado un rato a descansar en el sillón del Sr. G. Él está fuera, de viaje. Me dijo que volvería a finales de agosto. Iba a pasar varias semanas en Semera, en Etiopía. Al notar mi extrañamiento por este destino tan poco habitual para las vacaciones, se justificó diciendo que tenía que cumplir allí una misión. “Es por un viejo asunto acerca de una capa compartida”, explicó, y tras un breve silencio añadió que también aprovecharía para hacer un poco de turismo. Quería enseñar a su nieta el yacimiento arqueológico de Aramis.

Detalles de hojas de buganvilla cubiertas por la melaza que producen las cochinillas


La buganvilla antes y después de ser liberada de un compañero demasiado dominador (Chlorophytum)
5 cabrillas (otala punctata) se habían refugiado al pie del Chlorphytum, esperando que concluyese el verano.
El Chlorophytum en su nuevo emplazamiento, en un tiesto de madera junto al Hibiscus arnottianus.